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viernes, 25 de abril de 2014

Salinger y su cazadores ocultos



Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso. Primero porque me aburre y, segundo, porque a mis padres les darían dos ataques por cabeza si les dijera algo personal acerca de ellos. Para esas cosas son muy susceptibles, sobre todo mi padre. Son buena gente y todo eso, no digo que no, pero también son más susceptibles que el demonio. Además, no crean que voy a contarles toda mi maldita autobiografía ni nada de eso. Sólo voy a hablarles de unas cosas de locos que me pasaron durante las Navidades pasadas, justo antes de que me quedara bastante hecho polvo y tuviera que venir aquí y tomármelo con calma.

El guardián entre el centeno (1951; Alianza Editorial, 2010*) es una de las novelas más controvertidas de la literatura contemporánea. También una de las más célebres. Y su autor, J. D. Salinger,(New York, 1919 – Cornish, 2010) unos de esos curiosos personajes que con muy poco han sabido labrarse toda una leyenda. No en vano, su obra narrativa se resume en apenas una novela, dos libros de relatos, Nueve cuentos (1953) y Franney y Zooey (1961) y poca cosa más, y su carácter más bien hosco y elusivo lo mantuvo apartado de la vida pública durante más de cuarenta años, desde 1967 hasta su fallecimiento en 2010. Pero tal y como sucede con autores tan poco prolíficos como Lautreamont, Juan Rulfo o John Kennedy Toole, la silueta de su mano bien pudiera estar grabada en la baldosa de un virtual Hall of Fame de la literatura. La pregunta, en estas condiciones, parece obligada: ¿Merece tanto reconocimiento la novela a la cual hoy dedicamos este espacio? ¿Merece el lugar que ocupa en la gran mayoría de listas de imprescindibles elaboradas en los últimos setenta años, tanto si provienen de críticos y autores contrastados como de simples aficionados? Difícil responder ambas preguntas de manera categórica.

El guardián entre el centeno es, tal y como puede apreciarse en el fragmento que citamos más arriba, perteneciente a su primera página, el relato en primera persona de un narrador en evidente tránsito hacia la madurez. Sin embargo, este chico aparentemente atribulado atesora un envidiable oficio narrativo, pues aunque su lenguaje resulta simplón y atascado, su honesta desnudez expresa de manera inmejorable el odio que parece sentir hacia los ornamentos y los razonamientos dickensianos –toda una declaración de intenciones en el aspecto puramente metaliterario–. Por otro lado, acierta al introducirnos en la trama sin demasiados preámbulos, en esas «cosas de locos» que, según parece, le ocurrieron antes de que se quedara «bastante hecho polvo y tuviera que venir aquí», probablemente –intuimos– a una clínica para jóvenes problemáticos. Tenemos, entonces, una propuesta narrativa coherente, un protagonista bien esbozado, una trama que promete algo, o cuya introducción sabe cuanto menos meterse en el bolsillo a los lectores –digamos para veinte páginas, como mínimo–, y un final que aún pareciendo evidente no le resta ningún interés a la historia, más bien le añade un punto enigmático. Como decía Nabokov, «aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen».
Otra cosa que me da cien patadas. Quiero decir, que se te dé bien escribir redacciones y que alguien se ponga a hablar de comas. Stradlater lo hacía siempre. Quería que pensaras que si él escribía unas redacciones asquerosas era porque ponía las comas donde no era.


Holden Caulfield, un protagonista que también deberíamos encontrar en ese mismo Hall of Fame, ha decidido otorgar una nueva dimensión a su vida. Tras ser expulsado de una escuela cuya escala de prioridades educativas deja bastante que desear, regresa a Manhattan sin decir nada a sus padres, con la intención de disfrutar en soledad y sin limitaciones de una ciudad en plena efervescencia, en la cual deberá enfrentarse cara a cara a sus perversas trampas nocturnas, a la ridícula e inconsistente demagogia de los adultos, y, sobre todo, a la evidencia de que la civilización norteamericana es un amigo muy poco confiable. Nos encontramos entonces ante algo que va mucho más allá de una simple historia de transición a la madurez. Es decir, que no se trata solo de compartir las consabidas dificultades de todo adolescente, su incipiente sexualidad, su necesidad de procurarse un lugar en el mundo o la construcción de cierta autoestima, sino también de combatir junto a él esa viciosa autocomplacencia en la que todo su entorno parece sumido. El guardián entre el centeno esconde, tras ese personaje caracterizado por su inocencia y candor, una algunas de las principales miserias morales de una sociedad occidental de posguerra cuyos cantos de sirena no engañan a todos. Al menos no a Holden Caulfield, quien deberá pagar por ello el peaje de la desubicación.  

Otros autores contemporáneos de Salinger enfocaron su narrativa a criticar la deriva de una sociedad demasiado cansada por la guerra, tan cansada que acabó lanzándose en brazos de cuatro capitostes aprovechados que, encima, se apropiaron de la bandera de la libertad y la esperanza. Sin embargo, el autor neoyorquino evita el virtuosismo de Yukio Mishima o Curzio Malaparte, por ejemplo, para bajar su mensaje a un terreno mucho más practicable para el ciudadano de a pie. En este sentido, Salinger es un precursor. Devuelve el debate al lugar del cual no debería haber salidos nunca: la calle. E incluso lo introduce en las aulas.  
Esta caída a la que creo que te diriges es de un tipo muy especial, terrible. Al que cae no se le permite ni oír ni sentir que ha llegado al fondo. Sólo sigue cayendo y cayendo. Es el tipo de caída destinada a los hombres que en algún momento de su vida buscaron en su entorno algo que éste no podía proporcionarles. O que creyeron que su entorno no podía proporcionárselo. Así que dejaron de buscar. Abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?

Si algo destaca en Salinger más allá de su propuesta narrativa es su indiscutible capacidad para ver el mundo desde una perspectiva impresionista. Es decir, de colocar el foco allí donde suceden las cosas verdaderamente importantes. El resto es, para él, puro decorado. Un plató de cartón piedra cuyas filigranas ornamentales no han conseguido convencer al autor norteamericano de abandonar toda indagación sobre aquello que ocurre entre bambalinas. Por supuesto, la única manera de permitir a la luz un enfoque completo es mantenerse alejado de ella, tal vez como un cazador oculto entre el centeno. Este aspecto de su enorme visión literaria se aprecia sobre todo en sus relatos.
En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. (…) No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.

En Un día perfecto para el pez plátano, el primer relato de Nueve cuentos, Salinger dibuja dos personajes tremendamente coherentes con su particular visión del mundo. Una chica instalada en un permanente letargo cuya somnolencia apenas pestañea ante el sonido del teléfono –a veces cuesta demasiado atender la llamada de la vida–, y un hombre perturbado como consecuencia de la guerra cuyo único refugio es la ficción, un universo en el cual hay lugar incluso para los peces plátano. Es decir, dos individuos que han escogido dos maneras diametralmente opuestas de vencer su propio vacío vital. Eso es, básicamente, lo que nos ofrece Salinger: personajes completamente desubicados en un mundo demasiado pagado de sí mismo como para mostrarse condescendiente ante las veleidades de quienes buscan algo más, algo diferente. Cazadores ocultos entre el trigo para observar sin ser vistos. Sin embargo, los dos protagonistas de este primer relato transitan como funámbulos sobre una cuerda demasiado fina, un trayecto cuya única meta parece ser la muerte. Tal y como sucede con el resto de personajes de este libro seminal.
Pero, de todos modos, donde quiera que esté, no soy de las personas que no mueven un dedo para evitar que fracase una boda. Así que puse manos a la obra e hice algunos reveladores apuntes sobre la novia tal como la conocí hace ya casi seis años. Si estos apuntes le proporcionan al novio, a quien no conozco, uno o dos momentos de malestar, tanto mejor. Aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir.

Este fragmento pertenece a un su relato más surrealista, Para Esmé, con amor y sordidez, la curiosa historia de un soldado norteamericano destinado en Inglaterra durante la Segunda Geurra Mundial cuyo vacío vital –siempre el vacío– lo conduce a enamorarse de una adolescente de inteligencia privilegiada. En este cuento de tono marcadamente antibélico destacan dos cosas que, de alguna manera, podrían resumir toda la intencionalidad de la narrativa salingeriana: primero, la búsqueda de lo particular en una civilización que defiende sus convencionalismos con toda la potencia de un destructor; segundo, la imposibilidad de satisfacer esa misma búsqueda. En este contexto, las tesis de Schopenhauer acaban fracasando: el vacío, como carencia, determina en este caso un deseo que no puede ser satisfecho. O como decía Carlos García Gual a propósito de Edipo, «la grandeza (la finalización del trayecto entre apariencia y verdad) se paga con el dolor».
Apenas había bajado la mitad de la escalera cuando oyó un grito sostenido, penetrante, evidentemente de una niña pequeña. Había una gran acústica, como si el grito reverberara entre las cuatro paredes de azulejos.

En definitiva, lo que Salinger ha construido con su propuesta narrativa –y aquí tenemos en cuenta tanto el continente como el contenido– es un edificio en el cual prima el esqueleto. Se trata de rellenar su interior con un compuesto sólido repleto de verdades, y de vestirlo con un manto suficientemente trasparente como para permitirnos identificar sus miserias en cuanto estas se hacen demasiado evidentes. Y para dejar que el grito de los inadaptados resuene entre sus «cuatro paredes» sin vergüenza ninguna, con la seguridad de ser escuchado.

Salinger nos ha legado una novela seminal de todo un estilo, de toda una escuela narrativa, y un libro de relatos en el cual se intuyen sus mejores virtudes: honestidad, visión y coherencia. Tal vez su arriesgada apuesta prosaica haya levantado más de una suspicacia innecesaria. Y tal vez a más de uno –entre los cuales me incluyo– le irrite un poco la «naturalidad» que respira su prosa, pues a veces parece más un recurso literario que una actitud. Pero nadie puede dudar de que la obra del autor neoyorquino fue el origen de muchas cosas interesantes. Y que su voluntad de mantenerse cual cazador oculto fue la mejor muestra de su compromiso con la literatura y la vida. 

 

       

1 comentario:

  1. Una maravilla de libro. Lo leí hace mucho tiempo y recientemente lo he vuelto a releer. Engancha y ese chaval, Holden, te lía con su ingenuidad y sus respuestas a lo que se va encontrando por la vida. Yo también lo recomiendo.

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