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miércoles, 19 de febrero de 2014

LA HABITACIÓN OSCURA, de Isaac Rosa


No te quedes ahí. Vamos, entra, ya estamos todos. Tras la cortina, la puerta: está abierta, solo tienes que empujarla, mientras en tu espalda pesa la tela que se cierra dejando atrás la escasa luz del pasillo. La puerta cede sin esfuerzo, y al avanzar un par de pasos sientes que la oscuridad se ha solidificado en tu cara, áspera (…) al llegar tenemos el reflejo primerizo de girar la cabeza en todas direcciones buscando ese mínimo rasguño de luz que las pupilas necesitan para reconstruir el mundo, para dar un espacio al límite, pero no hay nada. No es oscuridad absoluta porque sabemos que no existe tal cosa, es el ojo quien no consigue ver esa mínima luz que permanece en la sima más profunda como un brillo residual e indestructible. Pero esto es lo más parecido al absoluto, no hemos conocido oscuridad igual en otra parte aunque lo intentásemos.


Bien. Tras un inicio así, uno podría creer que está jugando a una versión literaria del Crimson Room, y que en cualquier momento una voz en off interrumpirá la consabida melodía inquietante para ordenarnos que pulsemos con el ratón el interruptor de la luz, y que nos enfrentemos por fin sin temor a esa habitación cerrada a cal y canto de la que solo es posible escapar resolviendo ciertos acertijos. O que estamos ante una de aquellas novelas o guiones juveniles que, a finales de los 90, dieron pie a toda un género de la cinematografía española –Abre los ojos, El arte de morir, etc..–. Sin embargo, ni la habitación está cerrada, ni nos encontramos frente a una “novelucha” de misterio cuyo único objetivo es plantearnos un enigma para ofrecernos la solución al cabo de trescientas páginas de lectura desesperada, ni Isaac Rosa pretende postularse como candidato a escribir el guión de la próxima película de David Lynch, el célebre autor de Twin Peaks o Mulholland Drive. Al contrario. Estamos en una habitación oscura –porque ya hemos entrado en ella, tal y como se nos pedía– a la que solo se acude para encontrar refugio y alrededor de la cual Isaac Rosa, uno de los narradores más notables de la narrativa contemporánea en español, ha construido una metáfora de nuestro tiempo inquietantemente precisa. Una habitación en la cual cualquiera de nosotros podría olvidar durante unos minutos quién es y a cuántos inconvenientes deberá enfrentarse cuando salga al exterior. Un lugar en el cual la oscuridad nos permite despojarnos de una identidad sobrellevada con demasiadas penurias, casi con fastidio, y donde podemos renunciar a los efectos más perniciosos de nuestra malformada conciencia para restituirnos cierta paz. En definitiva, un reducto en el que detener las manecillas de nuestro reloj vital para dejar de ser nosotros mismos. Por supuesto, quienes deciden prescindir de toda luz en esa habitación tienen una buena historia que contar. Y eso es lo que hace Isaac Rosa en La habitación oscura (Seix Barral, 2013): contarnos su historia.

Aquí no éramos nadie, desaparecíamos, y eso nos hacía audaces

Todos conocemos la caverna de Platón. Todos hemos acabado incorporando a nuestro credo filosófico, eso que nos permite enfrentar con cierta fe nuestra rutina diaria, una idea tan antigua como el fuego. La luz es vida, sabiduría, esperanza, y la oscuridad miedo y desconocimiento. La luz nos acerca al cielo y la oscuridad al infierno. Incluso las religiones han acabado apropiándose de ese aforismo. ¿Acaso Jesucristo nació un 25 de diciembre? En absoluto. Los mandamases de la iglesia romana escogieron aquella fecha, allá por el siglo IV, para simbolizar la victoria del Cristianismo frente a “las tinieblas del paganismo”: el nacimiento de Jesucristo, apenas tres días después del solsticio de invierno –es decir, el día en el que la noche es más larga y en el que los paganos celebraban las Saturnales–, marca el momento en el cual el hombre comienza a vencer esa oscuridad en la cual habita el maligno, a procurarse algo más de virtud y conocimiento a través de una luz ufana y resplandeciente. Con un objetivo parecido –aunque, desde luego, mucho más válido desde un punto de vista epistemológico, y alejado de todo ridículo misticismo–, Platón trazó varios siglos antes la trayectoria que debía seguir el hombre para trascenderse a sí mismo, para dejar de ser un animal ignorante y descubrir por sí mismo la verdadera sustancia de su existencia. La luz era fuente de conocimiento, de sabiduría… de salvación. Y tal vez por eso mismo los protagonistas de La habitación oscura, un grupo de amigos asediados por una realidad agresora –“la realidad agrede”, dice el poeta Jesús Aguado–, acaban regresando a la caverna. Para procurarse algo de felicidad a través de la ignorancia.

(…) y en el centro de todo está la habitación oscura, en cuyo interior se congela ese tiempo que afuera ha enloquecido, aunque podemos imaginar el mismo frenesí en los cuerpos que entran y salen, se retuercen por el suelo, cruzan rodando de un extremo a otro y vuelta, se visten y desvisten, se sientan en un lateral para en seguida levantarse, chocan al entrar uno cuando sale otro, se agrupan y disgregan, dos, tres, quince, uno, nadie, dos, uno, cinco, nadie; solo lo imaginamos, porque esta oscuridad maciza es lo único que permanece inalterable mientras en el exterior los trenes circulan a tirones entre las estaciones, los aviones acuchillan el cielo en todas direcciones, la noche y el día encienden y apagan farolas y neones, suben y bajan persianas y toldos para quienes duermen, despiertan, duermen, despiertan.

Dicho todo esto, el argumento es más o menos previsible. Tras experimentar todas las posibilidades eróticas de un súbito apagón en el salón de su guarida festiva, alquilada para compartir sus fechorías nocturnas durante los fines de semana, un grupo de amigos cuyos miembros están llegando ya al ecuador de sus veinte decide convertir el trastero en una habitación oscura en la que practicar esos juegos carnales con la misma desinhibición. Por supuesto, lo único que buscan en ella al principio es procurarse un lugar en el cual manosearse mutuamente en completa legalidad, sin mancillar parejas ya establecidas –pero que esconden deseos inconfesados– ni marginar a quienes sobrellevan un físico menos agraciado. En la habitación oscura prevalecen unas reglas mucho más democráticas y honestas que las que los coartan en el exterior. Quien quiere batalla puede desplazarse al centro y dar rienda suelta a sus más alocadas perversiones, y quien quiere un lugar en el que digerir en paz su borrachera puede colocarse en un extremo. La única regla que compromete a todos y cada uno ellos es la del silencio. Nadie puede hablar mientras permanece entre esas cuatro paredes invisibles. Nadie puede identificarse a través de su voz como éste o aquel, ni siquiera para dejar claro que tiene pelos en la barbilla o los labios pintados. Y aunque a partir de esta premisa se abre un evidente inmenso abanico de posibilidades, al final lo que había comenzado como una aventura puramente erótica acaba convirtiéndose en una inevitable vía de escape. Como el exterior no parece respetar aquella tregua ficticia, todos los integrantes de esa habitación tan particular deben enfrentarse a las dificultades de sus relaciones amorosas, a la frustraciones de sus carreras profesionales, a la firma de hipotecas, contratos laborales, facturas de viajes exóticos, matrimonios o libros de familia, pero también la liquidación de esas mismas hipotecas, finiquitos, divorcios devastadores, declaraciones de insolvencia y certificados de defunción prematura. La agresividad con que los acoge la vida nada tiene que ver con la eterna promesa de felicidad de una sociedad demasiado ciega para prever su inevitable extinción. O, peor que eso, ninguno de ellos ha tenido el valor de comprender que toda promesa escuchada en su ingenua juventud no era más que una mascarada, un crédito vital pagado con otro crédito, una burbuja inmobiliaria con forma de corazón, una huida hacia delante. Todos se han dejado seducir por las palabras melosas de los políticos psicomágos y de los vendedores de humo espiritual, y al final lo único que les queda para ser algo parecido a ellos mismos, despojados de esa incómoda vestimenta a que les obliga su condición de ciudadanos responsables, es la habitación oscura.               

Y pese a todo, pese a lo inevitable del camino emprendido, pese a la ligereza con que parecíamos cubrir etapas como transportados en una cinta mecánica, había momentos en que el juego de contrapesos temblaba, el chasquido se volvía zumbido persistente, una pinza cerrada en el pecho, una noche sin dormir y ansiedad y miedo y la vida era esto y el cansancio de lo mucho que todavía había que paladear y levantarse una y otra vez y no llorar y seguir subiendo y empujar y no caer al ser empujado y los lunes y los hijos y las recompensas efímeras y la fantasía de dejarlo todo y cambiar de vida ahora que estabas a tiempo y marcharte a otra ciudad, a otro país, a otro idioma y renunciar a los frutos rojos, y al viento en la visera y a la cabaña y su insoportable cielo podrido de estrellas.

La prosa de Isaac Rosa atesora lo mejor del Javier Marías más ágil y visual, y del José Saramago menos reiterativo y moralizante. Se construye a partir de frases que fluyen como un torrente desbocado, sin apenas dejar tiempo para la respiración, de tal manera que no tenemos otra opción que diluirnos en ella, mojarnos en ese caudal prodigioso de ideas y emociones para que toda su fuerza cale en nuestros huesos. Y aunque comprendo que a muchos lectores les incomode ese ejercicio de mimetismo –incluso alguno podría sentirse agraviado innecesariamente–, a mí me parece una manera definitiva de corporeizar la historia de esos incautos protagonistas, de hacer sentir a los lectores sus mismas penalidades. Al alternar distintos sujetos consigue que nos metamos de lleno en la historia, que la sintamos como propia. Su voz es la de todos y cada uno de sus protagonistas, juntos o por separado, pero es también la suya y la nuestra. Y el manejo de los tiempos prodigioso, cual relojero suizo manejando las manecillas según conviene. Ahora muestra la historia en perspectiva, ahora se detiene para mirar atrás y concentrarse en un detalle minúsculo aunque imprescindible, como si al habernos metido en una habitación oscura sintiera la obligación de prestarnos sus ojos.
La narrativa de Isaac Rosa es voluptuosa, es visceral, busca inflamar nuestras células grises para que adquiramos algo de conciencia sobre nosotros mismos, y revolvernos de ira si es necesario ante la amenaza de convertirnos en simples cucarachas. Isaac Rosa es el nuevo Kafka de la literatura contemporánea en castellano, y La habitación oscura la interpretación personal de una realidad demasiado vigente como para ser ignorada con la misma desidia con que solemos hojear las páginas de los periódicos.

Leed esta novela. Os hará bien.    

                

1 comentario:

  1. Lo haremos, lo haremos desde luego, nos has convencido. Felicidades por la reseña, me descubro ante tu vasta cultura y dominio del lenguaje. Me parecen geniales las expresiones "políticos psicomágos" y "vendedores de humo espiritual"
    Saludos cordiales

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