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martes, 16 de septiembre de 2014

La conciencia de Zeno




Italo Svevo (Trieste, 1861 – Motta di Livenza, 1928) está considerado como uno de los grandes narradores italianos del siglo XX. Curiosamente, su obra apenas alcanza tres novelas (Una vida, Senilidad y La conciencia de Zeno) y un libro de relatos. Sin embargo, los encendidos elogios que James Joyce dedicara a su tercera novela publicada –por aquel entonces, el autor de Ulises vivía exiliado en Trieste– acabó consagrando a un autor que hasta entonces había pasado bastante desapercibido. Y situó La conciencia de Zeno (1923; Gadir, 2007) entre las obras más relevantes de una narrativa, la de principios de siglo pasado, en la cual el método psicoanalítico  fundado por Sigmund Ferud acapara un protagonismo tan inaudito que casi puede ser considerado como una herramienta literaria más. En efecto, autores tan relevantes como el propio Joyce, Arthur Schnitzler
o Stefan Zweig presentan una serie de protagonistas que por fin se atreven a conversar con ellos mismos para sacar a la luz un universo que hasta entonces vivía en la penumbra, que solo relucía a cuentagotas a través de la naturaleza de los hechos sobre los cuales se estructuraba la trama y sus personajes. Entramos en los luminosos salones de la conciencia y también en los intrincados pasillos del inconsciente, las dos caras de una misma carta cuyo palo transita entre lo ontológico y lo epistemológico, entre la verdadera naturaleza del ser y el conocimiento de la realidad.     

     

La enfermedad es una convicción y yo nací con ella. De la de mis veinte años no recordaría gran cosa, si no la hubiera descrito entonces un médico. Es curioso que se recuerden mejor las palabras dichas que los sentimientos que no llegan a agitar al aire.

Zeno Corsini, un burgués inadaptado cuya ociosidad le permite colocarse a sí mismo en el centro de todas sus preocupaciones, ha decidido ponerse en manos de un psicoanalista para superar su trágica adicción al tabaco. Y como este, llevado por el furor de la moda freudiana, le siguiere como paso preliminar escribir una autobiografía detallada, a Zeno no le queda otra que enfrentarse a todo aquello que durante años había permanecido en el tintero. Así, mientras su médico abandona Trieste por una temporada larga, él va desgranando una vida construida a base de muchas mentiras que solo ahora, sobre el papel, adquieren su verdadera naturaleza, pero también de una lucidez inusual en un individuo tan inepto como finalmente feliz. Una felicidad, eso sí, algo menguada por una enfermedad que al final parece más del alma que del cuerpo.

Cuando lo pienso, muchas veces me asombra que aquella desesperación sobre mí y mi futuro se produjera a la muerte de mi padre y no antes. En conjunto, se trata de cosas recientes y, desde luego, para recordar mi profundo dolor y todos los detalles de la desventura, no necesito soñar, como quieren los señores analistas. Recuerdo todo, pero no entiendo nada.

Zeno comienza su curiosa autobiografía con el relato de su adicción al tabaco, un inconveniente que muestra perfectamente su absoluta incapacidad para imponer la voluntad de su conciencia a los deseos más insospechados del inconsciente. A partir de aquí, un relato que al principio parece frívolo e insustancial va cogiendo relieve hasta convertirse en una verdadera confesión, aunque acabe atenuada por el cinismo de quien la escribe y la tierna complicidad de quien la lee. Zeno se muestra casi siempre lúcido, pero también excesivamente condescendiente consigo mismo. Y lo más curioso es que ese perdón que parece suplicar con denuedo, y que acaba concediéndose en cada uno de los capítulos de su vida, es el mismo que nosotros, lectores inevitablemente confundidos por la dulzura de su narración, queremos para él.
A través de los distintos episodios en que se divide la novela –y tal vez también su vida, como si fuera un libro de relatos cosidos con un mismo hilo–, Zeno se nos muestra como un padre desatento, como un marido amoroso aunque infiel, y como un hombre de negocios incapaz de hacerse cargo de una fortuna heredada sin merecimiento alguno. Pero también atesora una admirable necesidad de sincerarse consigo mismo –cosa que en los tiempos que corren es todo un logro–, de enfrentar unos recuerdos que hasta entonces había preferido apartar de todo entendimiento, y sobre todo de recuperar cierta ternura perdida con la muerte de su padre. Aunque lo que resulta más conmovedor es precisamente todo aquello que dice sin ánimo de decirlo. Es decir, lo que se nos revela a partir de sus mentiras. Como ejemplo, no podemos dejar de ver la ingenuidad con que enfrenta los negocios como una virtud. Una ingenuidad que, sin embrago, él quiere ver como un defecto. La culpa derivada del fracaso profesional le resulta tan incómoda como ese orden social que determina la frontera entre éxito y fracaso.     

Al aire libre, respiré la libertad y no sentí el dolor de haberla comprometido. Hasta el día siguiente había tiempo y tal vez encontraría una protección contra las dificultades que me amenazaban. Mientras corría hacia casa, tuve incluso el valor de irritarme con el orden social, como si tuviera la culpa de mis faltas. Me parecía que debía ser tal, que nos permitiese de vez en cuando (no siempre) hacer el amor, sin tener que temer las consecuencias, hasta con las mujeres a las que en modo alguno amamos. No había ni rastro de remordimiento en mí. Por eso, creo que éste no nace del pesar por una mala acción ya cometida, sino de ver la disposición culpable propia.

A pesar de sus desastrosos devaneos profesionales, sentimentales y familiares, y de la escasa legitimidad de que suelen gozar las preocupaciones de los burgueses ociosos, quienes lo leemos queremos creer en sus buenos propósitos y ayudarlo a superar una crisis de conciencia que, según Mercedes Rodríguez Fierro*, es «más generacional que individual», la lógica reacción ante un «ideal espejismo de “salud” pequeño-burguesa» imposible de asir. Vemos en él una prolongación de nuestra propia conciencia, un individuo que adolece de los mismos males que nosotros, y por ello concedemos a sus infidelidades, sus errores y sus miserias el privilegio de la duda, la posibilidad de redimirse mediante el acto de la confesión. Es decir, que reclamamos para él las mismas indulgencias que reclamamos para nuestras vidas. Y al hacerlo, nos convertimos en cómplices “inconscientes” de una manera de entender la realidad llena de frivolidad y egolatría, pero también abrazamos esa minúscula posibilidad de redención real que puede y debe aportarnos el ejercicio de un combate que solo podemos librar contra nosotros mismos. Un combate contra todo aquello que nos convierte en enfermos de la contemporaneidad. Como dice Mauricio Molina, «ser consciente como Zeno implica enfrentarnos a la obsolescencia del mundo, a su irreparable precariedad, a nuestra indisoluble búsqueda de respuestas».
Pero entonces contraje otra pequeña enfermedad, de la que no iba a curar nunca. Cosa de nada: el miedo a envejecer y, sobre todo, el miedo a morir. Yo creo que se originó en una forma especial de celos. El envejecimiento me daba miedo solo porque me aproximaba a la muerte. Mientras estuviera vivo, Augusta (su esposa) no me traicionaría, desde luego, pero me imaginaba que, tan pronto hubiera muerto y me hubiesen sepultado, después de haber tomado las medidas para que se conservara en orden mi tumba y para que se dijesen las misas necesarias por mí, al instante miraría en derredor para darme el sucesor al que rodearía del mismo mundo sano y ordenado que ahora me hacía feliz a mí.

A través de una prosa tan esmerada en la construcción como asequible desde el punto de vista léxico, asistimos a un ejercicio narrativo brillante en el cual, a pesar de la dificultad que entraña el ejercicio psicológico que se nos propone, o tal vez gracias a él, se nos revelan varias características esenciales del ser humano: egotismo, solitud, cinismo o autocompasión, pero también ternura, generosidad, y unas ansias de libertad y de reconocimiento –es decir, de afecto hacia quienes nos acompañan– brutales. En este caso cuenta tanto la habilidad para con la palabra como ese nueva herramienta literaria creada a finales del siglo XIX –en una era en la cual Heidegger trataba de recuperar el ser y Freud de entender la mente humana–, que tanta buena literatura nos ha legado y que con su particular manera de contarnos el mundo y a ese hombre que habita entre sus azarosas circunstancias nos han acercado a algo parecido a nosotros mismos.
La conciencia de Zeno es, básicamente, una metáfora de los que somos y de los que seguiremos siendo a través de la eternidad: pobres infelices que, como Zeno, apenas alcanzan a comprender.         
*En Cuadernos de filología italiana, 1999, nº 6: 209-211.        

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