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viernes, 11 de abril de 2014

LIONEL ASBO, de Martin Amis



¿Quién dejó entrar a los perros?
   … Ésta, nos tememos, va a ser la cuestión. 
   ¿Quién dejó entrar a los perros?
 
¿Quién dejó entrar a los perros?
   ¿Quién?
   ¿Quién?

Martin Amis ha sido, durante los últimos cuarenta años, el enfant terrible de la literatura británica. No en vano, sus libros son esperados año tras año por una legión de lectores ávidos de su sangre literaria, de esas pegajosa sustancia que suelen destilar todas y cada una de sus páginas. La cosa
comenzó con El libro de Rachel (1973; Anagrama, 1985), una novela de debut en la cual desarrolla con toda naturalidad algunos de sus principales atributos: el sarcasmo, la mordacidad o el desencanto están siempre presentes, pero también una curiosa pátina de ternura que nos deja siempre un atisbo de esperanza en el hombre; luego encontró su continuidad en la que ha sido, muy posiblemente, su mejor obra: Dinero (1984; Anagrama, 1988). En ella Amis vuelve a hacer gala de sus mejores virtudes, y añade un punto de madurez por otra parte inevitable. Coloca en el eje de su línea argumental y filosófica al hombre contemporáneo, un viejo conocido cuyas miserias han sido siempre tratadas por el autor inglés con toda la crudeza que se merecen. Un individuo que aquí, en el Reino Unido, en Norteamérica, en la Europa común o en los países de la «periferia occidental» –es decir, el resto de un mundo atenazado por los más que discutibles valores de una civilización neocolonialista–, contempla pasivamente cómo declina su propia estrella, su capacidad para construir una vida más o menos independiente de los dictados totalitarios del sistema.
Pero Amis no pretende hacer de Orwell, ni arrebatarle a los pensadores su misión clarificadora (a veces liberadora), ni plantear una crisis global cuya basura acabará recalando irremisiblemente en las espaldas de los ciudadanos. Amis nunca ha pretendido ser el heraldo de los desposeídos ni de las almas viciadas por el tedio –no es una versión literaria de Ken Loach, para expresarlo cinematográficamente–. Es, simplemente, un escritor que se sirve de todas las posibilidades de la literatura para reivindicar una postura mucho más humana que sistémica, ese espacio privilegiado e inviolable en el cual el lector puede pensarse a sí mismo sin sentir encima de él, como una rémora, la opresiva presencia del poder.

Llegados a este punto, la pregunta que debemos atrevernos a contestar es precisamente aquella que Amis plantea en la introducción de su última novela, Lionel Asbo (Anagrama, 2014). «¿Quién dejó entrar a los perros?», se cuestiona antes de desgranar la trama. Y esta pregunta resume, de alguna manera, todas las preocupaciones que han ocupado la mente del autor inglés en el momento de desarrollar su obra novelística. Porque ese perro del que habla tiene los mismos dientes afilados que suele atesorar el establishment. Y porque la responsabilidad de su dificultoso manejo radica sobre todo en nosotros, aunque hagamos todo lo posible por evitarlo.   
Vayamos por partes.               

Así que Des vivía su vida en túneles. El túnel del apartamento al colegio, el túnel (no el mismo) del colegio al apartamento. Y todo el laberinto que lo llevaba a Grace y lo hacía regresar al punto de partida. Vivía su vida en túneles… Y, sin embargo, para el alma sensible, en Diston Town no había en verdad ningún lugar adonde mirar más que uno. ¿Hacia dónde se dirigían los ojos? Hacia arriba, arriba…

Desmond Pepperdine es, tal y como plantea Amis, un alma sensible cuyas enormes posibilidades intelectuales y emocionales se hallan completamente anuladas bajo el régimen imperante en Diston Town, un barrio obrero de Londres en el cual la premisa suele ser el ejercicio de la supervivencia a cualquier precio. Su tío Lionel Asbo, la única referencia paterna de que puede disponer tras la muerte de su madre, es un ejemplo perfecto de esa vida destinada a una aniquilación prematura: se dedica a cobrar deudas impagadas con la ayuda de dos perros asesinos, y a revender productos robados mientras en su cabeza solo consigue proyectar las imágenes de una película porno. Por supuesto, su apariencia es bastante parecida a la que nos muestra la ilustración de portada: otro hooligan desprovisto de conciencia. Otro chimpancé cubierto de heces vitales cuyo hedor no le permite tomar conciencia de sí mismo, ni siquiera valorar que a su lado, en la otra habitación de ese apartamento insalubre, se agazapa un «alma sensible». En estas condiciones, a Desmond le cuesta horrores abrirse camino entre tanta inmundicia. Ni siquiera cuando su tío Lionel, tras hacerse millonario gracias a un golpe de suerte –gana la lotería– parece estar en condiciones de sacudirse toda la mierda que lo cubre desde que llegara al mundo. Al contrario, lo que ocurre es que esa misma inmundicia amenaza con salpicar los barrios más nobles de Londres. Incluso el brillante futuro de Des.         
Diston, con su canal eructador, magmático, sus torres de alta tensión bisbiseantes, de poca altura, sus desechos llenos de zumbidos. Diston, un mundo en cursivas y de signos de admiración.

Lo que Des ambiciona por encima de todo es disponer de un lugar en el que pensar a resguardo de sus propias inclemencias familiares. Quiere abandonar esa estampa de niño huérfano cuya debilidad puede ser aprovechada por cualquier desaprensivo, incluso por una abuela desnaturalizada (Grace) dispuesta a iniciarlo en el terreno del amor –una de esas licencias literarias que suele tomarse Amis para aportar algo de chicha a sus argumentos–. Gracias a la bondad del autor de Dinero, Des consigue procurarse un reducto de vida. Se trata del habitual atisbo de ternura y esperanza que Amis suele regalar al hombre como protagonista principal de sus novelas. Un aporte que solemos agradecer todos aquellos lectores acérrimos a quienes nos cuesta mancharnos de sangre.     

No en vano el código penal era el tercer elemento de su trinidad vocacional; los otros dos eran la villanía y la cárcel.

... afirma el narrador al referirse a Lionel, otro ejemplo de esa impermeable criminalidad que suelen mostrar todos los antihéroes creados por Martin Amis, un autor que bebió, sobre todo, de autores norteamericanos tan comprometidos con la realidad como Saul Bellow o Philip Roth. De los británicos le queda su tonalidad irónica, ese humor corrosivo que Tom Sharpe elevó a la categoría de arte. Ya en Dinero se intuía su capacidad para bañar sus tesis con el concluyente elixir del humor, con la contagiosa influencia de la risa, y si bien la suya no es tan explícita como la de Sharpe o Mordecay Richler –un autor «hermano» del otro lado del océano–, si consigue dotar a su propuesta de una indiscutible sombra de veracidad.
Tal vez a Lionel Asbo le falte consistencia narrativa y le sobre autocondescendencia. Su trama es demasiado rebuscada y su prosa se gusta demasiado a sí misma, como si se sintiera indiscutiblemente portadora de una verdad clarificadora –con lo cual pervierte una de sus principales premisas literarias–. Y Desmond Pepperdine se presenta como una repetición adolescente de muchas otras almas sensibles presentes en la literatura de los últimos ciento cincuenta años, un protagonista bien construido pero escasamente original. Pero aún así, aunque Amis lleve tantos años insistiendo en el mismo registro, Lionel Asbo vuelve a ser una crítica inapelable hacia un mundo opresivo que nos aplasta con sus sombríos postulados –resignación, respeto a las jerarquías, cultura del dinero–, y una canto de esperanza que impulsa a cada lector, lo quiera o no, a mirarse al espejo y decidir si le gusta lo que ve. Tanto si vive en Diston Town como si lo hace en Notting Hill, Chelsea, Park Avenue o Pedralbes.

        

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