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martes, 8 de abril de 2014

ZA ZA, EMPERADOR DE IBIZA, de Ray Loriga


 
Digamos que un hombre nuevo y negro que brilla como el petróleo sobre el agua conmueve al planeta y arrastra las esperanzas imprecisas de cada ciudadano y los miedos precisos de cada sistema, y que todo ha variado, a la sazón, su aspecto (menos el óxido de las viejas construcciones), y que, a pesar del óxido y el liquen bajo el agua, el orden de cada cosa ha sido alterado, al menos en su apariencia, y digamos que a pesar de los pesares, cada individuo sin más número que el propio es capaz de recordar, y que muchas cosas nuevas parecen idénticas a las obligatoriamente memorizadas, mientras las noticias nos informan de que las cosas que parecen iguales ya no lo son y la palabra SORPRESA se repite con obsesiva memoria.

Hace unos meses traje a esta revista una novela muy notable sobre los engaños de la memoria. En El sentido de un final (Anagrama, 2012), de Julian Barnes, un hombre instalado ya en una cómoda vejez se  enfrenta a ciertas mentiras que su conciencia ha ido tejiendo a lo largo de su vida, hasta el punto de poner en duda los cimientos sobre los cuales había logrado cimentarla. El resultado es, por supuesto, más que traumático. Y aunque esas trampas a que nos tiene acostumbrada nuestra conciencia –o falta de conciencia, en realidad– nos parecen a estas alturas más que evidentes, no por ello dejan de ser dolorosos esos esporádicos ejercicios de exorcismo: descubrir de golpe y porrazo que aquella relación no había sido para ella más que un pasatiempo, o que tu dimisión fue en realidad una manera honrosa (e inconsciente) de evitar el despido, o que tu padre recientemente fallecido escondía muchas más miserias de las que creías. De alguna manera, atesoramos una tendencia brutal a sacudirnos la responsabilidad cuando se nos facilita la tarea, y a utilizar la memoria para garantizar, u oficializar, nuestra particular versión de la realidad. Asumida la evidencia de nuestra estupidez temporal, el problema surge cuando el «sistema» trata también de engañarte, de convencerte a base de palos informativos perfectamente premeditados de que la historia más reciente, y por extensión tu propia vida, suena de una determinada manera. La melodía de la historia cambia sus acordes con una velocidad pasmosa, hasta el punto de omitir ciertas notas para salvaguardar su armonía.         
Hay una tendencia equivocada que nos impulsa a separar la historia del detalle, pero como bien sabe, o sabía, el primer pollo muerto bajo el peso de un fornido paracaidista de la RAF llovido del cielo veintiséis horas antes del desembarco de Normandía, esta línea historiográfica ha demostrado más de una vez su ineficacia. (…) Así es como se unen siempre el detalle, la sorpresa, la desgracia y la historia. Hay quien lo llama destino.

Za Za, emperador de Ibiza (Alfaguara, 2014), la última novela de Ray Loriga (Madrid, 1967), propone una trama en la cual cohabitan en armonía –precisamente– esa extraña capacidad para mentirnos compulsivamente y la perversidad con que el «sistema» se aprovecha de ella para mantener cierto control sobre el devenir. Es decir, que ambas se alimentan sin remedio, se complementan de manera pacífica para mutuo beneficio. Sin embargo, la interesante propuesta de Loriga –nada novedosa, por otro lado. Incluso algo oportunista– se ve mancillada por evidentes deficiencias estructurales y un desarrollo demasiado improvisado. Tampoco ayuda una innegable pretenciosidad en el manejo de su prosa. Pero comencemos desde el principio.
Sí que sucedió. Y no nunca.

Za Za es un dealer retirado en Ibiza cuya vida comienza a acercarse peligrosamente a la línea del horizonte marítimo, bajo la cual su luz acabará extinguiéndose definitivamente. Sin embargo, a pesar de vivir en un creciente ocaso, Za Za parece encontrase en el mejor momento de su vida. A fin de cuentas, no solo ha dejado de preocuparse por el dinero, es decir, de ver a cada veraneante como una potencial fuente de ingresos, sino que además disfruta de una plácida anonimidad: ha cortado todo los hilos que lo conectaban al comercio de opiáceos. Sin embargo, una casualidad de lo más estúpida lo devuelve al centro del huracán. Porque Za Za es también el nombre de una nueva droga de la felicidad, una sustancia que está causando estragos a lo largo y ancho de la isla  como consecuencia de sus extrañas propiedades: quien la prueba afirma sentirse bajo la influencia de una dicha incomparable, casi capaz de afrontar la muerte sin las consabidas  urgencias. Y, por si todo esto fuera poco, Za Za es también el nombre de un yate inmenso que acaba de atracar en el puerto de San Antonio con intenciones bastante oscuras. En esta pirámide dibujada con precisión alegórica y pulso gamberro hay lugar también para otros personajes de factura igual de poderosa… y grotesca: rubias forradas de silicona cuya inteligencia parece bendecida por los dioses, chimpancés trempados con ganas de procurarse algo de felicidad, hombres de negro con acento paisa (en Ibiza) y un químico pitagórico en plena efervescencia sexual. En definitiva, una galería de personajes caracterizada por su despropósito desde la cual más de uno acabará cayendo al precipicio en el primer minuto.      
Dicen que un maestro zen no puede acertar al centro de la diana con una flecha en la más completa oscuridad. Aunque también puede ser que el dichoso maestro zen aproveche la oscuridad para clavar con la mano la flecha en la diana. Cualquier medida sirve cuando se acierta, y el mismo elogio se le puede regalar al más siniestro de los métodos si es que termina por clavarse en el centro exacto de sus oscuras intenciones.

Pues eso es más o menos lo que hace Loriga en Za Za, emperador de Ibiza: aprovechar cualquier despiste del lector para vestir de virtudes literarias una narración inconsistente y repleta de incongruencias. Comienza con una serie de fotogramas de factura tan imaginativa como pretenciosa cuya intencionalidad, la de sentar las base argumentales de la trama, acaba en un fracaso prematuro: uno puede saltarse las primeras veinte páginas con la seguridad de no estar desvirtuando la lectura. ¡Y sin embargo lo mejor de este libro se encuentra en estas veinte páginas! Al menos las propuestas ideológicas y literarias más brillantes. El resto del libro nos plantea una trama salpicada de un gamberrismo innecesario –y, como decíamos, ciertamente oportunista– en la cual un Winston Smith más espabilado y modernillo trata de salvar las inconveniencias de un guión made in Amenábar. Es cierto que el Gran Hermano ha resucitado entre nosotros con fuerza inusitada, y que la desmemoria contemporánea es tanto el producto de una actitud individual como de una estrategia superestructural. Sin embargo, Za Za, emperador de Ibiza no deja de ser una versión cinematográfica hipster de algunos de los relatos clásicos futuristas más célebres del siglo XX. Y aunque su reflexión acerca de la felicidad resulta interesante, el libro no deja de ser una ensalada de despropósitos en la cual todos su ingredientes transitan huérfanos por culpa de un escritor demasiado preocupado por lucir su camisa de franela a cuadros –y un piti en la mano, y la mirada traviesa de un niño vestido de adulto–. Claro que tal vez tenía prisa por terminar esta novela. 
De alguna manera, nos parece que para desarrollar su historia Loriga ha escogido la pluma cuando debiera haber agarrado la claqueta. De alguna manera nos parece que se siente mucho más cómodo en la realización cinematográfica que en la narrativa. Su tono bíblico queda mucho mejor en las pantallas. 
Aviso a marineros y costureras y a marineros y costureros, y en general a gente de bien: «Lo llamaban Leviatán porque era un monstruo (Dios lo hizo) y porque no tenía pareja (Dios se la quitó), y de su piel se haría un toldo con el que cubrir a mil comensales, y de sus entrañas una cena para todos los justos».

 

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