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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Monstruo que habitaba el corazón de Joseph Conrad



El cauce se abría ante nosotros y se cerraba a nuestros paso, como si la selva se hubiera apoderado del río lentamente para cortarnos la retirada. Penetrábamos poco a poco hacia el corazón de las tinieblas. Todo estaba en calma. Por las noches oíamos a veces el retumbar de los tambores, que atravesaba la cortina de árboles, ascendía por el río y permanecía suspendido en el aire, sobre nuestras cabezas, hasta el primer albor del día. No sabíamos si significaba la guerra, la paz o una plegaria.

Vivimos una era en la cual ya no existe viaje verdaderamente exótico. Te largas a una diminuta playa de Vietnam para disfrutar de un aislamiento e intemporalidad imposibles de encontrar en el viejo mundo, y de repente te ves rodeado de mochileros venidos de cualquier parte del planeta, con barbas enceradas meticulosamente, camisetas deshilachadas que reivindican una idea de dudosa modernidad,
la grotesca versión hollywoodiana del Carpe Diem catuliano –“You only live once” reza alguna de ellas para escarnio de la inteligencia humana más elemental–, y una irreprimible necesidad de compartir su fortuna en tiempo real: esos “selfies” enviados desde las antípodas tienen algo de fantasmagórico, pues quien los envía no está haciendo otra cosa que escapar a la muerte de la manera más grotesca y hacernos cómplices de ello sin pedir permiso. Todo ello se lo debemos a un estratosférico desarrollo del transporte que tiene todo que ver con nuestros afanes comerciales más despiadados. Gracias a él, consumimos algas japonesas como si fueran patatas y nos desplazamos al otro lado del Atlántico con la misma facilidad con que una gaviota cruza el estrecho de Gibraltar. Pero también por culpa de él no existe ya rincón en el que no se perciba la sombra de una huella humana, una marca que en la actualidad se puede ver incluso a través de la línea telefónica. Sin embargo, el hecho de que una remota playa de Komodo, o el humo de un volcán recién salido del horno islandés , o los brumosos acantilados de la costa limeña estén al alcance de nuestra mano, con un solo clic, ha obrado en favor de historias como la que esbozamos en el extracto introductorio: tan lejos queda la magia del descubrimiento, tan improbable resulta revivirla –en términos absolutos–, que la mística que suele acompañar el relato de viajes tan reales como los de Marco Polo o Ibn Battuta ha adquirido tintes de ficción, esa curiosa herramienta que a veces, no siempre, nos habla de la vida mejor que la propia vida.

Es innegable la envergadura del viaje que muchos de nuestros pensadores contemporáneos –Kierkegaard, Freud o Heidegger, por citar algunos– nos han obligado a emprender. Un trayecto repleto de inconvenientes cuya longitud y relevancia tienen poco que envidiar a las expediciones portuguesas del siglo XV o a las inglesas del XVIII, un poco más a esas odiseas homéricas cuya meta radicaba en el interior de sus personajes, en ese recóndito lugar en el cual la esperanza humana permanece agazapada a la espera de un impulso definitivo, tal vez del latido impertérrito de ese otro corazón que habita en las tinieblas desde la noche de los tiempos, el único vínculo que nos queda con nuestro propio origen. Sin embargo, en ese viaje echamos en falta el dulce aroma de la canela o la sofisticada tersura de las rosas etíopes. También el extraño sabor a salitre de los besos maldiveños. Porque quienes abrieron paso a esa movilidad internacional que en la actualidad inunda de imágenes las redes sociales y las salas de cines, grandes aventureros como Magallanes, Cook o Admunsen, tuvieron el privilegio de reconciliar, en ese último tramo de la caverna, la angustiosa impaciencia de la mente y la sempiterna insatisfacción de los sentidos. Y si no, escuchen lo que tiene que decirnos Joseph Conrad, marino de origen ucraniano afincado en el Reino Unido en el momento oportuno, el del colonialismo victoriano, en su novela más afamada y no por ello menos tenebrosa: El corazón de la tinieblas (1902; Punto de lectura, 2006).          

La luna lo cubría todo con un delgado manto de plata: la hierba tupida, el lodo, el muro de espesa vegetación, más alto que los muros de un templo, y el gran río que yo veía brillar a través de una oscura abertura en la maleza, el ancho río que fluía sin el más leve murmullo. Era un espectáculo esplendoroso, palpitante y mudo. Aquel hombre, sin embargo, seguía hablando de sí mismo, farfullando. Me pregunté si la quietud que mostraba la faz de la inmensidad que se alzaba ante nosotros era una exhortación o una amenaza. ¿Quiénes éramos en realidad todos los extraviados en aquellas tierras?

La trama de El corazón de las tinieblas no presenta, en apariencia, mayor complicación:  Marlow, un marinero de raza inglés cuya aspereza se manifiesta tanto en su carácter como en el hermético envoltorio que lo cubre, decide vencer la inactividad capitaneando un barco medio podrido en el corazón de África –valga la redundancia–, a través de un río de profundidad improbable y en cuyas riberas resuenan los tambores de guerra y proliferan, en la espesura, las apariciones fantasmagóricas de los salvajes. Para los aficionados al cine, una versión críptica de Charlie Allnut (Humphrey Bogart en La reina de África) atravesando con su barcaza la espesura de una tierra incógnita para enfrentarse a la atractiva locura de Kurtz, aquel personaje mesiánico que nos mantiene a todos en vilo cada vez que vemos Apocalipsis now, obras cumbresde Francis Ford Coppola basada en esta novela. Porque al igual que el capitán Willard, su protagonista, Marlow siente una admiración casi enfermiza por ese personaje de quien todo el mundo habla pero que nadie parece haber visto, el enigmático director de una estación comercial situada en el curso alto del río, un tipo de impronta cruel y despiadada que, sin embargo, manifiesta a través de su discurso un profundo amor por el ser humano, una indiscutible solidaridad hacia una especie que parece no conocerle. “Mediante el simple ejercicio de nuestra voluntad, podemos ejercer un poder benéfico prácticamente ilimitado”, ha escrito en un informe para la Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes. “Debemos de parecerles (a los salvajes) seres sobrenaturales, nos aproximamos a ellos investidos del poder de una deidad”, afirma también sin tapujos. Sin embargo, los sacrificios dedicados por los salvajes a esa divinidad caída del cielo, cuya cabeza perfectamente rasurada ha adquirido, al cabo del tiempo, la lisura de un evangelio, se parecen más a un acto fanático que a un intento de redención. Y bueno… el resto se lo debemos a Conrad. Ese escritor que, desde la experiencia, se atrevió a revelarnos que la naturaleza de nuestros pensamientos más oscuros poco tiene que envidiar a la tenebrosa espesura del corazón africano.                

Vivimos igual que soñamos.

Lo cierto es que, en estos casos, cuando se trata de valorar novelas “viajeras” tan potentes como esta que nos ocupa u otras de similar índole, como El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling, o Moby Dick, de Herman Melville, sentimos casi una necesidad irreprimible de lanzar por la borda toda consideración literaria u ontológica, y disfrutar de cada renglón de la novela sin detenernos para divagar. Las palabras van formando un hilo luminoso que al principio avanza con la mansedumbre de un arroyo, y que finalmente adquiere la fuerza de un torrente desbocado para arrancarnos del sillón y situarnos en lugares imposibles y frente a realidades inimaginables, a veces incluso incomodas. Y cuando parece que llega la calma, cuando ya hemos conseguido situar cada pensamiento donde le correspondía, surge de entre la maleza un retrato de nosotros mismos extrañamente preciso, casi perfecto. El viaje interior se funde con el físico de tal manera que no sabemos distinguirlos, que no “queremos” distinguirlos. La abstracción de todo aquello que nos preocupa adquiere la plasticidad de una fábula, la precisión de una fórmula matemática. Ya no es lo que se expresa con palabras sino lo que se esconde tras ellas. Por ello os recomendamos que leáis este libro de una manera más intuitiva, sin pararos por el camino para darle otra vuelta a los devaneos mentales de sus dos protagonistas. Si lo hacéis así, si aguantáis hasta la última página sin pestañear, dejando que cada palabra se imprima en vuestro corazón a la manera antigua, con un golpe de tecla, viviréis una experiencia lectora verdaderamente genuina, casi totalizadora. Al recuperar la conciencia tras haber leído la última palabra de la última frase, todo cobrará un sentido preciso y consistente. Os envolverá un estado de súbita iluminación, como si por un momento se os hubiera concedido el privilegio de comprender la verdadera naturaleza del ser humano. Y lo mejor de todo es que no se tratara de un pensamiento, sino de una sensación. Una sensación tan extrañamente vertiginosa como aquello que nos aguarda en el corazón de las tinieblas. 


1 comentario:

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    Acá te dejo el link para que veas de qué se trata.
    Felicitaciones!

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