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lunes, 22 de septiembre de 2014

LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA, un mal epitafio para la obra de Kundera


Antaño, el amor era la celebración de lo individual, de lo inimitable, la gloria de lo único, de lo que no admite repetición: pero el ombligo no sólo no se rebela contra la repetición, ¡es una llamada a las repeticiones! De modo que en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo. Bajo este signo, seremos todos soldados del sexo, con la mirada fija no sobre la mujer amada, sino sobre el mismo agujerito en medio del vientre que representa el único sentido, la única meta, el único porvenir de todo deseo erótico.

Quienes hayan leído y releído La insoportable levedad del ser, la obra más célebre de Milan Kundera, recordaran perfectamente que la sofisticada promiscuidad de su protagonista, Tomás, no se debe tanto a un impulso del cuerpo como del alma: lo que busca en todas esas mujeres cuyos cuerpos
acaban rendidos en sus brazos como embargados por un deseo irrefrenable –sin duda, una de las muchas fantasías eróticas representadas en este libro–, es hallar su factor diferenciador, su marca de identidad, ese detalle que hace de cada una de ellas un producto inimitable e irrepetible de la naturaleza humana, ya se manifieste en la forma de un gesto, de un levantamiento de cejas o de una mirada soslayada, de un aroma nuevo e inclasificable, de un lunar convenientemente colocado en la mejilla o de una nariz cuyo movimiento de aletas sugiere un sorprendente potencial erótico –léase El parque de los ciervos, de Norman Mailer–. Puede percibirse a la legua el interés de Kundera por la identidad, por esa idea del Yo que los ejecutores del estalinismo habían reducido, también en Checoslovaquia, a la categoría de anécdota histórica. Y aunque esta actitud puede parecer inevitable en alguien que se vio obligado a sufrir las inclemencias de un régimen totalizador que acabó exprimiendo toda voluntad individual,  lo cierto es que en el caso de Kundera debe considerarse como un leitmotiv libre de todo trauma, de todo condicionamiento. A fin de cuentas, el autor checo ha vivido más de la mitad de su vida en una ciudad, París, en la cual cualquiera de nosotros conseguiría olvidar sus peores recuerdos, incluso dejarlos en maceración para cocinarlos a ráfagas sin temor a las consecuencias. Podemos considerarlo entonces como un tipo bastante afortunado, pues su pasado le permite hablar de la identidad desde la experiencia –es decir, a partir de la ausencia– y su presente occidental reformular sus pensamientos desde ese conocimiento panorámico que solo sabe otorgar la distancia.

¿Y qué tiene que ver el ombligo con todo esto? Pues ya lo dice el párrafo introductorio: se trata de una llamada a la repetición, a diluir toda factor diferenciador en ese insulso caldo en que ha acabado convirtiéndose la humanidad como conjunto, a considerar  nuestra existencia como un continuum elaborado a partir del mismo cordón umbilical que  lo originara. Quien afirma que el ombligo no otra cosa que un tristísimo común denominador mediante el cual alguien, ya sea un poder fáctico o la propia inercia de la sociedad, trata de aborregarnos o adocenarnos, es Alain, un solterón parisino traumatizado por la prematura desaparición de su madre, cuando aún balbuceaba en la cuna, que se considera a sí mismo como un «intruso» obligado «a pedir perdón toda su vida». Y quien lo escucha, Ramón, es un jubilado trasnochado para quien la humanidad ha perdido toda capacidad de bromear acerca de sí misma. Es decir, un cínico perteneciente a la escuela primigenia al cual ya solo le queda evitar que la comedia de la vida lo corroa definitivamente. Una comedia que otro de los personajes, amigo de Alain y Ramón, pretende representar en un teatro de marionetas.

El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente. Luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan sólo unos cuantos, muy, muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real, pasan a ser marionetas…

Y quien nos introduce en primera persona esta galería de personajes patizambos no es otro que el propio Kundera, ese vocero de la identidad para quien el hombre no debería ser resumido en única palabra. El mismo autor que a lo largo de una muy prolífica carrera literaria se ha dedicado a reivindicar, a través cientos de personajes, la inequívoca particularidad de todo ser humano. Y esto a pesar de que en La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014), su última novela, parece afirmar todo lo contrario. Porque en ella, ese teatro de marionetas imaginado por Charles pretende representar una cualidad humana que ni siquiera el más acérrimo defensor de la diferencia podría obviar, y mucho menos esconder: ese extraño síndrome de dependencia que nos empuja hacia el aborregamiento, hacia la estereotipación.          

Hay tantas representaciones del mundo como hay personas en nuestro planeta; eso crea inevitablemente el caos; ¿cómo poner orden a ese caos? La respuesta es clara: imponiendo a todo el mundo una única representación. Y sólo se puede imponer gracias a única voluntad, una única, inmensa voluntad, una voluntad por encima de todas las demás voluntades.

Alain, Ramón, Charles y el resto de personajes de La fiesta de la insignificancia se mueven a lo largo de un hilo finísimo, como si fueran empleados de un circo de funambulistas. Cada uno nos cuenta su historia personal –ya sea producto de un embarazo no deseado, víctima de una vejez mal llevada o depositario de una imaginación que apenas alcanza a proporcionarle un átomo de vida–, para luego verse atrapado en un cóctel psicodélico en la cual narcisistas e insignificantes pugnan por el gran premio de la fiesta, que no es otro que llevarse a la mujer brillante y lozana. Un acontecimiento que permite a unos observarse en los ojos del resto de invitados y a otros recoger las migajas . Curiosamente, acaba ganando el insignificante, la clase de  pelagatos vulgar y corriente frente al cual ninguna mujer puede sentirse menospreciada,  obligada a componer una imagen de sí misma lo suficientemente virtuosa.  Como afirma Ramón, esos Narcisos de la contemporaneidad no entienden «nada acerca del valor de la insignificancia», y es esa ignorancia lo que permite a sus inopinados rivales quedarse con el premio grande frente a sus mismísimas narices.

Sin embargo, y muy a pesar de su indudable vocación ontológica, La fiesta de la insignificancia  no deja de ser un divertimento escrito por alguien que, como muchos de sus protagonistas, se esfuerza por reír cuando ha perdido ya las ganas. Es la última novela de un autor que ha pasado catorce años sin dar señales de vida –durante los cuales se limitó a cobrar regalías y desatender a los medios– y que ahora regresa para darle un giro sarcástico a su literatura moralista. En este sentido, celebramos que le añada un poco de humor. Sin embargo, lo que podría parecer el testamento de un hombre anclado de manera voluntaria en una suerte de autoexilio, el epitafio con el que mata definitivamente a su obra  para sublimarla (con toda la sorna, desde luego), no solo no aporta nada nuevo a la imaginería Kunderiana más allá de ese tono melódico cuyo cinismo no es ni siquiera autoparódico –ojalá, porque de ser así denotaría al menos cierto compromiso–, sino que incluso adolece de una sospechosa pobreza estilística, y también de una inconsistencia argumental fuera de toda discusión. Aunque atesora algunas de las cualidades que hicieran de La insportable levedad del ser una de las mejores novelas del siglo XX,  su capacidad de plantear dilemas morales de alto calado, de construir imágenes que consigan representarlos y de bailar cómodamente entre realismo y fantasía, entre representación e imaginación –en definitiva, de transitar entre lo que el ojo ve y lo que la mente proyecta más allá de él– para tejer el contenido con hilo de oro, sospechamos que su único cometido es brindarnos una imagen en perspectiva de nuestra propia estupidez como lectores, de lo insignificantes que resultamos como adoradores de un autor en franca senectud.  Porque… ¿qué mejor que un libro mediocre para hablarnos de la mediocridad, un libro que más bien parece un ejercicio breve e improvisado realizado a partir de cuatro imágenes cotidianas? En ello nos ha recordado a 1914, de Jean Echenoz, otra novelita de no más de ciento cincuenta páginas cuyo propósito parece más cercano a la obtención de regalías en época de vacas flacas que a la realización de un nuevo aporte literario.

La fiesta de la insignificancia es, en definitiva, una obra sobre la cual lo mejor que puede decirse es que consigue equilibrar continente y contenido de una manera total y definitiva. Si pretende ser una perfecta representación de esa misma insignificancia que parece criticar, lo ha conseguido con mucha brillantez. Mal que nos pese a quienes tenemos a Kundera por un tótem (y seguiremos teniendo, a pesar de este desliz).   

                  

1 comentario:

  1. Excelente blog! Vuestra entrada sobre Strindberg me ha convencido de comprar la edición de Acantilado. Espero que pronto subáis otra recomendación :)

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