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lunes, 3 de febrero de 2014

LA INSOMNE, o la poesía de Jesús Aguado

 


Una tarde de finales de 2013, cuando en las librerías comenzaban a aparecer los primeros signos de la consabida campaña navideña, decidí sacudirme la pereza del cuerpo y vencer mi insoportable temor al frío para asistir a la presentación de Insumisión (Vaso roto, 2013), el último poemario de Eduardo Moga –del que hablaremos en otra ocasión. Al acercarme al escuálido espacio reservado por la librería para la ocasión, en el que se encontraban algunos de los nombre más destacados de la poesía contemporánea en español, no me costó distinguir en la mesa, junto a Moga, la figura de Jesús Aguado, sin duda una de las voces poéticas que más ha brillado en los últimos años, y de quien José Ángel Cilleruelo acaba de realizar una maravillosa antología, La insomne, para Fondo de Cultura Económica. Quien más quien menos, todos se frotaban las manos para procurarse un poco de calor, o mantenían sus bufandas tercamente enrolladas al cuello. Incluso Jesús Aguado, que aguardaba paciente el momento de iniciar su presentación del libro con esa expresión entre despistada e incisiva tan habitual en él –fijaos si hay matices entre estos dos adjetivos–,  parecía descompuesto por el frío. “Imagino que debe ser este viento gélido que desde el lunes enmudece las calles de Barcelona lo que me ha llevado a recordar ese momento”, me digo ahora mientras me dispongo a reseñar la antología de Aguado


Pero no. En realidad todo comienza por algo que el autor malagueño (aunque “casi” sevillano) dijo al inicio de su disertación, mientras algunos de los presentes aún buscaban un lugar cómodo desde donde escucharle. “La realidad agrede”, afirmó con humilde mordacidad, mientras miraba al público para comprobar el efecto causado por sus palabras. “La realidad agrede”, parecía repetir en silencio a través de los cristales de sus gafas, consciente de que una afirmación tan categórica siempre precisa de cierto tiempo para ser digerida con inteligencia. Y bien, con estas tres simple palabras, o siete sílabas si nos ponemos puristas, consiguió colocar una audiencia escasa pero visiblemente comprometida –nadie lee poesía, decía Fabio Morábito– en esa esfera tan incómoda que solemos llamar pensamiento lateral. Y no es que sus huesos estuvieran más entumecidos que los nuestros, agredidos por esa naturaleza caprichosa que nos vemos obligados a soportar con estúpida resignación, sino que había sido capaz de esbozar de una manera tan sencilla como certera las intenciones que todo poeta debería albergar. Porque la realidad agrede, sí, y ante tan infausto agravio al poeta no le queda otro remedio que escapar del espectro de la realidad para mostrarnos sus méritos –que los tiene–, pero también sus muchas miserias. 

Martin Heidegger decía que el hombre había venido al mundo para estar en él, que la realidad era el lógico invento de un hombre demasiado frágil para aceptarla sin quejarse del vacío en el que alguien, posiblemente un demiurgo celeste muy aficionado a los dados, le obligaba a transitar. Una vez comprendida esa nada que nos oprime con la potencia de un desfibrilador, lo único que nos queda es pensarnos a nosotros mismos en ese estar-en-el-mundo. Entonces, más allá de una realidad poblada de argumentos falaces, todo lo que le queda al poeta es combatir como pueda ese vacío constrictor, o cuanto menos aprender a convivir con él en cierta armonía para luego ser capaz de procurarnos un asomo de clarividencia, ni que sea, un hogar en el que calentar el caldero de nuestros sueños sin que el viento apague las brasas. Porque además de esos términos con que suelen llenarse la boca quienes aparentemente dominan el cotarro –la mayor parte de las veces pseudointelectuales y políticos cuya autodivinización resulta casi grotesca–, como libertad, centralismo, orden o progreso, felicidad o estética, hay muchas otras barritas dietéticas antiaging producidas con la perversa intención de eliminar falsamente esos kilitos de más que atesora nuestra conciencia después de tanta penuria. Y digo todo esto consciente de su tonalidad demagógica, de la facilidad con que puede uno ponerse trascendental en un mundo lleno de complementos insustanciales. 
Sin embargo, ¿no será eso lo que trata de comunicar un poeta? ¿No estará tratando de llenar ese vacío con argumentos verdaderos para permitirnos ser algo más que ovejas imbéciles –ovejas que sueñan sueños galácticos, diría Philip K. Dick–? ¿No será la suya una manera de convertir la nada en una sustancia lo suficientemente densa como para que florezca en ella una conciencia menos angustiada? En definitiva, ¿no serán sus versos la tierra con que se llenan las macetas para que surja la vida? “La poesía vendría a ser el pensamiento supremo por captar la realidad íntima de cada cosa, la realidad fluente, movediza, la radical heterogeneidad del ser”, decía María Zambrano. Posiblemente Jesús no tenía ninguna intención de aburrirnos con consideraciones demasiado pesadas para la tarde de un día laborable. Pero cuando conseguí alzar la vista hacia el público, después de pensar largamente en aquello de que la realidad agredía, ya nadie se frotaba las manos.  

Estoy cansado de ser alguien parecido a sí mismo cada día

...reza el primer verso del poema La eternidad. Qué manera precisa de materializar uno de tantos pensamientos que suelen rondar por mi cabeza con la vaga consistencia de una niebla madrugadora. Porque Jesús Aguado –y eso ya se intuye desde el primer poema incluido en esta antología, La insomne– se ha erigido en una suerte de trovador del inconsciente, un hombre que ha entendido algo fundamental: quienes duermen son los otros, y el poeta el único que vive la  realidad. De ahí que recele de esa imagen que suelen proyectar los espejos.

Su cuerpo era su cuerpo y además
el laberinto de mis manos: cuando la amaba
no buscaba el placer; buscaba al minotauro de mi vida,
un monstruo que se llama, según todas las crónicas, tristeza.
Mi cuerpo era mi cuerpo y además
una imagen del tiempo: me abrazaba
como quien lanza a la pared cien relojes de arena
en cada uno de los cuales dejó enterrad algo de sí mismo*.
o
Como el hermoso espejo
que tiene un marco de oro
                                         tachonado de joyas
(diamantes, esmeraldas y rubíes),
in espejo pensado para reyes
que, dormido en un sótano,
ya solo en él se miran
                                  arañas y ratones,
muebles desvencijados,
                                     el polvo y la humedad.
Vikram Babu pregunta:
                                    ¿como quien?**

La fugacidad, la identidad, el vacío; el vacío que deja el transcurso del tiempo, incluso el presente; términos y expresiones que no encajan en las manos de esos pseudointelectuales de que hablábamos antes, pero que Jesús Aguado sabe transformar con su inacabable paleta de colores en un bosquejo de lo que somos, materia a merced del tiempo y del sueño.

Porque aún no es el tiempo de nombrar lo invisible
ni de amarlo,
                    las barcas, las gaviotas, las rocas
(que rompen en las olas y avanzan imparables
hacia el centro de sí),
                                 todo vuelve sin prisas para darle
otra forma al olvido, no para rescatar
el cuerpo que era entonces –y que llamaba, ingenuamente, luz–,
sino para salvar el cuerpo que ahora soy
–éste que llamo cuerpo sin más, tal vez ingenuamente–
de ese alguien que me mira con triste indiferencia
desde mis ojos**.    

Jesús Aguado recela de la imagen que ese inmenso espejo situado en el centro neurálgico de una gran urbe, tal vez en Times Square, o en la Place de la Concorde o en Picadilly, proyecta con la ambición de saber resumirnos en un anuncio de televisión , en el que proliferan muñecas escuálidas y titulares sacados de un manual publicitario. No nos parecemos en nada a lo que nos dicen que somos, sino a un cuerpo que busca incesantemente completarse con los recuerdos de aquello que fuera en otro tiempo, en un trayecto en el cual la memoria actúa como catalizador   de la paz, como garante de cierta armonía en el olvido. 

entonces de repente soy un catus
una deflagración de espinas
esta carne sin sed que avanza por el páramo
husmeando a las hienas
y las minas de zinc abandonadas
buscando al que será para darle su leche
y la inmovilidad que es la flor del vacío
soy un cactus que busca al que seré    

Estos versos pertenecen a su maravilloso poema dedicado a La metamorfosis de Ovidio, un poema cuyo título expresa muchas de las preocupaciones poéticas de Aguado. Como decíamos antes, la identidad, la fugacidad o el olvido. El autor de La insomne –porque esta no deja ser una obra suya, a pesar de que Cilleruelo haya interpretado con creces su papel de antólogo****– consigue aprehender en tan solo dos líneas el tiempo pasado de Marcel Proust y el tiempo presente de Franz Kafka. Ambos confluyen sin saberlo en apenas dos versos para permitir que el autor de En busca del tiempo perdido saboree su magdalena de manos del mismísimo Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kafka. Lo que soy. Lo que seré. Dejemos que ambos cactus se busquen el uno al otro. O que convivan en un mismo cuerpo, como en su poema Lo que dices de mí.

Lo que dices de mí
                              eres tú misma,
eres tú de repente bifurcada,
una parte de ti que se queda a tu lado,
otra parte de ti que se viene conmigo.

Jesús Aguado moldea sus poemas con la mano virtuosa de un prestidigitador. Entra y sale de ellos cuando conviene, erigiéndose a la vez en autor y protagonista, a veces incluso en personaje secundario, o en observador imparcial. Y sabe hacer uso de la paradoja sin recurrir a la comicidad, con inteligencia, como si su lengua fuera el cuchillo con el que afila sus versos. Y de esa lengua afilada, o de esa pluma humedecida por la incontinencia de una lengua afilada, ha surgido una obra incisiva, inteligente, reveladora. Casi necesaria.
Aquí dejamos una muestra para que valoréis vosotros mismos. Para que nos digáis si creéis formar parte de las ovejas durmientes o de los insomnes, de los pacientes crédulos o de los perros románticos. 

De El suicidio del flamenco, unos versos imprescindibles:

Un flamenco aletea en medio del poema
o en un cuaderno de bocetos
(…)
: sabe
que quien le ha puesto quiere utilizarle
para decirnos algo, y empieza a no gustarle.
Aletea, aletea, quiere rasgar la página,
Se siente perseguido por un significado

De el poema El saltador:

es el mundo el que salta, no es el hombre:
esa bola que rasga la seda de la tarde
desnudándolo todo no es un hombre:
es el molde de un hombre, un recipiente
vaciado de un hombre y luego vuelto
a llenar con el cauce, las raíces, la tierra:
es el hueco dejado por un hombre
para darle un cobijo a las cosas del mundo.


Y, finalmente, el poema La insomne  en su versión completa, para comprobar la sensatez con que Jesús Aguado ha sabido forjarse su propia identidad como poeta, como “alguien que cuida el sueño de los que sí duermen para que estos no sean devorados por los que sueñan”. Para que no permitamos que la realidad nos agreda.

vigilaba sus pasos
porque andaban sin ella por las noches
y no siempre querían
encontrar el camino de regreso

sus pasos arriesgándose en el telar de las luciérnagas
sus pasos apostándose a sí mismos
    en las mesas de póker
sus pasos
saltando entre la frente y pistola
    entre el raíl derecho y el izquierdo
entre el puñado de pastillas y el frasco de cristal
del suicida veloz
sus pasos por las calles como ratones de laboratorio


*Fragmento de El reloj de arena.
**Fragmento de Como el hermoso espejo
***Fragmento de Cabo de Trafalgar. Leyendo los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot
****Sergio Gaspar, fundador de la tristemente extinta editorial DVD, afirmó en la presentación de La insomne en Barcelona que se trataba de una obra de creación, que no era una mera selección de los poemas más representativos del autor antologado sino una obra en sí misma. Debemos agradecérselo a Jesús Aguado, al antólogo José Ángel Cilleruelo, y al buen hacer de la editorial Fondo de Cultura Económica, una de las pocas que se mantiene pura en este contexto editorial tan promiscuo que nos ha tocado vivir en los últimos tiempos. 

  




1 comentario:

  1. Jesús Aguado, qué gran poeta. Y cómo cambia de un libro a otro.

    Saludos.

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