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viernes, 21 de febrero de 2014

LA VERSIÓN DE BARNEY, de Mordecai Richler


Terry es la espoleta. La astilla que se me ha clavado bajo la uña. Las cosas claras: si empiezo este revoltijo que ha de ser la verdadera historia de mi vida echada a perder (…), es como réplica a las insidiosas acusaciones que Terry McIver vierte contra mi persona en su autobiografía de próxima publicación: difamaciones sobre mí y sobre mis tres esposas, más conocidas como la “troika” de Barney Panofsky, sobre la naturaleza de mi amistad con Boogie y, por descontado, sobre el escándalo que he de llevarme a la tumba como si fuera mi joroba.


Sí, sí, queridos lectores. Tenemos aquí ni más ni menos que al inefable Barney Panofsky, el detestable aunque entrañable protagonista de aquella película que echaron en España hace apenas dos años, El mundo según Barney, basada en la última novela del tristemente desaparecido escritor canadiense Mordecai Richler (Montreal, 1931 – Montreal, 2001), La versión de Barney (1997; Sexto Piso, 2011), y que consiguió convulsionar de risa la platea del Palazzo del Cinema de Venecia, sede de la Mostra, cuando fue nominada al León de Oro. A la mayoría le resultará más fácil reconocer la obra por su título cinematográfico, pues la primera traducción que hiciera Mondadori en el año 2000 paso sin pena ni gloria por las mesas de novedades.  En 2013, sin embargo, ganó el Premi Llibreters concedido a la mejor novela por el Gremio de Librerías de Cataluña. Y aunque se trata de un libro de 2011 –o de 2000, si me apuráis–, hemos decidido ampararnos en el criterio de los libreros catalanes para considerarla una novedad y colocarla, por méritos propios, en nuestra lista de mejores libros del curso pasado.

(Se nos ocurren muchos ejemplos de novelas conocidas sobre todo por los títulos de sus adaptaciones cinematográficas: La guerra de papá, basada en una de los libros más célebres de Miguel Delibes, El príncipe destronado; Muerte en Venecia (Morte a Venezia), la extraordinaria adaptación que hiciera Visconti de La muerte en Venecia (Der Tod in Venedig, en alemán), de Thomas Mann. Atentos, que ese artículo (“der”) al principio marca una gran diferencia);  y otro caso bastante desconocido: el de la obra póstuma de Stanley Kubrick, Eyes wide shut, basada en una novela escrita por Arthur Schnitzler en 1926, Relato soñado.)

Bien. Como diría mi amigo Eduardo vayamos al turrón. ¿Alguien ha tratado alguna vez de ver su propia vida desde una perspectiva completamente desprovista de parcialidad? Es decir, aislar esa grotesca necesidad que sentimos todos de mitificar y mistificar nuestra existencia, como si fuésemos los héroes de un guión escrito y producido por nosotros mismos, para contemplarla con algo más de honestidad. En otras palabras, aceptar de una vez que el rechazo de aquella chica que nos gustaba en 6º de E.G.B. nada tenía que ver con cuestiones de orden sociopolítico –“¿es verdad que tus padres están divorciados?”– sino con nuestra manía de lanzarle granos de arroz durante los descansos para evitar la vergüenza. O que en aquel empleo fallido no estábamos tan pendientes de cuestiones personales, como creímos durante años, sino que fracasamos completamente. O, ya para terminar, que la razón por la cual nunca ha resultado premiado ese relato que hemos enviado cientos de veces a otros tantos certámenes de provincias no tiene nada que ver con “injusticias editoriales” –llamémoslo tongo, va– sino básicamente porque no era “la hostia en verso” que creíamos. Pues bien, eso es precisamente lo que ha estado haciendo Barney durante toda su vida: verse a sí mismo y a su propia vida desde un prisma tan indudablemente negativo que, al final, casi consigue ser completamente honesto consigo mismo. Ya se lo dijo su gran amigo Hymie Mintzbaum una vez:

Tendrías que meterte bien en la cabeza que eso es un simple mecanismo de defensa. Estás convencido de que todo el que te vaya a conocer te considerará una mierda de tío, y por eso te pones a la defensiva. Relájate, chico. Cuando te conozcan mejor, todos comprenderán que estaban en lo cierto. Eres un mierda.

Barney Panofsky es, tal y como se describe perfectamente en la novela, mucho mejor que en la película –infinitamente mejor–, un tipo pendenciero, mujeriego, alcohólico, llorón, autocompasivo, absorbente, interesado, egocéntrico y pusilánime. Pero también, aunque parezca una contradicción, un hombre bueno, honesto, cariñoso, locuaz, generoso, inspirado y, desde luego, provisto de una genialidad creadora mucho mayor que la de esos pseudointelectuales con los que tuvo que convivir en su “alocada” juventud parisina, como Terry McIver. Hijo de el único policía judío del cuerpo en todo Montreal, allá por los años 50, Barney decide a sus veintidós años trasladarse a la capital francesa para convertirse en escritor. Sin embargo, acaba mezclado con una caterva de expats venidos de allende los mares cuyos innegables recursos artísticos caminan en paralelo a su supina estupidez. Bernard “Boogie” Moscovitch, su mejor amigo, se dedica a poner cachondo al personal con sus ideas escandalosas, su apariencia de hipster trasnochado y su visiblemente ridícula pose anti “lo que sea que acabes de decir”; Cedric Richardson se dedica a vestir su previsible potencia sexual con los billetes ganados con sus paupérrimos relatos y como soplón “tapado” de las brigadas anticomunistas del mando aliado –en parís aún manda el Alto Mando Aliado–; Clara se dedica a escribir poemas renegados y dibujar a carbón una versión muy catastrofista de la realidad, mientras exprime su liberación sexual con el ímpetu de una morsa; y McIver, el anti-Barney Panofsky, marca las fechas en su diario para facilitar su labor al editor que al cabo de los años acabará convirtiendo su vida en un relato autobiográfico, como si ya supiera de antemano a dónde debía conducirle su destino. Por supuesto, ante tanta tontería todos los recursos de Barney acaban arrinconados en una esquina polvorienta de cualquiera de los bares a los que solía acudir las tropa para llenarse la panza de alcohol. Lo único de él que consigue florecer en ese contexto tan poco propicio es su irreprimible agresividad, siempre presta a soltar un guantazo cuando conviene, y una irremediable generosidad que es motivo de provecho y burla por parte de sus esporádicos amigos. Al final, la única manera que encuentra de destacar es casarse con Clara, esa poeta promiscua admirada a regañadientes por sus compañeros de cacería literaria, y dedicarle lo mejor de sí mismo: su generosidad y su lealtad. 

Sin embargo, en el momento en el que Barney decide contarnos la historia de su “vida echada a perder”, ya sabemos que Clara acabó muriendo en París en circunstancias extrañas, que una tal Segunda Señora Panofsky le hace la vida imposible mientras sigue cobrando de él una sustanciosa pensión, que tuvo que lidiar penosamente con una acusación de asesinato, el de su mejor amigo Boogie –avalada por el interesado testimonio de McIver–, y que ha sido abandonado por la única mujer que ha amado de verdad, Miriam, por un “intelectualoide” veinte años más joven que él. Y a medida que avanzamos en la lectura del relato aumenta nuestra sensación de desconcierto, pues nada en la actitud de Barney parece justificar tanto infortunio. De hecho, se erige en una suerte de paladín de la sinceridad en un entorno bañado de pútrida hipocresía y de ceguera emocional.         

Tú no eres un artista, no eres como todos los demás. Eres un mirón. Y cuando te vuelvas para casa para forrarte de pasta, cosa que es inevitable teniendo en cuenta tu carácter, y cuando te hayas casado con una bonita muchachita judía, una que sepa ir de compras, podrás invitar a cenar a los tíos del Llamamiento por la Unidad Judía para divertirlos y contarles toda clase de historias sobre los tiempos que viviste con la salvaje de Clara Chambers (…) Si ahora no te diviertes conmigo, lo harás retrospectivamente. Lo único que haces aquí es llenar de fondos tu cuenta corriente de la memoria.

Esto se lo dice Clara poco antes de casarse, cuando aún se siente suficientemente poderosa para mofarse de esa generosidad que Barney le ha servido en bandeja de plata. Y aunque no le falta razón, pues Barney se dedica a repetir cuando conviene las palabras pronunciadas por sus colegas “superdotados”, en su actitud se identifica una inconfesada debilidad: ella, al igual que Boogie o McIver, necesita el concurso de Barney para disponer de una referencia que valide su supuesta genialidad. Tenemos ante nosotros a un protagonista alrededor del cual –y solo gracias a él– la gente brilla con esplendor. Claro que antes o después su luz acaba extinguiéndose como consecuencia de la muerte. O del abandono. Igual que lo hace la de nuestro inefable protagonista.        

Me viene que ni pintado tener raíces en una ciudad que, como yo, va apagándose día a día.

Tomemos distancia respecto a la trama. Y volvamos a las preguntas de antes. ¿Alguno de vosotros ha sentido alguna vez que el mundo alrededor del cual gravitáis se desmorona como consecuencia de vuestras decisiones? Por supuesto que sí. Y Barney, para no ser menos en este caso, acaba haciendo lo mismo. Ingiere litros y litros de alcohol con la esperanza de olvidar todo aquello que cree haber errado, de encontrar argumentos suficientes para convencer a su amada Miriam de sus verdaderas virtudes. A fin de cuentas, a sus sesenta y siete años es un exitoso y acaudalado productor de telebasura cuyos ingresos le permiten vivir en una lujosa residencia del centro de Montreal, en Westmount, y cenar cada noche una pierna de cordero aderezada con cognac XO, lo cual le permite disponer del beneficio de la riqueza. Sin embargo, la tendencia de Barney es destruir mentalmente todo lo que ha conseguido al cabo de los años, incluso lo puramente inmaterial, para culpabilizarse a sí mismo por toda “una vida echada a perder”. Tal vez, dentro de su honestidad, le ha faltado hacerse una cuantas preguntas.         

Mi problema es que soy incapaz de llegar al fondo de las cosas. No me importa no entender los motivos de los demás, al menos ya no, pero ¿por qué no consigo entender el porqué de mis propios actos?

Mordecai Richler es uno de los novelistas canadienses más reconocidos del último siglo. Su prosa desnuda y sincera remite a lo mejor de Saul Bellow –y Barney, a su inolvidable personaje Moses Herzog–. Ambos parecen buscar en su narrativa una manera de congraciarse con ellos mismos, de otorgarle el perdón definitivo a esa sombra grotesca que los ha acompañado en vida a donde quiera que fueran. Y ambos adolecen, también, de un estigma judío cuya fuerza acaba impregnando todas y cada una de las páginas de sus novelas. Parecen guardar con sus orígenes una relación de amor y odio, y tal vez sea por esto –solo tal vez– por lo cual se muestran tan expansivos a la hora de mostrar sus intimidades a través de sus “pobres” protagonistas. Es cierto que tanto Barney como Moses Herzog están hechos de buena pasta, y que su actitud es mucho más honesta que la de la media, pero aún así se percibe cierta compasión indeseada, cierto protección paternal. Como si tanto a Richler como a Bellow les fastidiara ser el “pringado” dispuesto a redimir los pecados de los demás, o de sí mismos. Como si les hubiera gustado criarse en un entorno más libre, menos tendente a regirse por unas reglas morales tan indiscutibles como estrictas celadoras de su voluntad y de su identidad. Sin embargo, si en algo supera el creador de Barney al de Herzog es en su sentido del humor. Lo que en el maestro conducía a veces a una insoportable dramatización de los hechos, en el alumno se ve iluminado por la mejor arma de que dispone el hombre para superarse a sí mismo: el sentido del humor. Tal y como dijeron en su momento los críticos de Los Angeles Times o del New York Review of Books, La versión de Barney es “salvajemente cómica”, “exuberante, frenética, desmesurada”. En esto remite a un autor que ha bebido directamente de las fuentes de Bellow, a pesar de la distancia geográfica. 

La versión de Barney es un Herzog escrito con una voz más parecida a la de Martin Amis –tal vez también a la de Tom Sharpe, con ese humor corrosivo a la vez que perspicaz y clarividente. Por otro lado, me ha resultado tan sorprendente como gratificante que una novela literaria de casi seiscientas páginas tenga la capacidad de mantenerte absorto en la lectura durante horas, como si se tratara de una novela de misterio al uso.  

Tal y como decía hace un par de días: lean esta novela. Háganlo y ríanse un poco de ustedes mismos (esta voz verbal viene determinada por el libro, muy anglosajón). Tienen ante ustedes uno de los mejores libros de 2013.      





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