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miércoles, 19 de marzo de 2014

LA VIDA EN OBRAS, de Alberto Marcos



Que los editores de referencia pierden gran parte de su excelencia al colocarse al otro lado de la mesa de edición es una opinión bastante extendida en el sector –y cuando digo editor me refiero principalmente a los compradores de contenidos–. A cada cual, lo suyo, que diría Ulpiano. Por el contrario, emprender el camino inverso suele verse con mucha mayor indulgencia, muy posiblemente como consecuencia de las distintas experiencias observadas en ambos casos. Si mientras infinidad de editores de raza han luchado sin éxito por equipararse a sus protegidos,  muchas de las mejores plumas han ejercido la labor editorial de manera bastante notable, aunque en nuestra memoria haya prevalecido, como no podía ser de otra manera, su faceta creativa. Albert Camus, Cesare Pavese o Carlos Barral, entre muchos otros, supieron manejar con gran solvencia esa complicado desdoblamiento de «personalidades literarias».
La conclusión que se extrae de todo ello parece a priori bastante clara: es más fácil pasar de la escritura a la edición que realizar el trayecto inverso. Y aunque nos resultaría muy sencillo encontrar razonamientos lógicos que apoyaran esta tesis, pues la gran mayoría de nosotros, en mayor o menor medida, tenemos cierta tendencia a considerar a los editores como escritores frustrados –y aquí incluyo a todos los integrantes del circuito del libro, también a los lectores–, algo en la severidad de esas fórmulas perfumadas de academicismo nos resulta sospechoso. Es posible que a nuestro siglo le cueste un poco encajar en su seno la idea de artista polifacético, sobre todo cuando se trata de examinar las distintas facetas desarrolladas en una misma manifestación artística.

Pero, como diría Lisardo, para qué juzgar a los demás. Cada uno hace lo que puede en este mundo en el que nos han soltado sin pedirnos permiso.  

Esto lo dice el protagonista y narrador de Césped recién cortado, el último relato de La vida en obras (Páginas de Espuma, 2013), el libro con el cual el editor Alberto Marcos debuta en la escena literaria contemporánea. Y de alguna manera nos dice algo sobre la propia trayectoria de su autor. Marcos trabaja actualmente como editor en el grupo Penguin Random House, y se ocupa, principalmente, de la narrativa en castellano en el sello Plaza & Janés. A la vista de este antecedente, cualquier crítico literario podría sentir ciertos prejuicios ante su primera obra de creación. Porque ya no se trata solo de evaluar el paso al otro lado de la mesa, sino de asimilar el cambio de género. Mientras Plaza & Janés publica obras de corte más o menos comercial, englobadas en aquello que suele llamarse la literatura de entretenimiento o evasión –aunque también publica obras de no ficción de autores mediáticos–, Alberto Marcos se ha atrevido a escribir una serie de relatos de corte indudablemente literario. De ahí el aviso: no lo juzguemos a la vista de su labor editorial sino del propio valor del libro, de su peso específico. O mejor aún, seamos un poco más flexibles a la hora de establecer fronteras entre géneros, pues nos ayudará librarnos de ciertos prejuicios innecesarios.  

La vida en obras es un primer libro muy notable, una recolección de relatos indudablemente salingerianos cuya voz honesta y sencilla acaba formando un todo equilibrado. Es decir, que no nos encontramos ante una obra compuesta de cuentos ajenos entre ellos, aunque funcionen perfectamente como textos independientes –podemos leerlos aleatoriamente sin perdernos un ápice de la pintura completa–, sino ante un relato unitario en el cual se intuyen las diversas derivas que un solo protagonista podría haber tomado a lo largo de su vida. Una vida edificada sobre la delgada base formada por los relatos del primer bloque, el dedicado a la adolescencia, y que nos muestra todas sus posibles variantes a través de los pisos superiores, en los cuales habitan jóvenes asustados ante la inevitable llegada de la madurez, y hombres y mujeres en los que ya se comienzan a apreciar las arrugas de una vejez prematura, labrada a partir de fracasos y renuncias. Porque como afirma el editor en el texto de contraportada, «nuestra vida está continuamente en obras».

Con la adolescencia, erupciona el acné. Con la madurez, alumbras dípteros a través de la epidermis, como si cada uno de tus poros fuera una celdilla de avispa. No es algo tan diferente.

Alberto Marcos muestra una asombrosa habilidad en la composición retórica de sus relatos. Nos habla de asuntos tan arduos como la horfandad, la homosexualidad, el peso de la responsabilidad –la culpa–, la pérdida del Yo o la erosión del tiempo con la misma naturalidad con que Holden Caulfield nos relata, en El guardián entre el centeno (1951), las desventuras de un adolescente desengañado por la inconsistencia de esa civilización que le ha tocado en suerte. Ambos, Caulfield y ese protagonista unitario esbozado por Marcos en La vida en obras, tratan de sobrevivir en un mundo en el cual se han visto soltados «sin pedir permiso». En esta inusual honestidad se intuyen también ecos de algunos de los principales autores del posmodernismo norteamericano, como Raymond Carver o Philip Larkin. No me extrañaría que Marcos hubiera leído, en algún momento de su vida, el Jill de Larkin o los relatos menos cáusticos de Carver. Y si tuviera que sacar a colación algún autor contemporáneo –de hecho debo hacerlo–, tal vez mencionaría a Peter Cameron y su novela Algún día todo este dolor te será útil. Pero lo que en Cameron acaba desdibujado ante la fantasmagórica presencia del «guardián» de Salinger, en Marcos adquiere personalidad propia sin por ello negar la referencia. Es decir, que sus relatos actúan como perfecta continuación de lo que el elusivo autor norteamericano trató de conseguir con su obra: que la prosa deje de mirarse el ombligo para hablar abiertamente de todo aquello que de verdad preocupa a los lectores, sin evasivas ni pretensiones innecesarias.

Tal vez a La vida en obras le falta algo más de mala leche. Tal vez hubiera cuajado mejor con un humor más corrosivo, más sharpiano* –por calificarlo de alguna manera–. Pero, sin lugar a dudas, constituye un inicio tremendamente prometedor.  

*Relativo a Tom Sharpe.

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