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jueves, 22 de mayo de 2014

La ternura bárbara de Bohumil Hrabal



Vladimír, maestro de la imaginación táctil, siempre moribundo, a punto de palmarla, solo para poder alzarse de entre los muertos, rejuvenecer, siempre retomar fuerzas, atravesar la pared con la cabeza, llegar al otro lado y luego por el cordón umbilical volver al principio de todas las cosas, volver a la primera semana de la creación del mundo. Al mismo tiempo era capaz de ser antiguo como el mismo mundo y juvenil como el alba, como las hojas recién nacidas. Vladimír conseguía jugarse su existencia en constante renovación y rejuvenecimiento, era capaz de desmontarla y someterla a la prueba del fuego. Por eso amaba el dolor. Si no venía de fuera, se lo provocaba él mismo. Se sentía responsable únicamente de sí mismo y de los elementos de los que estaba compuesto. Con sus grabados devolvía a los elementos la estructura ennoblecida de su materia.

En los últimos meses, hemos destacado a diversos autores salidos de la órbita académica o intelectual, pertenecientes a aquello que alguien quiso un día denominar intelligentsia. Es decir, autores cuyas carreras literarias corrían en paralelo a sus trayectorias docentes, casi siempre ataviados con gafas de concha y chalecos de punto y acompañados por mujeres cuyo instinto maternal se encuentra en pleno apogeo, dispuesto a mecer y cuidar entre algodones a ese hombrecillo lúcido y despistado que acaba de salirles al paso. Porque Saul Bellow, John Williams, o más recientemente Hillel Halkin, parecían sentir el mismo fervor en las aulas de filología o en las salas de conferencias que frente a la página en blanco. Así, muchos de sus personajes son profesores tan brillantes en su ejercicio de la docencia como incapaces de gestionar, o enfrentar, unas emociones que parecen pudrirse irremediablemente entre las paredes de sus destartalados estudios, a menudo atestados de cucarachas y libros con las hojas carcomidas. Más o menos lo mismo que debía ocurrir a sus creadores en la vida real, ese lugar indómito en el cual nunca hemos conseguido detener las manecillas del reloj ni anular, pobres de nosotros, esas impresiones emocionales que tan rápido erosionan y desgajan nuestros corazones, y en el cual la ficción solo actúa como rincón de evasión parcial, nunca definitivo. Tal vez por eso acostumbramos a sentir un extraño cariño hacia personajes como Moses Herzog, William Stoner o Hoo –el protagonista de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?–, individuos cuyos indudables recursos intelectuales parecen incapaces de manejarse en el terreno de la vida. Al menos en esa vida que Herta Müller considera lo contrario de escribir.
Pero también hemos dado protagonismo a otra clase de autores, aquellos que propusieron verdaderas tesis filosóficas a través de una narrativa escrita desde la anonimidad y sin mayores pretensiones, ya fuera en su condición de empleados frustrados o funcionarios de un sistema asfixiante –Juan Rulfo, Franz Kafka– como desde esa libertad creativa que solo se encuentra en la calle –John Fante, Boris Vian, y también Ed Limónov, de quien hablaremos en una próxima reseña–. Y, curiosamente, sentimos por sus personajes el mismo cariño que dedicamos a los Herzogs o Stoners de la vida. Una ternura mucho más cercana, incluso, en la cual hallamos consuelo para nuestras propias existencias, tristes trayectos que, lo queramos o no, están hechos de esa misma pasta irregular y voluble que ha servido de base para la composición de un colectividad aún desorientada. Y es aquí, en este reducto de pensamientos surgidos a partir de la desgracia y la ignominia, donde nacen los tiernos bárbaros, esos moribundos capaces de volver al principio de las cosas por el cordón umbilical, esos maestros de la imagen táctil capaces de «llevar la materia prima directamente al ámbito de la trascendencia».
Vladimír mismo es un proletario creador en cuya obra celebraba el trabajo de los seres humanos con un nuevo reconocimiento (…). Tomando del contrato social solamente la obligación de demostrarse a sí mismo y experimentando en sí mismo que la guerra sólo se  puede declarar a uno mismo, que se puede devastar sólo el propio territorio, que está en la cabeza.

Bojumil Hrabal, considerado uno de los escritores más notables de la narrativa checa contemporánea –es decir, de los últimos ciento cincuenta años–, se adaptaría sin mayores problemas al segundo perfil descrito en esta reseña, el de los intelectuales de la calle. Tras ejercer como empleado ferroviario, viajante de comercio, agente de seguros o empacador, consiguió convertirse en escritor a tiempo completo en un contexto tan poco propicio como lo fuera ese régimen soviético implantado en Checoslovaquia a fuerza de cañón. En su obra refleja los problemas habituales en una sociedad en la cual pensar libremente se paga con la muerte: la alienación del ser humano, la imposibilidad de sentirse acompañado en un sistema que, curiosamente, antepone el bien colectivo, incluso la tristeza derivada de un mundo escrito en blanco y negro en el cual su pobreza estética actúa como disuasorio de la creatividad, como catalizador del tedio y la inercia que caracterizaron el desarrollo de un país secuestrado. De ahí que Hrabal, completamente consecuente con la realidad social que le tocara vivir, pusiera todo su empeño en vindicar a los que, como él, levantaron un púlpito para los pensadores de la calle. Para los tiernos bárbaros.
Con leche desnatada hacia nata, con hollín de carbón brillantes, con un gorrión el ave Fénix, a un tullido lo convertía en un corredor de carreras, siempre que había poco de algo echaba su talento para demostrar que omnia ubique y que en lo mínimo está lo máximo, que cada punto en el mundo es el centro del jardín del paraíso, mientras que los jardines colgantes se convierten despacio en ruinas y polvo  y en ese polvo  se contiene toda la belleza, en una pizca de tierra todo empieza de nuevo…

Tierno bárbaro (Galaxia Gutenberg, 2014) fue escrita por Hrabal en 1973, en una época en la que, como reza la contraportada, «su obra estaba prohibida por el régimen político instalado en el poder tras la invasión de Checoslovaquia por parte del ejército soviético que puso fin a la Primavera de Praga». Y versa sobre la vida de un pintor y poeta vagabundo, Vladimír Boudník, cuya terquedad y prodigiosa imaginación consigue alejarlo de las convenciones sociales típicas de un país que parece cansado de sí mismo, casi derrotado por K.O. técnico. Así, la biografía novelada que Hrabal hace de Vladimír hace las veces de manifiesto ideológico –o anti ideológico, diría yo– y de homenaje a una persona cuya barbaridad radicaba, curiosamente, en su ternura hacia la materia humilde. En definitiva, hacia lo sencillo.  
La trama de esta novela traducida por primera vez en España –probablemente se lo debamos al centenario del nacimiento de su autor– es bastante sencilla. Casi demasiado. Narra las vivencias comunes de Boudkín y Hrabal en una época convulsa, sus intentos por procurarse un reducto de libertad en un lugar poco propicio para la rebeldía, su valentía a la hora de enfrentarse al monstruo soviético a través de una actitud sincera y jovial, de vencer el tedio imperante en ese hijastro no deseado del gobierno de Bréznev. Narra el compromiso con la libertad de pensamiento y de creación de dos personas que, tal vez, en otra época más propicia, habrían cumplido gustosamente con su destino proletario. Es decir, que ante la imposibilidad de que quienes, teóricamente, debían levantar el edificio de la cultura –esos adalides de la intelectualidad de que hablaba al principio– cumplieran con su labor arquitectónica en una Checoslovaquia perdida, dos personajes tan en apariencia limitados como Vladimír o Hrabal se atrevían a agarrar el testigo con sus veinte dedos para proponer algo que fuera mucho más allá de la mera propaganda política. Y así asistimos a las aventuras amorosas del poeta vagabundo en una ciudad forrada de grisura, a los delirios de grandeza de un bárbaro demasiado tierno como para llevar a cabo sus ensoñaciones, a la inusitada inteligencia de un obrero incapaz de mezclar los elementos para fabricar un ladrillo, pero sí para construir un templo de libertad y pensamiento; a la gallardía de un artista que nunca se sintió menospreciado por la intelligentsia: al contrario, siempre encontró aliento en su inoperancia para componer versos y pinturas de cambio; y a la ternura y visión de un hombre capaz de extraer trascendencia de donde solo parece haber banalidad y contingencia.
Cada vez que se desplomaba un avión, a Vladimír le interesaban los detalles. Por un lado vivía la catástrofe como un pasajero que junto con los demás acababa derramado en ese espacio, por otro se quemaba con los demás en la caída o era acribillado en la detonación de los motores, pero principalmente se vivía a sí mismo como un avión que se precipitaba al océano o caía en la tierra o saltaba por los aires y luego trozo a trozo según la materia caía en el paisaje.   

Queda claro, gracias a este fragmento, que Vladimír se siente más identificado con la materia que con la sustancia humana. Él no es ese pasajero a punto de ser engullido por la muerte, sino el fuselaje de un avión abocado a una inevitable destrucción. Ya no cree en el hombre como creador, sino en la materia creada por él como único legado merecedor de ser preservado. De alguna manera, lo que nos está diciendo Vladimír es que ante la creciente indignidad del hombre contemporáneo, ante su regreso al primitivismo, lo único que merece ser venerado es su legado creativo: los fuselajes de los aviones, los ladrillos, el papel en el que escribe palabras sueltas, las cervezas que bebe con fruición en su bar de cabecera… Incluso los encontronazos con su gran amigo Bojumil Hrabal.
Sin embargo, una vez reconocido el merito de la propuesta (también de su autor y de su protagonista) cabe reconocer también los fallos de que adolece. Primero, la inconsistencia argumental de la trama, cuyo desarrollo se muestra tan errático como su protagonista: más que una novela, parece un artículo escrito con prisas para celebrar la figura de un autor recientemente desaparecido. Segundo, su pobreza estilística: es cierto que el torrente verbal de Hrabal levantará pasiones entre los incondicionales de la improvisación, quienes muy probablemente hablarán de frescura y candor originales. Pero no solo de eso vive la literatura. Se precisa también una vasta diversidad de colores, texturas y sabores, y esos es lo que le falta a la prosa de Hrabal en este libro. Digamos que, en este caso, no ha conseguido «deshilar el viejo jersey enganchado». Nos ha recordado a Max y los fagocitos blancos, aquel intento de Henry Miller por proponer, junto a Lawrence Durrell y Anaïs Nin, una nueva forma de hacer literatura en su periplo parisino –en aquella Ville Seurat en la cual el pintor francés trató de organizar un nuevo estilo–, pero que no pasó de ser una anécdota literaria. Lo que nos quedó de aquel intento, y que también permanecerá de este libro de Hrabal, es la sensación de habernos quedado a las puertas de algo grande, de haber asistido al nacimiento de un filósofo de calle cuya brevedad y lejanía lamentamos, pues parece tener muchas cosas que contarnos. También la frustración de leer un relato incompleto que con un poco más de paciencia podría haberse sublimado. De alguna manera, se hace realidad aquella cómica frase con que el autor de Trenes rigurosamente vigilados divertía a la concurrencia: «Una vez un adivino me leyó las cartas y me dijo que si no fuera por una minúscula nube oscura cernida sobre mí podría hacer grandes cosas no solo por mi país sino por toda la humanidad.» En su vida aquella nube vestía la casaca del Ejército Rojo. En este libro se mantiene tan desnuda como la prisa.   

En definitiva, el Tierno bárbaro de» Bojumil Hrabal nos ha dejado un sabor agridulce. Dulce por su valentía y desapego. Agrio por su inconsistencia narrativa y por su falta de cálculo.  Pero tal vez Hrabal tuviera algo interesante que enseñarnos acerca del cálculo. Tal vez somos nosotros, animales acostumbrados a manejar nuestros pensamientos mediante fórmulas y teoremas, quienes no estamos aún preparados para leerlo.  

                                         

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