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miércoles, 2 de abril de 2014

BARBA AZUL, de Amélie Nothomb


«El anuncio especificaba: “Habitación de 40m2 con cuarto de baño, libre acceso a una cocina amplia y equipada”, por un alquiler de 500 euros.»  Hasta aquí, la oferta parece más o menos normal, incluso para una ciudad, París, en la que también pueden encontrarse «tugurios infectos de 25 m2 sin siquiera baño por 1.000 euros al mes». Sin embargo, cuando la finca está situada en uno de los barrios más exclusivos de la cité por excelencia, la habitación, inmensa y lujosa, contiene un  baño completamente reformado, y el alquiler incluye los servicios de un chofer a bordo de un flamante Bentley, de una chica en exclusiva, e incluso las fastuosas cenas que día sí día también le ofrece su anfitrión, la cosa parece esconder una trampa segura. Más, si cabe, cuando el Land Lord resulta ser
un aristócrata español de pasado oscuro y admirador de la Santa Inquisición cuyas anteriores inquilinas han desaparecido sin dejar rastro. En estas condiciones, pocas mujeres se avendrían a aceptar una oferta tan sospechosa en su generosidad, pues acabaría flotando inevitablemente la amenaza de una contrapartida sexual. Seguro que muchas inquilinas guardan en su mochila alguna que otra experiencia desagradable.
Sin embargo, a la protagonista de Barba Azul (Anagrama, 2014), la última novela de la muy prolífica Amélie Nothomb –recibió el Premio Cultural Leteo por el conjunto de su obra con tan solo 39 años–, no parece temblarle el pulso en el momento de firmar el contrato de arrendamiento. Ni siquiera después de enterarse de la suerte de sus antecesoras, ni al escuchar las demandas de su nuevo arrendador:
–Yo no soy una mujer de su vida.
–Sí. Desde esta mañana.
–No. Antes de firmarlo, he leído detenidamente el contrato de inquilinato.
–Es algo demasiado sutil para ser contractual.
–Hable por usted. No me atrae en absoluto.
–Usted tampoco a mí.
–¿Entonces por qué dice que soy una mujer de su vida?
–Es la fatalidad. Quince mujeres se han presentado hoy para ocupar la habitación. Al verla, inmediatamente supe que, con usted, el destino podía realizarse.
 
Y es que Elemirio Níbal Mílcar admite, desde el primer minuto, que alquilar esa habitación forrada con pan de oro no responde a necesidades económicas sino a otras de orden puramente emocional. Expresado de manera más precisa, este Barba Azul contemporáneo está buscando novia. Mucho más que eso, está tratando de encontrar a la mujer de su vida, lo cual puede parecer absurdo para una persona que no ha salido de su palacete en los últimos veinte años. Tal vez sea ese alarde de sinceridad lo que acaba de convencer a Saturnine de hallarse en el lugar adecuado, pues por un lado parece sentir una irrefrenable necesidad de reivindicar su propia independencia sentimental –y esta, desde luego, es una oportunidad inmejorable para hacerlo–, y por el otro una tendencia casi insana a afrontar cualquier tipo de reto que sepa poner en duda su fuerte personalidad.
Luego vienen esas cenas en pareja en la cocina de palacio, en las cuales Elemirio Níbal muestra un asombroso arte culinario y cuyas conversaciones nocturnas y alevosas giran en torno a la improbabilidad del amor, la mezquindad de la civilización contemporánea, la verdadera naturaleza de la justicia o las fronteras de la responsabilidad criminal. Que nadie subestime el poder de una langosta o del caviar iraní. A fin de cuentas, la buena comida solo se valora a posteriori.

Cuando uno se enamora, negocia consigo mismo a destiempo, aunque solo sea para comprobar si se permite vivir semejante absurdo.
 
Desde el principio, nos parece que ese aristócrata español nostálgico del antiguo régimen –lee con devoción las actas de la Santa Inquisición, también los textos místicos de Ramón Llull– sabe jugar muy bien sus cartas. La curiosa mezcla de honestidad y cinismo de que hace gala nos induce a sospechar que tras su discurso almibarado se esconde una voluntad innegablemente seductora. Es decir, que sabe muy bien cómo acercarse a una mujer en apariencia dura e inflexible, cómo destruir todas y cada una de sus defensas hasta llegar al corazón de sus debilidades. Primero, interpreta a la perfección el papel de hombre neurótico y depresivo para exponer sus intenciones en completa libertad, sin la amenaza del rechazo que, de producirse, habría sido un ejercicio de crueldad. Resultado: al poner sobre la mesa la posibilidad de consumar una relación, y además con tanta ternura, a Saturnine no le queda otra que tomarla en consideración. Segundo, aprovecha cada cena con precisión milimétrica para modificar la percepción que de él pueda tener su inquilina, matizando de manera cada vez más elocuente que su amor no busca tanto la consumación como un motivo para sentirse merecido. Resultado: el pretendiente neurótico se convierte, de repente, en un hombre cuyo amor debe ser alimentado si quiere conservarse. O visto desde el punto de vista de Saturine, que para merecer ese amor incondicional venido de un hombre que parece tenerlo todo debe hacer algo más que mostrarse audaz e inflexible. Tal vez más coherente, en su actitud, con sus opiniones sobre la existencia humana.

Me parece que el objetivo del amor es desembocar en una fotografía, una sola, absoluta, de la mujer amada. Y el sentido de la fotografía es convertirse en la revelación del amor que uno experimenta en una sola imagen.
 
Más allá de esa trama de apariencia seductora, se esconde toda una reflexión sobre la mezquindad del amor. Es decir, sobre cuánto hay de autosugestión en toda relación amorosa. Incluso en toda relación humana. ¿Es el amor una realidad en sí misma, o tan solo un intento por resolver esa situación de incerteza que se atreve a amenazar los pilares de nuestras seguridades individuales? ¿Es el amor una obra ensayística o una trama de ficción?
Charles Perrault publicó la primera versión literaria de Barba Azul a finales del siglo XVII. Su intención no iba más allá de recuperar para la literatura infantil un personaje maléfico cuya vida había dado pie a la leyenda: Gilles de Rais, Mariscal de Francia en el siglo XV y guerrero junto a Juana de Arco, era también un asesino en serie de muchachos a los que seducía mediante lisonjas y promesas de una vida mejor para luego encerrarlos y torturarlos en su castillo. La fábula de Perrault convierte al infanticida en un asesino de mujeres, tal vez para adaptar la historia a su contexto histórico. Y Nothomb finaliza esa curiosa mutación al transformarlo en un pirata del enamoramiento cuya apariencia tísica y depresiva camina en paralelo a su perversa ternura, siempre con la esperanza de encontrar a una mujer suficientemente solidaria como para dedicarle algo de su instinto materno. Un engaño tan perverso como factible, en definitiva: el niño hecho hombre necesita que una mujer le sostenga en su brazos para creer asegurado el favor que los dioses.  Establecida la premisa, la trama trata de contestar a una sola pregunta: ¿quién saldrá vencedor de este combate desigual? ¿Quién sabrá librarse antes de sus propias mentiras emocionales, esas que con tanto denuedo se han repetido a lo largo de sus vidas?
En el aspecto puramente formal, el Barba azul de Nothomb es un diálogo brillante entre dos personajes de la mayor actualidad. Un diálogo de fuerte carga filosófica conducido por la autora francesa de manera brillante, sin ornamentos innecesarios ni subterfugios, a través del cual se nos permite debatir sobre una relación que llega mucho más allá de lo meramente sentimental. «Amar es aceptar ser Dios», afirma Elemirio Nibal en un momento de la novela, como si todo amor conllevara una obligada contrapartida, y por extensión un terrible castigo para quienes no supieran hacerse merecedores de él. Como si las eternas promesas de los políticos y de los capataces, también de los artistas, merecieran el beneficio de la duda. También la obligación de ser consideradas. Y que ante la imposibilidad de sobrellevar dicha obligación por parte de los votantes, subordinados o clientes, solo cupieran la tortura y el olvido. 
Y si bien a este libro le falta metraje –son apenas ciento cuarenta páginas– y algo de mala baba, tiene la virtud de situarnos frente al cráter de un volcán en plena efervescencia. Lástima que la prosa de Nothomb aparezca a cuentagotas –como decíamos, la mayor parte del libro se estructura a partir de un diálogo entre dos fuerzas opuestas–, pues su habitual potencia podría haber sublimado una obra que, aún siendo de lo mejorcito que se ha publicado en España en este año, promete más de lo que ofrece. Tal vez no se trate de una infortunada casualidad, sino de la voluntad de Nothomb por ofrecernos un envoltorio completamente coherente con su contenido. Tal vez la autora belga pretende acoplarse a la figura de su protagonista para ser completamente coherente con su visión literaria: que el libro sea la manifestación artística de una realidad originada en tiempos de Platón, el interminable diálogo entre un escritor representado por un personaje idealizado y un lector demasiado necesitado de respuestas como para poner en duda el método. 
Buen premisa. Notable sustrato filosófico. Mejorable desarrollo de la trama. En definitiva, un ejemplo más que decente de la literatura de hoy en día.              
 
             

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