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viernes, 9 de mayo de 2014

August Strindberg vivía en un salón rojo



En la última década, la literatura escandinava ha ido adquirido un peso internacional del que no disfrutaba desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando las obras del gran dramaturgo Henrik Ibsen eran representadas en los teatros de media Europa, las de August Strindberg traducidas a casi todos los idiomas “cultos” del momento, y Selma Lagerlof era galardonada, en 1909, con el Nobel de literatura. A partir de entonces, apenas unos cuantos autores escandinavos consiguieron sacar la cabeza en un universo dominado primero por la exquisita narrativa germanófona –Zweig, Roth, Musil o Hesse–, y más tarde por ese posmodernismo literario venido del otro lado del Atlántico que acabó configurando la narrativa occidental contemporánea. En medio estarían los autores del boom latinoamericano, y algunas islas francesas e italianas –Camus, Calvino, Sartre o Malaparte–. De la literatura española, poco que destacar en el plano internacional.
Y así llegamos a finales de la primera década de este siglo, cuando la publicación de Los hombres que no amaban a las mujeres (2005; Destino, 2008), de Stieg Larsson, tiñe Europa y Norteamérica con el negro de una novelística policíaca de corte realista y casi político, en la cual se nos presenta una Suecia torturada por la corrupción y la mentira. Es entonces cuando las editoriales de medio mundo relanzan a autores como Henning Mankell, Leif Persson o Åsa Larsson, quienes ya disfrutaban de cierto éxito pero sin llegar ni de lejos a los niveles del autor de la serie Millenium. Tal vez en los últimos años haya decaído un tanto el influjo nórdico, a pesar de los nuevos islandeses, pero incluso un poeta sueco apenas conocido en los círculos intelectuales consiguió en 2011 lo que no había logrado ningún autor perteneciente a la patria de los Nobel en los últimos casi cuarenta años, desde los tiempos de Eyvind Johnson y Harry Martinson: ser (re)conocido con su galardón literario.

Por eso vale la pena traer hoy a Jauría Lectora a uno de los autores que, seguro, fueron de lectura obligatoria en el colegio para todos esos novelistas escandinavos que han estado dominando el panorama editorial internacional hasta hace apenas tres o cuatro años. Porque August Strindberg (Estocolmo, 1849 – 1912) fue para ellos lo que Cervantes para nosotros. 

Era una tarde de comienzos de mayo. El jardincito de la Mosebacke aún no había sido abierta al público, y la tierra de los macizos no estaba todavía removida. Las campanas habían crecido entre los montones de hojarasca del año anterior y estaban a punto de poner fin a su breve existencia para dejar sitio a las flores de azafrán, más delicadas, que buscaban la protección de un peral sin fruto. Las lilas esperaban el viento del sur para florecer, pero los tilos aún ofrecían filtros de amor en sus botones, todavía por abrir, a los pinzones, que construían ya sus nidos, vistiéndolos de liquen, entre tronco y rama. Ningún pie humano había pisado las veredas de arena desde que se fundiera la nieve del invierno último, y, en consecuencia, pululaban en ellas fauna y flora sin que nadie las molestase.

Este párrafo, perteneciente a la primera página de El salón rojo (1879; Acantilado, 2012) –en castellano se ha traducido también como La habitación roja–, es toda una declaración de intenciones en la narrativa de Strindberg. De hecho, su virtuosa descripción de un jardín holmiense de finales del XIX parece decirnos mucho más de lo que aparenta. De alguna manera, nos parece que ese terreno asilvestrado en el cual hace años que no circula nadie arde en deseos de florecer y traernos un autor nuevo que sepa dar carpetazo, respetuosamente, a una literatura hosca y severa cuyo único fin parece ser el de moralizar a una parroquia profundamente temerosa de Dios. Incluso se menciona la figura de la reina Josefina, tal vez para subrayar a través de su sangre mestiza –en ella se mezclan la nobleza de los Habsburgo y el orgullo de Napoleón– que los nuevos tiempos, aunque esperanzadores, cargan aún con la corrupción del pasado. Tal y como hacen esas flores de azafrán mientras aguardan su florecimiento.
El salón rojo es la novela más célebre de Strindberg, también una de las más políticas. En ella se nos muestra un país en transición, aún desubicado en ese tránsito hacia el corazón de Europa, a medio camino entre el terco conservadurismo de las élites y la tímida aunque floreciente impronta de los renovadores. Un país, en definitiva, que trata de merecerse a sí mismo. Sin embargo, Strindberg sabe hacer lo que cualquier autor de literatura “debería” saber hacer: exponer un status quo suficientemente “literario” como para (re)situar, sobre él, un debate capaz de proponer sendas jamás transitadas, una porción de terreno cubierta de hojarasca en la cual incluso un pequeñoburgués desaliñado se siente con fuerzas de emprender una limpieza a fondo, sobre todo cuando utiliza para ello una escoba repleta de nuevos pensamientos. Y así llegamos a la figura de Arvid Falk, un protagonista a todas luces influenciado por la herencia del Cándido de Voltaire, o del Werther de Goethe, pero que no parece resignado a perecer bajo sus mismas miserias. Un funcionario dispuesto a abandonar una carrera tan prometedora como falta de alicientes –en esa época los funcionarios mostraban la misma exigua pasión que los de ahora– para dedicarse a lo que realmente le llamaba: una escritura verdaderamente comprometida con su tiempo. El resultado es un innovador relato en el cual un héroe marcadamente romántico consigue sobrevivir y perdurar en un contexto “realista” que, en otras circunstancias, lo habría empequeñecido sin demasiados miramientos.

Arvid no decía una palabra. Por su educación era persona de carácter asustadizo, hasta tal punto que nunca creía tener razón. Desde la niñez oía constantemente esas palabras tan campanudas: sincero, justo, veraz, dichas a diario, y hasta de hora en hora, llegando a ser para él como jueces que siempre le decían: «¡Eres culpable!».

Sin embargo, y a pesar de las consabidas debilidades heredadas de un contexto histórico tan mezquino y agresor para el nuevo espíritu como erosivo para el viejo, Arvid Falk consigue procurarse un reducto de esperanza. Incluso cuando su hermano, un burgués más preocupado por las apariencias que por las realidades, trata de reubicarlo en ese terreno cubierto de hojarasca en el cual no hay espacio para el florecimiento de una nueva especie. Aquí ya no sirven las caprichosas ensoñaciones del Frédéric Moreau de La educación sentimental de Falubert, ni la trágica –y por tanto mística– gallardía del barón Eduard de Las afinidades electivas de Goethe. Aquí ya no se percibe al Estado, a la costumbre o a los poderes fácticos como monstruos omnipresentes a los cuales no se puede derrotar de ninguna manera. Ni siquiera cuando resulta más evidente la poderosa tenaza con que solventan cualquier intento de rebeldía, esa asfixiante indiferencia frente a la cual uno no puede hacer otra cosa que huir. En este relato indudablemente innovador, aunque atesore una antigüedad de más de ciento veinticinco años, se nos ofrece la posibilidad de romper un frente debilitado por su estúpido inmovilismo, de penetrar en el meollo de la decadencia para poner un poco de orden. Y de utilizar, para ello, un arma tan eficaz como la ironía.

La cabeza que estaba en la galería de los oyentes puso los ojos en blanco y movió compulsivamente los labios durante la votación de la moción, pero cuando esta hubo terminado  y la moción quedó aprobada, la cabeza explotó y desapareció entre la tropa de decepcionados y zarandeados oyentes. 

Sin embargo, la buena predisposición de Arvid Falk acaba chocando contra un muro infranqueable que, curiosamente, nada tiene que ver con lo que esperaba encontrar frente a sus narices en el furor de la batalla. La rigidez del sistema, las costumbres de una sociedad en la cual la burguesía parece querer emular lo peor de la vieja aristocracia, o la desesperanza de una clase que ha visto como sus demandas desaparecían entre los corredores de un edificio democrático en plena construcción, nada significan frente a la miseria del ser humano. Porque donde Arvid buscaba fraternidad, solo encuentra una envidiosa competencia. Y porque donde esperaba tropezar con un grueso muro de incomprensión, solo halla una tierna condescendencia. Casi parece que sus mejores aliados son aquellos funcionarios deslustrados que tanto aborrecía, incluso su hermano. En estas circunstancias, lo único que el joven e inexperto Arvid Falk puede sentir ante tal panorama es una desesperante compasión. Es decir, que la misma bondad que le ha empujado a combatir acaba dilapidando todas sus ambiciones. No se ve derrotado por un monstruo de tres cabezas, sino por un abuelo cansado y con muy pocas ganas de discutir. De ahí que, a pesar de su previsible fracaso, lo distingamos de Werter o Cándido. Porque su desgracia no radica tanto en circunstancias trágicas de imposible solución como en su propia humanidad. Esa vieja raza que tan pronto ciertos atributos compartidos por todo ser humano. Una vieja raza cuyo temor hacia el fracaso y la solitud convierte unas veces en un perro rabioso, y otras en un entrañable compañero de mesa.
Y, en medio de la sordidez ambiental, El salón rojo, un rincón de un bar de Estocolmo, se convierte en alegoría de la salvación del hombre.

Así reza el texto de contraportada de la edición más reciente de Acantilado, y así debiéramos considerar esa habitación en la cual pesa tanto la historia como el presente. Porque todos los refugios atesoran esa misma capacidad: la de permitirnos ser lo que creemos que somos sin haber de pagar por ello un precio demasiado alto. Es decir, que lo que en Tolstoi o Flaubert conducía a la muerte o al olvido, en Strindberg ha encontrado un reducto para su propia supervivencia.  
En el terreno formal, Strindberg atesora la misma riqueza estilística que sus compañeros de promoción. Sin embargo, donde él coloca tilos los demás veían un prado cubierto de maleza. Es decir, que los virtuosismos francés o alemán bien podrían avergonzarse de su cobarde propuesta escénica ante la exultante melancolía –y aquí todos lo tópicos sirven– del autor sueco más mediterráneo de todos los tiempos. El autor de El salón rojo no solo consigue vencer con brillantez los prejuicios de sus contemporáneos –qué tendrán estos suecos que cuando quieren deslumbran–, sino que incluso se atreve a proponer una nueva fórmula. El naturalismo de Zola, ese ídolo al cual Strindberg trataba en sus cartas con un tono rayando el servilismo, adquiere en el autor sueco un nuevo matiz que buena falta le hacía: el humor. Así, la mano de Strindberg atesora el compromiso narrativo de Zola, la viveza de Gogol, e incluso algo de la exquisitez de Schnitzler. Y así, también, una literatura profundamente comprometida con su tiempo adquiere el tono justo para no ser considerada como meramente panfletista: sabe reírse de sí misma cuando conviene.  

Si desean congraciarse este verano con la literatura clásica europea –sobre todo tras unas elecciones al Parlamento Europeo que prometen pocas pasiones–, lean esta obra de Strindberg. Les hará bien. 

El salón rojo es una de nuestra 50 novelas imprescindibles.         

 

     

                

       


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