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viernes, 7 de marzo de 2014

EL HOMBRE BICOLOR, último monstruo de Javier Tomeo



Me llamo Hermógenes W., he cumplido ya los cuarenta años y tengo los ojos de distinto color. Mi ojo derecho es azul celeste y el otro verde esmeralda. Puede que si tuviese tres, el tercero fuera amarillo. Una anomalía que heredé de mi familia materna y que me distingue de la intensa mayoría de los hombres. Les diré también que esté es el segundo viaje que hago a Boronburg en mi calidad de Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales y que en la inspección de este año estoy decidido a no dejar títere con cabeza.



El miércoles pasado publicábamos un artículo sobre el Pedro Páramo de Juan Rulfo. Recordábamos aquel escenario imaginario, Comala, en el cual el autor mexicano situaba la mayoría de sus relatos, tanto en su novela capital como en El llano en llamas. Un lugar perdido en el rincón más árido de Jalisco donde la vida parece cosa del pasado, como si se tratara de un pantano desecado en cuyo suelo van proliferando las grietas: como si fuera el rostro apergaminado de un moribundo. Y tal vez seducido por la impronta de ese recinto fatídico he acabado escogiendo, para clausurar la semana, un librito que también nos habla de la pérdida, de la solitud, y de la a veces opresiva ambivalencia del alma.

El hombre bicolor (Anagrama, 2014) es la novela póstuma de uno de los narradores españoles más valientes de los últimos cincuenta años. Hablamos de Javier Tomeo (Quicena, 1932 – Barcelona, 2013), es tipo con «cara de patata»* que nos dejó huérfanos en junio del año pasado, y cuya enorme envergadura física nunca pareció guardar demasiado correlato con la apariencia que solemos conceder en nuestro imaginario a los escritores de alta literatura. Sin embargo, a Tomeo debemos agradecerle, aunque sea a título póstumo, algunas de las páginas más novedosas y brillantes de la literatura contemporánea en castellano. Hablando en plata, el autor de Amado monstruo y Historias mínimas era una rara avis a la altura de BorisVian o Franz Kafka. Su voz atesora la misma potencia narrativa, rayando muchas veces el delirio, y una asombrosa capacidad para embriagarnos con historias alegóricas sacadas de la paleta del pintor más trastornado. «Mi mundo y mis personajes han sido el Ello freudiano, lo inconsciente, las pulsiones», confesaba este autor aragonés para quien Buñuel era un Dios. También le agradecemos el que nos haya legado, a pesar de sus terribles circunstancias –envío el manuscrito a Jorge Herralde desde ese hospital donde agonizaba–, una obra tan relevante desde el punto de vista estético, que como mínimo apunta en la misma dirección que cualquiera de sus obras anteriores, y con una riqueza de significado inusual en estos tiempos de bagatelas.

Ayer tarde el sol se hundió por el mismo lugar de siempre, no hubo sorpresas en este sentido, pero tal vez esta mañana salga por el oeste. Eso sería grave porque a partir de ese momento la gente tendría una excusa para hacer lo que le diese la gana, por ejemplo matarse los unos a los otros sin necesidad de buscar justificaciones.

Una mañana de finales del siglo XIX, Hermógenes W. aterriza en una pequeña ciudad al norte de Burgundia para reclamar el pago de los impuestos correspondientes. De su éxito depende el que deje de ser un oficial de segunda para convertirse en todo un Inspector dependiente, por canal directo, con su adorado Príncipe –o al menos eso es lo que ha fraguado en su cabeza su ambiciosa imaginación–. Sin embargo, todo lo que encuentra a su llegada es una ciudad extrañamente deshabitada, como si todos su habitantes acabaran de abandonarla a marchas forzadas ante la amenaza de una plaga (que bien podría ser la Hacienda Pública). A partir de aquí, todo lo que puede hacer es mantener la calma mientras espera que sus víctimas recuperen la normalidad de sus vidas. Se instala en un hotel frente a la plaza principal de Boronburg, alrededor de la cual dos perros de raza desconocida atestiguan su fantasmagórica presencia mediante ladridos trasnochados y donde las hojas de los árboles no responden con su movimiento a la dirección del viento: se mantienen tan tiesas como un cadáver. Desde lo alto de una colina situada fuera de los límites marcados por esa muralla medieval que cubre la ciudad, le contempla silencioso el antiguo castillo del Conde de Breeworst, un aristócrata con fama de vampiro. Todo lo que rodea a Hermógenes inspira una creciente desolación, la amenaza de que el sol salga definitivamente por el oeste y el hombre se sienta por fin capaz de pervertir el correcto orden del universo. Incluso una bandada de cuervos aparece de vez en cuando (como en Pedro Páramo) para recordarle al protagonista dónde suele acabar todo. Es entonces cuando esos dos ojos de distinto color deciden independizarse.

(…) algunos días, cuando más me duele la soledad, me parto en dos y cambio impresiones con mi otra mitad.

Esta novela de apenas ciento diez páginas tiene la inusitada virtud trasladarnos a un mundo bastante parecido al que nos toca soportar cada día. Un vivero de personalidades desdobladas en la cual cada una de ellas trata ferozmente de procurarse un reducto capaz de preservar su propia identidad. En ella conviven en la distancia –y en una soledad incontestable–  la mansa connivencia del recaudador de impuestos fiel a la Corona, la rebeldía de un subconsciente tremendamente descontento con ese status quo en el cual su envoltorio –Hermógenes– se refugia temeroso, y la fantasmagórica presencia de un ángel destinado a igualar la categoría de todas esas personalidades contradictorias. Es decir, el ciudadano satisfecho de su convencionalidad, el protestatario con ánimo de revertir la proporción de poderes, y el político dispuesto a adulterar la baraja para repartir las mejores cartas allí donde los beneficios parecen más evidentes. Queda claro desde un principio que el protagonista de esta novela tiene un problema grave consigo mismo –como podría tenerlo cualquiera de nosotros–, y que quienes han fomentado esa discordancia se contentan con esperar la carroñera recolección de los restos surgidos como consecuencia de ella.

¿Qué es ley? Lo que manda el Rey. ¿Qué es derecho? Lo que está bien hecho.

Como decíamos antes, este relato de Tomeo remite a dos de los pensadores literarios más relevantes del siglo XX. Su Boromburg nos recuerda a la Comala de Rulfo, con esa misma parentela venida del Tártaro para recuperar algo de su vida extinguida, y su personaje de Hermógenes guarda demasiado parecido con el Josef K. de El proceso y el Gregorio Samsa de La metamorfosis (podría ser incluso una mezcla de ambos). Su trama nos mantiene en vilo hasta la última página, como se suele decir cuando se trata de ensalzar las virtudes de las novelas comerciales, y su historia remite a una situación sociopolítica que poco tiene que ver con la ficción. Boromburg podría ser cualquier ciudad de Occidente, Hermógenes W. la extensión psíquica de un ciudadano confundido por tanta mentira, y ese ángel aparentemente protector la representación literaria –y damos gracias una vez más a Tomeo por no ilustrar esta comparación de manera demasiado evidente– de un vampiro político dispuesto a chupar la sangre de sus votantes. Juan Benet acusaba a Tomeo de hacer «croquetas literarias», libros de idénticos sabor. Sin embargo, se me ocurre que tal vez esa fijación con lo absurdo, lo “raro” y lo monstruoso venía impulsada por el poco caso que se le hacía desde las altas esferas editoriales y académicas. Y posiblemente fue mejor así, pues como decía Ignacio Echeverría, «Nada sienta peor a uno de estos escritores que ser atraído al centro de la atención, instituirse como canónicos, generar imitadores. Tal cosa los desactiva y los trivializa. Los transforma, de hecho, y los destruye.»    

Javier Tomeo, puedes descansar en paz. Quienes te admirábamos no concederemos un solo paso en falso a esos fantasmas que controlan la pervivencia de la literatura contemporánea. Las palabras y las imágenes son tuyas, y todo lo que venga a continuación pura contingencia. Ya lo decía Sartre.


* Así le describe Ignacio Echevarría, en tono cariñoso por supuesto, en un artículo publicado en El Cultural con motivo del fallecimiento del autor.       

     

                  

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