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jueves, 16 de enero de 2014

Jeremías Gamboa lo cuenta todo


Desde hace mucho tiempo he intentado infructuosamente convertirme en alguien que escribe un libro o he intentado vivir como alguien que escribe uno o como creía que tendría que vivir alguien que lo hiciera pero durante más de diez años no he escrito una sola línea que me gustara. Hasta hoy. Ahora hay un tibio sol afuera, es setiembre, es miércoles, y yo estoy en Santa Anita, vestido con una camiseta cualquiera y en short, en sandalias. Y ahora, recién salido de la ducha, me doy cuenta perfectamente de que esto es, al fin, el inicio de algo, o de todo, la llegada del día preciso para que algo así sucediera, para contarlo todo.



Cerramos el 2013 con una lista de cincuenta novelas cuya lectura consideramos casi obligada para cualquier lector que desee contemplar en perspectiva la literatura de los últimos 150 años. Ahora, al comenzar esta reseña, se me ocurre que otra lista interesante podría señalar algunos de los autores que, en ese mismo período, o incluso en otro mucho más extenso, nos hablaron abiertamente de sí mismos y de sus vidas a través de sus novelas. En ella no podrían faltar John  Fante o Charles Bukowski, siempre dispuestos a airear sus experiencias y pensamientos más oscuros y extravagantes a través de una literatura vivencial absolutamente descarnada; o algunos de aquellos escritores malditos que conformaron la generación beat a finales de los 50 y principios de los 60, como Neil Cassidy, Jack Kerouac, William S. Burroughs o Allen Ginsberg –quienes ya utilizaban el término hispter, como Ginsberg en su largo poema Aullido–, jóvenes irreverentes cuya “escritura de la mente” pretendía proclamar una literatura totalmente sincera y auténtica, alejada de los clichés más convencionales; o incluso otros escritores mucho más cercanos culturalmente como Jorge Semprún, Juan Goytisolo o Enrique Vila-Matas, cuya voluntad de protagonismo contiene algo de narcisismo, no lo negamos, pero que es también la expresión de un temor angustiante y por lo tanto muy humano: su escritura es casi una pulsión contra la muerte y el olvido. Cada uno de ellos adaptó el recurso de la autoficción a su propia voz, a sus propios medios expresivos y recursos narrativos, y casi seguro que lo hizo con un objetivo radicalmente distinto al de sus compañeros de aventura, aunque no tuvieran conciencia de estar haciéndolo. Gracias a sus libros, las extravagancias de Fante y Bukowski se nos aparecen cubiertas por una pátina de ternura, revestidas de un candor infantil que nos permite mirarlas de otra manera a pesar de su contundencia. Sus historias son gritos lanzados desde la desesperación para que alguien situado fuera de esa gigantesca masa de hombres perversos que tanto los oprimía supiera de su existencia. “¡Eh, vosotros! ¡Existo en este mundo! ¡Soy alguien!”, parecen reivindicar aún desde su voluntaria marginalidad. Los beats no se contentaban con lanzar gritos hacia un cielo empolvado de miseria y frustración, sino que pretendían ocuparlo, protagonizarlo, elevarse sobre los rascacielos de Manhattan y de San Francisco para sacudirse la pútrida mediocridad del hombre moderno y arrastrar en su viaje psicodélico a las generaciones perdidas. “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, reza el primer verso de Aullido, ese poema seminal de toda una generación. Y los Semprún, Goytisolo o Vila-Matas, ya lo decíamos antes: buscan una pequeña parcela de atemporalidad en una existencia irremediablemente abocada a la extinción. Tal y como otro autor hasta hace muy poco desconocido en España nos contaba su vida, pues el Stoner de John Williams es un buen  ejemplo de cómo la autobiografía camuflada bajo el fino velo de la ficción puede acercarnos la mejor literatura.  

Dicho esto, la autoficción ha sido siempre una corriente discutida. Hay quienes defienden a capa y espada que la novelística de ficción se limite a realizar aquello que su propio nombre indica, es decir, “ficcionar” sobre personajes creados por la imaginación de los escritores de tal forma que su existencia solo adquiera una consistencia real en la mente de los lectores. Y en la de los escritores, por supuesto, que difícilmente pueden sacarlos de su cabeza una vez han entrado a formar parte del imaginario popular, o incluso cuando permanecen exiliados en las páginas de un relato jamás publicado. Cada vez que escucho a alguno de esos paladines de la ficción pura me vienen a la cabeza diversas preguntas. Si aceptamos que la buena literatura sabe explicar muchas veces la vida mucho mejor de lo que esta se explica a sí misma, ¿no deberíamos dejar que los escritores nos “expliquen” a nosotros mismos de la manera que ellos consideren más adecuada? ¿Existe trampa en hacerlo a partir de personajes notoriamente inspirados en ellos mismos? ¿Dónde radica una frontera clara entre un personaje “inspirado en” y un personaje autobiográfico? ¿No contiene cualquier personaje algo de su creador? Y luego, si le concedemos al escritor el mismo privilegio que él nos ha concedido a nosotros, ¿no deberíamos dejarle que se explique a sí mismo como le venga en gana? ¿No encarnarán esos alter ego fantianos, bukowskianos, vilamatasianos o ginsberguianos una identidad mucho más real y consistente que la que ellos sienten al enfrentarse a un espejo? Todas ellas son preguntas de difícil respuesta pero por las que vale la pena disertar. Nosotros creemos que la elección del método por parte del escritor es asunto suyo, y que somos nosotros como lectores los que debemos “limitarnos” a escuchar su voz para sacar algo en claro sobre muchos aspectos de nuestras vidas, sin fijarnos en su hoja de ruta o en su trayectoria vital. Un libro siempre habla por sí mismo. Tan indiscutible es este axioma que incluso esos mismos paladines de la ficción pura han acabado reverenciando el Stoner de Williams, por poner un ejemplo claro y contundente –y de ahí que lo sacara a colación–.
Dicho esto, vayamos a lo que verdaderamente nos ocupa.

El párrafo que sirve como inicio de este artículo pertenece a la primera página de Contarlo todo (Mondador, 2013), la primera y flamante novela de Jeremías Gamboa (Lima, 1975), la nueva promesa de la literatura peruana. Digo flamante porque se presentó en la última FIL de Guadalajara con bombo y platillo y todo lujo de atenciones, y porque contó con el inesperado apadrinamiento de Mario Vargas Llosa. Por supuesto, de este apoyo se han dicho cosas muy negativas –ya conocemos la mala sangre que fluye a veces por el universo editorial–. Jeremías Gamboa es la nueva apuesta de la agencia de Carmen Balcells, la misma que representa a Vargas Llosa desde que la propia Carmen decidiera pagarle un sueldo fijo para que se dedicara por completo a la escritura, allá por los años sesenta. A partir de aquí las conjeturas están servidas: que si el apoyo del Nobel peruano es puramente nominal, consecuencia de una sempiterna deuda comercial; que si la “primera agencia” está buscando desesperadamente nuevas apuestas narrativas capaces de salvarla de su supuesta decadencia; que si el antiguo sello Mondadori, ahora Literatura Random House, está reclutando las voces más arriesgadas de la literatura contemporánea para erigirse en una suerte de sello “modernillo” por excelencia (hispter, si se me permite); y, finalmente –y esto tiene todo que ver con la reflexión apuntada al inicio de la reseña–, que si Gabriel Lisboa, el protagonista de la novela, es un Jeremías Gamboa sin mayores matices ni complementos. Es decir, él mismo en carne y hueso hablándonos de su propia experiencia como escritor. De todo esto, ni caso. La crítica solo sirve como complemento a la lectura, nunca puede pretender influenciarla. Así que nosotros hemos ido a la librería a comprar este libro, Contarlo todo, con la misma ilusión con la que emprendemos cualquiera de nuestras aventuras lectoras. Y el resultado ha sido francamente bueno.

Gabriel Lisboa es un estudiante de Comunicaciones en la Universidad de Lima, la escuela superior más prestigiosa del país a la que acuden, como dice el propio libro, los hijos de los empresarios y de los políticos. Sin embargo, Gabriel está muy lejos de pertenecer a esa comunidad de niños mimados entre algodones que acuden a las clases a bordo de los carros de sus padres, vestidos de punta en blanco, y cuyos veranos transcurren ligeros en Estados Unidos, Europa o en la comodidad de sus condominios de las Playas de Asia o de San Bartolo, donde ni siquiera sus sirvientas tienen derecho a darse un mísero baño o a dejar que el sol les tueste la piel aunque sea tan solo durante unos minutos. Él vive con sus tíos en Santa Anita, un barrio popular de la periferia de Lima, y debe acudir a sus clases enlazando varios colectivos (autobuses) y ataviado con las prendas de ropa gastada que le remienda su tía. Si puede hacerlo es gracias al sistema de préstamo ofrecido por la Universidad, y a la posibilidad de estudiar gratuitamente si obtiene la mejor calificación de su curso. Por supuesto, la vida de Gabriel no es nada fácil en estas circunstancias. Debe lidiar diariamente con ese complejo de clase que le impide relacionarse con sus privilegiados compañeros –disimulando incluso sus trabajos de verano en la pizzería en la que su tío trabaja como mozo–, batallar semestre a semestre para no perder la beca, e incluso enfrentarse a las consecuencias físicas de su latente inseguridad: un acné tardío cuyos efectos quedarán para siempre grabados en la piel de su rostro como si fuera una “serpiente de lava reseca”. 

Todo cambia con la irrupción en su vida de dos personajes completamente alejados de su realidad social: Francisco De Rivera, subdirector de una de las revistas más prestigiosas del país, y Santiago Montero, un joven de clase media-alta volcado en su afición por la poesía gracias a la satisfecha connivencia de dos padres “culturetas”. El primero le brinda la oportunidad de cumplir con unos de sus mayores objetivos: emplearse en algo que le permita utilizar su cabeza, que no le obligue a realizar trabajos físicos encaminados a satisfacer los caprichos de quienes parecen haber nacido para ser servidos por gente como él. El segundo, le abre las puertas de la literatura, un mundo desconocido para él en el que, de alguna manera, se siente más cómodo que en ningún otro lugar. A partir de este punto, dos vidas muy distintas parecen cernirse frente a él, dos objetivos muy dispares: la de un periodista de éxito que gracias a su talento consigue deshacerse de los vestigios de una vida cuyo destino parecía abocado a la miseria, incluso de su vida en Santa Anita, y la del artista permanente angustiado por la imposibilidad de materializar el caldo creativo que bulle en su interior, que le obtura la garganta como si estuviera digiriendo de golpe un kilo de anticuchos. En algún momento descubre que ambas vidas son incompatibles.  

Vivía de espaldas a todos, aturdido por la paradoja de tener casi todo lo que había deseado cuando ingresé en la universidad y de sentir que ese todo era el causal directo de mi desdicha.

Y es en ese mismo momento cuando decide contarlo todo, cuando descubre que todo lo que ha aprendido sobre cómo “unir palabras” para escribir nítidos y reveladores reportajes puede utilizarlo para ir un poco más allá, para hacer literatura. Aunque para hacerlo se vea obligado a renunciar a muchas de las cosas que tanto él como su tío habían ambicionado con fiereza para su futuro: la promesa de un trabajo y un sueldo estables; la vista del Pacífico desde su cómodo apartamento en Miraflores; el éxito mundano a través de su vertiginosa carrera periodística… Entonces la batalla que debe librar ya no es contra sus orígenes o sus complejos, sino contra esa voz que desde un lugar imperceptible de su conciencia le anima a satisfacer aquellos anhelos que él mismo, en completa libertad, ha acabado fabricando en su interior. Escribir. Escribir es la consigna. Pero escribir algo que vaya mucho más allá de la propia escritura. Encontrar una voz que sepa explicar todo lo que acumula dentro.

Entonces yo hago. Leo lo que he escrito y me digo que es necesario empezar a narrar ya, empezar a contar desde alguna parte toda esta historia que tengo incrustada en la garganta. ¿Qué historia? Pues la mía: no tengo otra historia que contar. Solo puedo contar mi historia porque es todo lo que tengo a estas alturas de mi vida y porque solo yo puedo contarla.

Contarlo todo es posiblemente una novela de iniciación, un tour de forcé mediante el cual su autor, Jeramías Gamboa, nos muestra un camino honesto a través del cual alcanzar la armonía sin artificios ni consejos baratos de psicomago, en el que, a medida que se unen, las palabras van adquiriendo sustancia para moldear la figura de un escritor sacado de sus propias entrañas. Es también una historia de amor en la cual no sirven los dictados de la conciencia, esas necesidades latentes que nos arrastran a veces a relaciones cuya única misión parece la de tapar agujeros con parches, o vernos a través de los otros como nunca habríamos osado hacerlo. Es una crónica veraz de una sociedad anclada aún en una lucha de razas y clases casi decimonónica, en la que un joven nacido en Santa Anita difícilmente podrá abrirse paso en los círculos económicos o incluso culturales. Y es, finalmente, una historia de amistad entre cuatro amigos obsesionados con la literatura –los mostros– cuyo nexo es mucho más poderoso que cualquier avatar que la vida les tuviera preparado. Juntos avanzan por ese camino cenagoso con la seguridad de estar haciendo lo correcto, de que la voz de César Vallejo, Antonio Cisneros o Jorge Eduardo Eilson, sus poetas más reverenciados, pervivirá con ellos para procurarles un reducto en el cual dar rienda suelta a sus verdaderas ensoñaciones. Todo esto nos lo cuenta Gamboa con una voz potente y vertiginosa, que parece salida de debajo de la corteza que lo cubre con la fuerza de un volcán. Y en esa potencia existe también espacio para la ternura y para la reflexión pausada.

No he podido evitar, en cualquier caso, intuir los ecos de otras novelas vivenciales en los capítulos de Contarlo todo, el rastro de otros personajes muy conocidos que luchaban contra viento y marea para procurarse un lugar en el mundo. Sin embargo, en este sentido tal vez sea cierto aquello que dice uno de sus personajes, Saúl Vegas: “Después de leer ese libro (Guerra y paz) me di cuenta de que (…) todos juntos escribimos apenas un solo libro total”. A fin de cuentas, todos emprendemos esa misma lucha en algún momento de nuestra vidas, y la de Gabriel Lisboa constituye un capítulo que merece formar parte de ese libro total. Pero no porque la suya ha sido hasta ahora una vida extraordinaria, sino porque ha sabido verla con los ojos escrutadores de un buen escritor. Luego tampoco me ha resultado fácil aislar su estilo para no relacionarlo con el del propio Vargas Llosa o con el de Bryce Echenique, los dos espadachines más célebres de la literatura peruana contemporánea. Sin embargo, aún cuando apenas he conseguido liberarme de mis prejuicios –o precisamente gracias a ello–, no he conseguido encontrar nada que me remitiera a su estilo en la prosa igualmente esmerada y sutil de Gamboa. Aunque para el caso él ya tuviera preparada una coartada más que aceptable. “Está mal cuando te la prestas (la voz narrativa) de los mediocres”, le dice Santiago Montero en una ocasión. Desde luego, tanto si responde a una estrategia defensiva como si se trata de un homenaje literario, queda claro que Gamboa ha sabido llenar todos los espacios vacíos de su novela.      

Posiblemente Gabriel Lisboa sea el propio Jeremías Gamboa con el nombre cambiado, y sus compañeros de relato los mismos que le han visto crecer primero como redactor periodístico y luego como escritor de narrativa. Sin embargo, como decíamos antes, ¿quiénes somos nosotros para negarle a Gamboa el privilegio de encontrarse a través de su propia literatura? ¿Por qué conocer sus referencias vitales ha de obrar necesariamente en detrimento de la voz de su personaje? Contarlo todo, como cualquier novela, habla por sí misma.       

Lo único que nos falta para considerarla una referencia imprescindible de la literatura contemporánea es que Gamboa sepa explicarnos el resto de su vida con la misma fiereza y honestidad, ya sea a través de un alter ego o de un personaje sacado de la nada. De eso se trata, de tener algo importante que contar. Y de contarlo tan bien como hace él en esta primera novela.
             


1 comentario:

  1. Muy buen post. "Contarlo todo" más que una obra de moda, es una obra para disfrutarse.Seguiré leyéndolos.

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