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jueves, 4 de septiembre de 2014

ÁNIMA, de Wajdi Mouawad



Habían jugado tantas veces a morirse el uno en los brazos del otro, que al encontrarla ensangrentada en mitad del salón se echó a reír, convencido de estar asistiendo a una representación, a algo grandioso que consiguiera sorprenderlo esta vez, anonadarlo, pasmarlo, hacerle perder la cabeza, quedarse con él. (…) pero era evidente que estaba muerta, pues tenía los ojos abiertos, la mirada fija y, entre las manos, la herida, el cuchillo clavado en el sexo.

A Wajdi Mouawad (Beirut, 1968) le persigue un fantasma de naturaleza trágica: la cruenta guerra
que durante quince años, de 1975 a 1990, supuso el encarnizado exterminio de cientos de miles de libaneses a ambos lados del espectro religioso (musulmanes suníes y chiíes, cristianos maronitas y judíos), y que obligó a su familia a exiliarse primero en Francia y finalmente en el Quebec.  Y me atrevo a firmarlo porque del conjunto de su obra –principalmente teatro, pero también algo de cine y narrativa–  emana un más que apreciable tufo a sangre fresca, ese fluido escarlata que acaba brotando de sus personajes, casi siempre mártires de la guerra, en un instante u otro de sus trágicas vidas de ficción. Tan fuerte debió ser el influjo de esa amarga experiencia de juventud, que al final ha acabado impregnando las dos dimensiones en las que transita su vida. Se observa muy bien Incendies, aquella obra teatral cuya adaptación cinematográfica nos heló la carne en 2009, y regresa con inusitada fuerza en una novela que ha necesitado diez años para florecer y que mantiene bien a la vista el rastro de sangre.

Yo nací hace tiempo de una masacre, mi familia fue degollada contra el muro de nuestro jardín, y hoy, años después, a miles de kilómetros de allí, la maquinaria de la sangre parece haberse puesto de nuevo en marcha.

En Ánima (2012; Destino, 2014), Mouawad hace gala de sus mejores atributos como escritor. Su pluma vuelve a mostrarse vigorosa en la composición de la trama y en la caracterización de sus personajes. De nuevo, como ya sucediera con la tetralogía La sangre de las promesas –un título que supone toda una declaración de intenciones–, nos vemos inmersos en una historia dantesca que, desde la primera línea, apenas concede pausa ni respiro, y en la cual lo trágico se impone como inevitable compañero de viaje. Wahhch Debch, su protagonista, emprende una odisea a través de Norteamérica para perseguir al asesino de su esposa, un criminal mohawk de dimensiones descomunales cuya vida parece dedicada al terror: frente a la hostilidad de un mundo en el cual no queda lugar para los de su raza, Welson Wolf Rooney ha decidido resucitar al animal salvaje que habita en él para procurarse una posibilidad de supervivencia. Sin embargo, serán dos características eminentemente humanas, crueldad y cinismo, lo que acabará guiando todos sus actos para escarnio de quienes tienen el infortunio de cruzarse en su camino. Como Léonie Debch, cuyo cuerpo es brutalmente vejado y violado por Rooney antes de ser rematado con una cuchillada en su sexo.

A partir de aquí, asistimos a una persecución en la cual es difícil distinguir quién actúa como presa y quién como depredador. Porque quien persigue, Wahhch Debch, no ansía devolverle al “lobo” Rooney todo el dolor que le ha causado, sino simplemente contemplar su rostro, enfrentarse a la mirada de quien lo ha desposeído de su principal tesoro, de su única razón para vivir. Porque a pesar de las monstruosas circunstancias de su pérdida, la voluntad de Debch sigue guiada por una irreprimible necesidad de comprender al ser humano, de sentir compasión incluso por quienes han decidido abandonar toda humanidad para convertirse en insectos voraces. Desea exterminar ese molesto sentimiento que suele inclinarnos hacia la venganza, hacia una redención que solo vemos factible mediante el dolor de quienes nos hacen sufrir.  

Sé que esta guerra, silenciosa, de la que nunca se habla en los periódicos, continuará desmembrando a mi tribu. La sangre se derrama lentamente, gota a gota. (…) Ya no se puede hacer casi nada. Excepto algún gesto suficientemente heroico que consiga inspirar a los más jóvenes, a los que vendrán después y se acordarán de nosotros y encontrarán el valor necesario para continuar creyendo. Pero por ahora no hay nada de los que sentirnos orgullosos. No conozco los gestos heroicos. No sé qué son. Que deberían ser. Tú sí que sabes. Tú quieres ver el rostro de tu pesadilla. No quieres matarlo, sólo quieres estar frente a él y mirarlo. Es un gesto heroico. Pero debes saber que este tipo de gestos se acaban pagando muy caro. Lo sabes, ¿verdad?

Debch acaba pagándolo caro, efectivamente, porque durante la persecución acaban aflorando ciertos recuerdos depositados hasta entonces en un diminuto desván de su memoria. Recuerdos que lo conducirán de regreso al Líbano y a las circunstancias que rodearon su salida del país como consecuencia de la guerra. Recuerdos que van desmoronando poco a poco los cimientos sobre los cuales descansa su edificio familiar, en el cual habitan un padre de dudoso pasado y dos hermanas que parecen esconder algo. Quienes no hayan leído jamás a Mouawad se estremecerán con la trama “libanesa” de este libro. Quienes hemos seguido su carrera literaria y cinematográfica la encontraremos algo reiterativa pero no por ello menos emocionante. Nos ayudará a comprender algo fundamental de la carrera artística del autor quebequés: que toda ella se fundamenta en un trauma infantil, y que tal vez haya encontrado en ella una manera de procurarse un poco de paz como libanés, desenmascarando a los verdaderos monstruos de esa guerra y redimiendo a quienes no supieron o no pudieron hacer nada para evitar una masacre con miles de nombres y apellidos –tal vez él se cuente entre ellos–. La insistencia con que recurre al “hecho” libanés remite al periplo emprendido por Salman Rushdie a través de la historia moderna de la Índia. Incluso alberga la misma riqueza asiática en la composición de sus metáforas, bañadas por una fantasía que, en su caso, resulta algo más plausible. Por otro lado, el esplendido paisaje norteamericano en el cual sitúa la trama resulta tan vivo y evocador como el de Canadá, de Richard Ford, o el que nos ofrece Cormac McCarthy en su Trilogía de la frontera.    

En cualquier caso, sea la trama de Ánima una reiteración o sea otra pieza de un puzle inacabado, Mouawad nos sorprende esta vez con un recurso indudablemente imaginativo: quienes actúan como narradores son los animales que va encontrando Debch por el camino. Todos ellos adquieren inusitada conciencia para explicarnos los hechos con todo lujo de detalle, incluso para mostrar cierta conexión alegórica con ese pobre hombre acosado por la desgracia. Y no se trata de un recurso escogido para satisfacer ciertas ambiciones estéticas –o al menos no del todo–, sino de un continente con contenido propio, el detalle que permite al lector comprender la naturaleza del viaje emprendido por el autor. Mouawad quiere demostrarnos que lo peor del hombre no radica en su animalidad sino precisamente en su humanidad. Que esa misma autoconciencia que nos ha permitido aprender a pensar, reír y trascendernos a nosotros mismos alberga también sustancias tan nocivas como la crueldad, la maldad o el escarnio.
 
El ser humano es un túnel estrecho, hay que internarse en él si quieres conocerlo. Hay que avanzar en la oscuridad, aspirar el olor de todos los animales muertos, escuchar los gritos, los dientes que rechinan y los llantos. Hay que andar, hundir las patas en un charco de sangre y trepar por un hilo de oro abandonado por el propio ser humano, cuando no era más que infancia y ningún tejado cubría su techo. Animal entre animales, aún no sufría. El humano es un túnel y todo humano llora su cielo desaparecido.

Dicho esto, a Ánima le sobran unas cuantas cosas. Primero, cierta tufillo a alegoría moralizante que resulta insoportable en gran parte de la novela. Segundo, la ingenuidad esotérica con que el autor quebequés pretende vincularse al mundo. Puede ser cierto que formemos parte de una unidad indisoluble, que todo lo que habite este mundo, ya sea materia o espíritu, forme parte de una misma sustancia. Pero reivindicar la necesidad de rendir homenaje a cada uno de los animales de los cuales nos alimentamos, como prueba de fraternidad, resulta algo demagógico y oportunista –nunca me he visto, francamente, rezándole una oración al filete que estoy a punto de engullir–. De hecho, dudo que Mouawad haya rezado por cada uno de los árboles sacrificados para imprimir esta novela. Pero estos dos últimos apuntes son consideraciones laterales que no obran en absoluto en menoscabo de Ánima, una novela que por su potente carga humana, psicológica y literaria merece con creces el premio que le han otorgado los libreros catalanes (Premi Llibreter 2014). Mouawad se comporta como un verdadero novelista, pues al mostrar la ambigüedad del ser humano hace cierta aquella famosa frase de Novalis: «Nadie se conoce a sí mismo si sólo es él mismo y no otro al mismo tiempo.» 

 

 

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