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miércoles, 5 de marzo de 2014

PEDRO PÁRAMO, o el infierno de la soledad para Juan Rulfo


 
En 1953, un libro de relatos titulado El llano en llamas transita sin pena ni gloria por las mesas de las librerías mexicanas. Contiene quince cuentos escritos por un oscuro funcionario del Departamento de Migración, el primero de ellos en 1945, cuyo hilo conductor parece ser esa aridez compartida por las vidas de sus personajes, casi siempre a mitad de camino entre la miseria y la muerte. No en vano, muchos de ellos están ambientados en Comala, una población situada por la imaginación del autor en el sur de Jalisco, en un lugar donde la tierra yerma y empolvada parece el reverso del infierno. «La derivación de Comal – un recipiente de barro que se pone sobre las brasas para preparar las tortilla–, y el calor que hay en ese pueblo, es lo que me dio la idea del nombre: Comala: lugar sobre las brasas», explicaba él mismo sobre el origen de aquel escenario imaginario–. Dos años después, en 1955, ese triste funcionario vuelve a él para situar uno de los mejores relatos de la literatura contemporánea. Ese escritor en ciernes se llama Juan Rulfo (Sayula, México, 1918 – Ciudad de México, 1986) y la novela Pedro Páramo.

La obra maestra de Rulfo narra la historia de un asesinato cometido por omisión. Su protagonista, a quien se le ha muerto la madre apenas una semana antes, decide trasladarse a un pueblo del sureste de Jalisco, Comala, para cumplir con la última voluntad de esa madre desaparecida: quiere que conozca a su padre, Pedro Páramo, y que le reclame lo que le corresponde por nacimiento. Sin embargo, lo que debía ser un viaje iniciático en busca de los orígenes se acaba convirtiendo en un trayecto hacia lo fatídico. Al poco de llegar, el polvo sobre el cual transcurre la vida de ese pueblo instalado en el desierto acaba contaminando las últimas células vivas de su cuerpo marchito. En él solo consigue encontrar recuerdos de una vida absurdamente extinguida, la de su padre, y el vacío dejado por todos aquellos que, de alguna manera, confiaron en él. En Comala, la vida la vida parece instalada en un purgatorio a la espera de quién sabe qué.

Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío (…). Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.

A partir de aquí, asistimos a la narración en distintos niveles temporales de todas esas vidas aniquiladas prematuramente. Se nos muestra con todo lujo de detalles, y con mucha cautela, la concatenación de acontecimientos que ha conducido al protagonista a recalar en ese cementerio rural. Rulfo tiene la consideración de ofrecernos la pintura completa, un fresco en el cual se hallan representado el pasado, presente y, diríamos, casi futuro, de esos personajes con tintes épicos instalados en sus propias cárceles como quien espera su ejecución definitiva. Y digo con cautela porque nada en esta novela parece apresurado. Al contrario, Rulfo convierte cada escena en una simple pincelada, o cada pincelada en una escena determinante. Nada en ella sobra, nada se escribe sin mayor intención que la de ofrecer una pintura completa. Incluso el salto temporal que el escritor mexicano acomete en cada punto y aparte parece destinado a ofrecernos todos y cada uno de los pasoso seguidos en su germinación*. De manera que, en lugar de despistarnos innecesariamente, el autor mexicano nos permite leer el relato desde sus mismos ojos.

Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía frente a mí. Pensé que debía haber pasado por años difíciles. Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre, y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los ojos. Llevaba un vestido blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del cuello, enhilada en un cordón, le colgaba una María Santísima del Refugio con un letrero que decía: «Refugio de pecadores.»


Fondo de Cultura Económica publicó Pedro Páramo en su colección Letras Mexicanas con la intención de sedimentar su apuesta por una voz que incluso Octavio Paz puso como ejemplo de por qué creía «apasionadamente en la literatura moderna de nuestra lengua**» . Desde luego, la apuesta le salió tan bien que ahora, casi sesenta años después, esa novelita de no más de ciento cuarenta páginas se mantiene por derecho propio en todas las listas de libros imprescindibles elaboradas por los críticos literarios más importantes –y esto, como casi todo, se presta a debate. Incluso la importancia de esos mismos críticos–. Carlos Fuentes, por ejemplo, la definió como «una novela extraordinaria, entre otras cosas, porque se genera a sí misma, como novela mítica, de la misma manera que el mito se genera verbalmente: del mutismo de la nada a la identificación con la palabra». Lo que no se discutirá jamás es la aportación literaria realizada por un funcionario kafkiano cuya impronta escriturial venía determinada por un sentimiento compartido con la mayoría de sus personajes: la soledad.
Según cuentan las crónicas, Rulfo no tenía mucho que hacer al finalizar su jornada laboral. La carencia de amistades –llegó al D. F. en 1938, huérfano y solo–, unido a su carácter más bien hermético, le obligaban a recluirse cada noche en sus habitaciones de la capital. De nuevo nos encontramos con esa frustración vital del creador que tantas páginas ha llenado y sublimado. La misma que empujara a Franz Kafka, autor de La metamorfosis y El castillo –y de ahí lo de kafkiano–, a reivindicar su precaria identidad a través de las palabras. Y si algo puede confirmar este evidente parentesco es la manera como cada uno quiso matizar su propia soledad y el desamparo de sus personajes. Kafka situó a los suyos en un mundo hostil en el cual el sistema oprime sin contemplaciones a quienes pretenden labrarse un reducto de independencia vital. La justicia, la estructura del estado, la cultura de los nacionalismos o la religión son solo las herramientas mediante las cuales el sistema impone su voluntad para abducir a sus miembros. Rulfo nos ofrece una extensísima galería de personajes envueltos por la miseria y el oprobio, cuyas existencias se arrastran como pueden sobre una tierra en la cual apenas florecen unos pocos signos vitales. El rencor, la envidia, la enjundia de las pasiones o un sentido de la supervivencia cuya ferocidad se acerca más a lo animal que a lo humano –y cuidado con las comparaciones–, son las consecuencias inevitables de una humanidad poco preocupada de sí misma en tanto humanidad. La soledad de Kafka es eminentemente urbana, enclaustrada entre impermeables muros de cemento desde cuyas almenas apuntan los artilleros de la civilización, y la de Rulfo la expresión de un recuerdo obligado a perecer en el desierto bajo un cielo de plomo, tal y como hacen las semillas de girasol sobre una tierra yerma. Los personajes de Kafka están condenados sin remisión. Los de Rulfo son muertos en vida.

(…) siguió avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza y a veces caminando a cuatro patas. Sentía que la tierra se retorcía, le daba vueltas y luego se le soltaba; el corría para agarrarla, y cuando ya la tenía en sus manos se le volvía a ir

Pedro Páramo es, como decíamos antes, una de las obras culminantes de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Tal vez nunca haya llegado a la celebridad universal de su hermano urbano y europeo, La metamorfosis, pero desde luego contiene su misma profundidad y toda la vigencia de una realidad convulsa cuyos ecos se escuchan aún en la actualidad. Juan Rulfo no escribió nada relevante después de Pedro Páramo. Tal vez encontró lo que andaba buscando al escribir, un poco de compañía humana y algo con que taponar su vacío existencial. O tal vez quienes escriben deberían sonsacar de ello una lección: que no vale la pena seguir hablando cuando ya lo has dicho todo en apenas ciento cuarenta páginas. 

México atesora muchos destinos turísticos de primer nivel. Yo os recomiendo que visitéis Comala.

 

*Sobre Juan Rulfo ha escrito ampliamente Reina Roffé. Su último libro dedicado al autor mexicano es Juan Rulfo. Biografía no autorizada (Fórcola, 2012).  

**Sobre la actitud de Octavio Paz frente a Rulfo se han dicho muchas cosas. He aquí un interesante artículo de Guillermo Sheridan publicado por Letras Libres en octubre de 2013: http://www.letraslibres.com/blogs/el-minutario/el-complo-de-paz-contra-rulfo-de-nuevo

  

 





 

3 comentarios:

  1. Lo he leído hace nada, y no me termino de gustar... cuando leo los comentarios de los demás sobre este libro me da la sensación que me he leído otro.

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  2. Lo leí hace ya tiempo y me dejó una sensación agridulce. recuerdo que por sus formas, esa mezcla que tiene tan peculiar, lo disfruté (siempre disfruto de las rarezas) y que me sorprendió incluso lo visual que llegaba a ser en algunos momentos.
    PEro el final... se me echó encima y me dejó ese regusto a no haber coronado un libro que, en realidad, me estaba pareciendo una gran obra
    Besos

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  3. Algo que me inquieta, es que obras como "Pedro Páramo" no se puedan disfrutar con mayor profundidad a menos que uno conozca algo sobre análisis literario. Se van demasiadas cosas para aquellos que no conozcan sintaxis, análisis espacial, temporal, actancial, y pocos llegan a una hermenéutica, quizá algunos se queden con lo que dicen otros. En cierta medida, me recuerda lo que decía Hegel, que las obras que realmente valen algo son las que aparentemente son simplísimas, pero en el fondo tienen una complejidad abismal (quizá, improvise en la paráfrasis).
    Si son de México, recomiendo ampliamente el estudio que hace Boixó llamado "Claves narrativas para Juan Rulfo",lo pueden consultar en el "Colegio de México" en la biblioteca Daniel Cosio V. Lo anterior es porque ya van un buen de comentarios, que he visto en varios blogs, de gente que lee a Rulfo y no le ve nada de nada, siendo que, desde mi perspectiva, es de los que explican el espíritu del mexicano y su relación con la muerte (y de ahí a interpretaciones sobre el origen , la vuelta a la tierra, el viaje inicático, la muerte desde antes que inicie la obra, etc.)
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