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martes, 28 de enero de 2014

DIVORCIO EN EL AIRE, Gonzalo Torné


Fuimos al balneario para salvar lo que quedaba de nuestro maldito matrimonio. Sólo con ese propósito me metí en aquel Citroën rojo alquilado, con un cambio de marchas tan duro que podías salirte de la carretera en cualquier desvío, y me puse a negociar curvas bajo la atenta mirada de esos pueblos medievales que en Cataluña brotan de los campos como setas de piedra. (…) Durante el trazado de una curva inesperadamente amplia que se abría a la derecha pude ver a Helen por el retrovisor mordisqueando su dedo índice y con su mirada azul clavada en el cigarrillo que sostenía fuera del coche para no molestar a su padre con el humo. El niño que mascaba chicle en el asiento trasero apenas podía disimular (por el diseño de las mejillas, por el corte generoso de los labios) que era una versión más estilizada y vivaz de algunos genes combinados de los padres de Helen, entre los que iba sentado. La carretera se estrechó en un camino que descendía hacia una zona boscosa, empecé a oír los bultos del equipaje dando botes en el maletero.



El barcelonés Gonzalo Torné fue una de las más gratas sorpresas del curso literario 2011 al ganar, con su segunda novela Hilos de sangre (Mondadori, 2010), el Premio Jaén de Novela –un certamen organizado por Obra Social de Caja Granada que hasta 2012 era publicado por Mondadori, ahora por Almuzara, y cuyo principal objetivo es dar la alternativa y promocionar nuevas voces de la narrativa hispanoamericana. Tres años después, en otoño de 2013, llegaba a las mesas de novedades Divorcio en el aire, la novela que debía confirmar su enorme potencial. Es decir, consagrar el status adquirido tras un primer éxito de crítica y público. Con lo cual analizarla no es tarea fácil, pues la condescendencia con que suelen leerse las primeras obras se transforma, en el caso de las “segundas” –las de la confirmación– en una peligrosa prudencia. Aquel famoso tópico de que lo más complicado no es alcanzar la cima, sino mantenerse en ella, actúa en estos casos como un prejuicio difícil de sortear. Ya no consideramos al autor como un novato cuyas nobles intenciones deben ser consideradas bajo un cariño casi paternal –“no está mal para ser una primera novela”, suele decirse en estos casos si la cosa no pinta del todo mal–, sino con la misma exigencia impuesta a cualquier vaca gorda de la literatura. O incluso con una exigencia mucho mayor, pues los autores de primera línea suelen disponer de cierto crédito. 

En este sentido, lo primero que cabe decir es que Torné ha salvado el match ball con bastante oficio. Eso no quiere decir que Divorcio en el aire sea una novela magnífica. En realidad, deja a su autor en el mismo lugar en el que se encontraba tras publicar su opera prima: en el mismo que se merece una voz verdaderamente prometedora aunque aún lejos de su consagración definitiva. Así que Torné, con esta su segunda novela publicada en la liga de los grandes, confirma los mejores augurios pero sin acabar de subir un peldaño en su carrera como novelista. Vuelve a hacer gala de una prosa limpia y esmerada, que se nota salida de una paleta rica en colores y que resulta ágil aún sin perder la textura, y de una voz honesta que demuestra su capacidad para contemplar la realidad desde una óptica indiscutiblemente literaria. Sin embrago, de nuevo la sustancia de la historia resulta a todas luces demasiado inconsistente. Parece como si hubiera puesto sus mejores recursos narrativos al servicio de una idea germinada en una noche de juerga. Como si hubiera apostado con alguno de sus nuevos colegas del universo literario que sería capaz de escribir una historia parecida a la suya, y que la misma impronta etílica que lo había animado a hacerlo hubiera acabado dilatando el desarrollo de una trama que, muy a pesar suyo, conocía demasiado bien. Tan bien que casi parece no gustarle, y mucho menos divertirle.

Joan-Marc Miró-Puig (menuda combinación de apellidos ilustres) es otro niño de papá de finales de los ochenta enfrascado en una lucha feroz contra su propia identidad. Influenciado por la impronta de un padre con atributos de gentelman –heredero de una larga estirpe de industriales “de los de toda la vida”– y las crisis existenciales de una madre que no ha visto vida más allá de su cómoda y esperada maternidad, Joan-Marc debe procurarse un lugar en un mundo para el cual no parece hallarse preparado, a pesar de haberlo masticado desde niño. Lógicamente se licencia en Administración de Empresas en una escuela de negocios de prestigio para continuar en el futuro los negocios de su padre, vive una juventud de oro en el piso que su familia le ha habilitado en el centro de Madrid a poco de licenciarse, a sueldo de una de sus empresas, e incluso se atreve a desafiar su autoridad casándose con una americana de paseo por España. A partir de aquí, la trama transcurre entre desencuentros familiares dignos de la mejor burguesía barcelonesa, encrespada tras un telón forrado de conveniencia e hipocresía, y discusiones de pareja derivados de una evidente diferencia cultural y social. Helen, esa chica americana de líneas voluptuosas e irrechazables cuando entra en juego el reverso más sexualmente desprendido de Joan-Marc, no es más que una estudiante de Historia procedente de Montana cuyo orgullo de pertenencia a la cabaña del Tío Sam camina en paralelo a su escasez de finura, desde luego muy alejada de los estándares europeos. Mientras Joan-Marc ha aprendido a vestir adecuadamente camisas azul vincapervinca, Helen sigue evidenciando la falta de etiqueta propia de su herencia provinciana. De hecho, su vestuario no parece tener mayor objetivo que el de calentar al personal, aunque se trate de los amigos más mojigatos de su esposo (o sobre todo). Con lo cual quedan plenamente evidenciadas las diferencias entre ellos, aunque más tarde Torné, en un alarde descriptivo, acuda a nuevas figuras literarias para hacerlas más palpables.

Y bien, aunque la vida del protagonista acaba dando varios tumbos a nivel profesional y sentimental –de hecho, el texto del libro es una carta dirigida por él a su segunda mujer, mucho mejor moldeada en el plano intelectual, con la esperanza de saber explicarle las razones de su fracaso vital–, hay poco en ella que permita saborear una historia interesante. Es cierto que la voz de Torné resulta contundente y muy rica en imágenes, incluso brillante en algunos pasajes. Sin embargo, Divorcio en el aire nunca deja de ser la innecesaria descripción de las vivencias de un niño de papá con ciertas inquietudes intelectuales. Un niño que, de manera bastante comprensible a tenor de sus propias reflexiones, tan pronto se muestra orgulloso de su nobleza como desdichado por haberse criado en un ambiente demasiado frívolo –en función si debe o no encontrar una buena excusa para sus fracasos–. Un hombre que bien quisiera haber crecido en un hogar más rico en estímulos intelectuales, o cuanto menos anestesiado frente a la consabida verborrea de la clase alta barcelonesa, pero que sin embargo no hace nada por remediar su situación, por cambiar de ambientes. Un tipo más bien grotesco y lleno de lamentaciones cuyo discurso parece más encaminado a buscar reconocimiento en su desdicha que a pedirse perdón a sí mismo por tanta tontería –que es lo que debería hacer–.     

Pero tampoco creas que me paso el día lamiendo los bordes sensibles de las heridas, aunque las calles se prolongan un tanto desvaídas, cada vez falta menos para que recobren la vieja intensidad. Mi salud parece a ratos un garaje desordenado, pero no permitas que mi estrecha relación con el énfasis te confunda, el órgano del optimismo sigue lozano, rezumando sustancia entusiasta.   

Pero a pesar de que, en este sentido, el personaje está bien dibujado, da la sensación en todo momento de que se hubiera sentido mucho más cómodo en otra trama, como si creyera estar desaprovechando con este guión sus mejores recursos interpretativos. Es un personaje de Antonioni perdido en una tragicomedia norteamericana.  

A veces da la impresión de que Torné siente la necesidad de redimirse de un pasado cuya naturaleza le desagrada profundamente, de que con esta novela pretende convencer a todos su amigos literatos de que esa juventud poblada de privilegios quedó atrás hace ya mucho tiempo. En definitiva, de que puede situarse junto a ellos sin vergüenza ninguna. Pero lo que se desprende de esta novela es que su autor, a pesar de haber encontrado una voz propia más que destacable –un Foster Wallace a la española, ¿quizá? ¿Un Matthew Klam?–,  debe hacer otro esfuerzo por encontrar una historia que merezca ser leída con los ojos bien abiertos.          

Esperemos que a la cuarta vaya la vencida, Gonzalo.



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