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miércoles, 23 de abril de 2014

Elena Poniatowska, Premio Cervantes 2013



Semana convulsa para el mundo del libro. El habitual frenesí que impera en editoriales y librerías ante la inminencia de su día más emblemático, el 23 de abril, se ha visto incrementado este año como consecuencia de diversas circunstancias colaterales. Una de ellas es, en realidad, un vieja conocida: esa Pascua de fecha itinerante que año tras año amenaza con vaciar antes de tiempo los bolsillos de los lectores. Otra podría ser la ausencia de unos cuantos pesos pesados en las parrillas de los stands de Sant Jordi –es decir, muchos de esos autores mediáticos cuya sola presencia es capaz de congregar a multitudes–. Porque, claro, en este día tan señalado la premisa no es tanto lucir catálogo como vender libros, pues para muchos está en juego una parte importante de su facturación anual. Por último, está la siempre inquietante amenaza de la lluvia. En este sentido, parece que el tiempo acompaña.
Pero la semana nos ha traído otros sucesos importantes. La muerte de Gabriel García Márquez nos ha dejado un poco más huérfanos, si cabe –este 2014 se ha llevado por delante a Josep María Castellet, Ana María Moix, José Emilio Pacheco, Juan Gelman…–, al menos a aquellos que en algún momento de nuestras vidas hemos amado la literatura gracias a él. O a sus obras, para ser más exactos, pues solo ellas pueden darnos una medida real de la importancia literaria del autor colombiano. Digo esto en referencia a algunos comentarios publicados en la red sobre su fortuna y sobre sus alineamientos políticos, invectivas lanzadas todas ellas con un ánimo notablemente destructivo. Nada de lo que hiciera Gabo como personaje público debiera mancillar su obra. Ni siquiera –o sobre todo– sus posicionamientos políticos, que por otro lado a nadie deberían sorprender: están perfectamente delineados en el conjunto de su obra. Que García Márquez cenara con Fidel Castro es tan irrelevante en el contexto estrictamente literario como que Vargas Llosa haya lucido en los últimos años un discurso político más que discutible, o que Gelman participara en la guerrilla peronista Montoneros. El único perfil sociopolítico que debiera importar a los lectores en cuanto lectores es el que contienen sus libros. El resto forma parte del personaje –y se puede discutir y criticar, faltaría más, pero ya en un terreno distinto al de la literatura–. 

Digo todo esto para introducir el otro acontecimiento importante del día: la entrega del Premio Cervantes. Porque quien lo recibe este año, la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska, también se ha destacado por su “lucha” política a favor de ciertos conceptos tan indiscutibles como manidos: la libertad, los derechos de los más desfavorecidos, o la emancipación de la mujer en una sociedad tan abiertamente machista como la mexicana. Claro que en su caso la cosa no admite debates. Todos y cada uno de sus posicionamientos tienen un denominador común: el encontrarse junto a los débiles. Y aunque el Cervantes pretende premiar la labor literaria de una autora excepcional, su perfil político acabó copando toda la atención en su primera  rueda de prensa ofrecida en España tras la concesión del premio. Acudió a ella vestida de rosa, como toda una diva, y con un lápiz rojo en la mano para representar el color de sus ideales. Si uno fuera quisquilloso podría advertir en ello cierto oportunismo, cierta necesidad de complacer a quienes han hecho de ella una bandera. Pero cuando se trata de valorar a todo un Cervantes, de valorar al escritor en cuanto escritor, la figura pública carece de la menor importancia.
La obra de Elena Poniatowska no incluye ningún título que pueda incorporarse al club de los imprescindibles. Es cierto que La noche de Tlatelolco (1971) fue una apuesta más que valiente, un documento en el cual se explica a través de diversos testimonios la matanza perpetrada en Tlatelolco por Gustavo Díaz Ordaz, a la sazón presidente de México, para reprender la revolución estudiantil del 68. Todos sus intentos por boicotear la publicación del libro fueron en vano gracias al valor de la Poniatowska y a la gallardía de su editor del momento, Tomás Espresate Pons, un exiliado catalán que como muchos otros compatriotas encontraron un buen refugio en el universo de las letras –«La Guerra Civil española la ganó México», que solía decir Octavio Paz–. Sin embargo, La noche de Tlatelolco no deja de ser una crónica, muy valiosa pero crónica al fin y al cabo.

Luego está su novela más célebre y extensa, Hasta no verte Jesús mío (1969), un tour de force mediante el cual nos narra la azarosa vida de Jesusa Palancares, una mujer que trata de levantar cabeza en una sociedad construida por y para hombres y que, además, no deja mucho espacio más allá de la miseria. Pero este personaje ya mítico, a la altura de la Susana San Juan de Pedro Páramo, está inspirado en la vida de Josefina Bórquez, una lavandera de México D.F. cuya historia es la de muchas mujeres de su época. Nos encontramos entonces en esa difusa frontera entre la literatura y el periodismo literario, aquello que a raíz de la publicación de Sangre fría, de Truman Capote, se bautizara como faction. Y luego encontramos, entre otras incursiones a través de la crónica, el relato o la novelística, sus dos últimos libros, una evocación de la vida de la pintora Leonora Carrington, merecedora del Premio Biblioteca Breve, y una biografía de su marido, el astrofísico Guillermo Haro. Ah, y una obra recuperada por Impedimenta este mismo año, Querido Diego, te abraza Quiela, que atesorando un envidiable estilo e inteligencia –la trajimos hace algunas semanas a este espacio para elogiarla– no deja de ser un divertimento mediante el cual Poniatowska trataba de ilustrar literariamente el mal uso que Diego Rivera hiciera de las mujeres. Por todo ello, el libro que queremos destacar en este día tan especial –y merecido– para la autora mexicana es una obra estrictamente literaria.

A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor. (…) Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.


Llorar en la sopa (Fondo de Cultura Económica, 2014) es una antología de algunos de los mejores relatos de la autora mexicana, veinte cuentos escritos y escogidos, también, para homenajear al amor, ese universo tan apreciado por ella y que, curiosamente, nombra también su segundo apellido. Es cierto que no se trata de una obra inédita, o de una novela, pero de alguna manera trae a las mesas de novedades aquello que debiera copar todo el protagonismo de este reconocimiento: su literatura. Estos veinte cuentos nos ofrecen algunas de las muy diversas caras que puede lucir el amor en su errante andar por el mundo. El amor a los mitos, a las cosas tangibles, al adulterio ejercido en nombre de la compasión, a los perros –en este nos acordamos de Elizabeth von Arnim y su Todos los perros de mi vida–, o a las heridas recibidas como consecuencia de él. Incluso hay espacio para el amor a las alcachofas.
 Llegar al centro es descubrir el tesoro, la pelusa blanca, delgadísima, que protege el corazón ahuecado por la espera como una ánfora griega. No hay que darse prisa, el proceso es lento, las hojas se van arrancando en redondo, una por una, saboreándolas porque cada una es distinta a la anterior y la prisa puede hacer que se pierda ese arcoíris de sabores, un verde de océano apagado, de alga marina a la que el sol le va borrando la vida.

La literatura de Poniatowska –cuando se pone verdaderamente literaria– es sencilla, concisa y límpida. No se anda con rodeos ni florituras, y sin embargo tiene esa capacidad que solo atesoran los escritores latinoamericanos para vestir las palabras con una infinita gama cromática, y para dotar a su prosa de un ritmo tan deliciosamente acompasado como elegante. Esa es la principal contribución que ha hecho a los más desfavorecidos, aquellos que apenas pueden ahorrar cuatro duros para comprarse un libro de segunda mano. Les habla del amor a través de imágenes bien reconocibles, y de palabras que no pretenden gustarse a sí mismas sino simplemente alcanzar aquello que nos incumbe a todos, el corazón de la alcachofa. Porque su literatura es completamente coherente con sus pensamientos: hace honor a la naturaleza de su profundidad con la humildad de un artesano. Tal vez Llorar en la sopa no sea una obra a destacar en los manuales de literatura, pues en ellos no suelen caber las antologías, pero tiene la virtud de acercarnos lo mejor de la Elena Poniatowska escritora.

Por todo ello celebramos que le haya sido concedido el Cervantes. Porque más allá de su figura pública –que, insistimos, a nosotros nos trae sin cuidado–, ha sabido acercar una literatura con mayúsculas, con todo lo que ello conlleva, a quienes solo pretendían verse reflejados en las páginas de un libro. Les ha regalado una visión mucho más amplia de sí mismos.               

                

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