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martes, 25 de marzo de 2014

LOS EXTRAÑOS de Vicente Valero


 
(…) ningún imagen suya, digo, ha llegado hasta mí ni hasta nadie que pudiera reclamarlo como suyo también. Y la verdad es que nunca pensé que llegara a lamentar tanto como ahora esta carencia, mientras escribo esta primera página, en el momento en el que hubiera querido trazar del modo más exacto posible su perfil (…), y averiguar, en fin, si en su mirada hubo una melancolía de adolescente abandonado como yo siempre he querido suponer que la hubo. A este extraño, sin embargo, hay que observarlo una y otra vez desde los recuerdos ajenos hasta poder ver al fin en él al joven de veintiocho años que llegó a ser el día de su muerte. Al joven, en definitiva, que fue y ha continuado siendo siempre y que no dejará de ser nunca.

Todos compartimos, en mayor o menor medida, la elusiva figura del extraño. Todos hemos escuchado relatos familiares en los que, de repente, aparece un personaje nuevo y desconocido sobre el cual, sin embargo, quienes hablan parecen saberlo todo. Un tío díscolo desaparecido cuando solo era un adolescente, un abuelo caído en la Guerra Civil, una mujer cuyo vínculo con la familia se descubre, al cabo de los años, mucho más íntimo de lo que parecía… En definitiva, vidas cuya extrañeza tiene mucho que ver la distancia física y temporal, pero tal vez también con su propia naturaleza humana.  
Así, los extraños acaban ocupando un lugar de privilegio en ese oscuro y misterioso desván donde solemos guardarse todos esos trastos que aún siendo declaradamente inservibles nadie se atreve a exterminar. La memoria no es tan caprichosa como creemos: sabe perfectamente cómo adecuar los recuerdos a nuestras necesidades emocionales para mantener cierto equilibrio. Si lo que pretendemos es justificar una vida conducida con precaución, vestiremos de fracaso el recuerdo de aquel tío díscolo de quien, sin embargo, se enamoraban todas las chicas del barrio. Y cuando toca, en cambio, lamentarse por una existencia anodina, las mismas aventuras que antes se consideraban absurdas adquieren una privilegiada posición en el ámbito de lo extraordinario: el extraño, como término de referencia, se adapta perfectamente a la volubilidad de nuestra autoconciencia. El recuerdo del extraño es un cargador multiusos adaptable a cualquier soporte.      

El párrafo con que abrimos este artículo pertenece al primer capítulo de Los extraños (Periférica, 2014), el debut en narrativa del poeta y ensayista Vicente Valero (Ibiza, 1963). Nos habla de su abuelo materno, un militar ingeniero cuya ansías de aventura lo conducen hasta las inhóspitas tierras del Sahara Occidental para acabar de construir, en 1927, la base aérea de Cabo Juby. De él no guarda ningún recuerdo, por supuesto, ni ninguna fotografía. Sólo sabe de él lo que le contara su abuela, pues lo que le llega de su madre proviene de ese mismo relato erosionado por el tiempo. También lo que descubre a través de tres cartas enviadas por el abuelo desde el desierto a su reciente esposa y futura madre de su única hija, cartas que juran un amor a prueba de toda distancia y que, en algún momento, mencionan a un joven teniente francés con el cual parece llevarse bastante bien. Un joven que, un par de décadas más tarde, será conocido en todo el mundo por haber escrito El principito (1942)*. La visión de ese «extraño» despierta en el narrador un sentimiento contradictorio. Por un lado parece necesitar imperiosamente la cosificación de ese recuerdo ajeno y marchito, pero por otro no está dispuesto a dejarse llevar sentimentalismos absurdos, tal vez consciente de lo que significa esa impetuosa necesidad por situar sus orígenes.

Estos y otros pocos hechos aislados que hemos llegado a conocer revelan también fragmentos rotos de un mapa que oculta más que muestra y con el que, por tanto, no resulta fácil guiarse para llegar al corazón del extraño, ni siquiera para acceder a los puntos aproximativos de su ambición, sus dudas o su soledad.

El narrador desea esclarecer sus propias dudas y vencer la soledad a través de esas piezas sueltas, eso es innegable incluso para él, pero se cuida con precaución de que ello no acabe conduciéndole hacia un callejón sin salida, en el que las piezas no alcancen a encajar y sus carencias se hagan, por tanto, mucho más evidentes de lo que eran. Por eso su narración salta de un extraño a otro, de un militar africanista a un tío abuelo homosexual y bailarín, de un profesional del ajedrez que ha visitados tres continentes a un comandante del ejército republicano. En todos ellos encuentra historias regadas por el caprichoso elixir de la diferencia, situaciones mediante las cuales, tal vez, consiga explicarse algo de su propia particularidad, incluso de su propia extrañeza, esa molesta sensación que ha cultivado respecto a sí mismo durante casi toda un vida.

Mi pertenencia a aquel lugar, sin embargo, era sólo un episodio pequeño de una historia familiar construida más con ausencias que con presencias, tejida con hilos largos pero descoloridos (…). Y allí mismo, en aquel momento y en aquella remota finca a la que por fin había conseguido acceder, el más extraño de aquella historia era yo.

Vicente Valero
, cuyo primer poemario publicado data de 1987, y cuyo ensayo biográfico Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza , 1932-1933 (Península, 2001) fue traducido al francés y al alemán, debuta con un libro que sin ser una novela tampoco puede inscribirse dentro del género cuentístico. Los extraños está formado por cuatro capítulos, cada uno de ellos relativo a uno de los personajes introducidos más arriba, en los cuales se aprecia, sino un mismo hilo argumental, igual intención: la de aceptar que tan extraña es la presencia de esas vidas idealizadas como la del propio narrador. 

Y para conseguirlo recurre a esa cadencia narrativa que tan buenos resultados ha dado a otro novelista de la memoria como Antonio Muñoz Molina, o al más «moderno» Issac Rosa, una prosa construida con frases dilatadas en las que el recuerdo incorpora con cada palabra, con cada subordinada, un nuevo matiz y una nueva manera de verse a sí mismo. Así, lo que en un principio podría intuirse como una narración pesada e interminable acaba adquiriendo un ritmo y viveza inusuales. En cada frase se aprecia su impronta poética, su inclinación a ver la vida no a través de lo que ésta le muestra sino de lo que permanece agazapado en un rincón solitario.

Cada nueva fotografía que tomaba se parecía a la anterior y a la siguiente: todas captaban el frío solamente, la humedad de los años, las piedras que asomaban para herir y para ser olvidadas. Cabo Juby, Cabo Juby, ¿para qué viniste al mundo con tu hermoso nombre en medio de la nada? Y, sin embargo, las únicas tres cartas del abuelo conservadas en el cajón de la cómoda nos hablaban también de noches claras y diáfanas, de quietud misteriosa, de gratos encuentros y conversaciones animosas, de sueños ardientes, casi irreales.

Hay algo de Mishima en su manera de tejer las palabras, una voluntad por construir a partir de la ausencia, no de la presencia. «Hasta tal punto detestaba la cruda realidad, que convertía su obra en una realidad contraria a ella, como una estatura hecha con el vaciado de un cuerpo vivo y desnudo», decía el autor japonés en El color prohibido. Valero se presenta con Los extraños como un narrador en prodigiosa evolución a quien tal vez lo único que le falta para ser uno de los grandes es tener el valor de agarrar una aguja y ensamblar los cientos de relatos que debe tener en su cabeza para construir una gran novela. Estaremos atentos.            


*Antoine de Saint-Exupéry

 


5 comentarios:

  1. Buenos días. Una pena que no lo hayas oublicado antes, porque precisamente durante el finde me lo recomendaron en mi librería de cabecera, pero he declinado la oferta por falta de referencias. Además dices que recuerda a Mishima. Volveré pronto por allí; no me das otra opción. Saludos,

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  2. Hay un punto de Mishima en su manera de abordar la extrañeza a partir de las palabras, aunque su prosa no es por supuesto tan absolutamente precisa y minuciosa. Claro que Mishima era un genio y Valero un narrador muy prometedor. Saludos y un gusto verte por aquí de nuevo.

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  3. Delicioso. Uno parece estar oyendo al adulto que fue niño en lugar de estar leyendo. Toda la teoría de "El narrador" de Benjamin seguida punto por punto sin que esto sea notado. Libro entrañable, por fin algo muy valioso dentro de estas publicaciones contemporáneas con tan poca enjundia y apellidos de siempre.

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