Pages - Menu

jueves, 19 de diciembre de 2013

El túnel de Sábato



… en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esa muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad…


Suelen contar los que han tenido el infortunio de vislumbrar la vida más allá de la vida, casi siempre embutidos en cuerpos comatosos agarrados a la cama de un hospital mediante cinturones de seguridad, máscaras de oxígeno, sondas clavadas en la carne y cables conectados a toda clase de artilugios eléctricos, que la muerte acecha al final de un túnel frío y oscuro. Siempre me he preguntado sobre la naturaleza de este pensamiento inconsciente, si responde a un recuerdo rescatado de algún rincón ciego de la memoria donde no llega la luz, donde tal vez almacenamos las pocas imágenes que nos quedan de aquello que éramos antes de ser lo que somos, materia grasienta y cartilaginosa insuflada por un inexplicable soplo de vida, o por el contrario es la representación plástica de un temor al que nunca hemos osado enfrentarnos. Posiblemente no sea ni una cosa ni la otra. Posiblemente ese túnel frío y oscuro, compartido por moribundos pertenecientes a todas y cada una de la eras representadas por la Historia, sea tan solo la lógica consecuencia de una gigantesca campaña de publicidad contratada por la muerte para ser impresa en la rugosa superficie de nuestros cerebros, y difundida a través de quienes salvan la vida de milagro. Sin embargo, me seduce la posibilidad de que en ese tránsito inevitable hacia la muerte el hombre no sepa hacer otra cosa que reventar de miedo, abrir esa caja de Pandora donde ha almacenado sus peores temores para liberarlos de una tacada sobre el suelo aséptico de una habitación de hospital. Tal vez nuestra conciencia viva tan atenazada por esos dioses creados a fuerza de necesidad, que su única manera de librar una batalla limpia y con alguna probabilidad de éxito sea poner todas las cartas sobre la mesa, comenzar esa nueva vida más allá de la vida con una baraja nueva, sin atributos tóxicos. De ser así, ese túnel frío y oscuro no sería otra cosa que un limbo habilitado para abandonar en él toda la carga de una existencia cuyo sentido no es aún ajeno. Y, ¿qué carga puede resultarnos más pesada que la soledad? Es decir, si ya la vida nos obliga a sortearla como mejor podamos, arrebujándonos bajo el paraguas de la colectividad para sentir la compañía de nuestros “semejantes”, o cultivando un complejo de superioridad tan insoportable como inoperativo el día del juicio final, ¿cómo vamos a llevárnosla con nosotros a un lugar donde tal vez no haya nada, que tal vez sea una nada hambrienta e implacable?

Algo parecido debía plantearse Juan Pablo Castel, el protagonista y narrador en primera persona de El túnel (1948; Seix Barral, 2010), de Ernesto Sábato, aunque solo fuera de manera inconsciente –cómo no–, al enfrentar algo mucho más peligroso que la muerte: el amor. Porque como nos cuenta él mismo en el transcurso de esta novela corta, de poco más de cien páginas, Castel ha experimentado la soledad en una variante tan profunda que cualquier asomo de compañía representa para él una amenaza. Sin embargo, que frágil es en estos casos ese cuerpo lleno de carne, calcio y cartílagos en cuyo interior habitamos. Siempre reacciona con desesperación cuando asoma la posibilidad de llenar ese “vacío de la existencia” de que nos hablaba Kierkegaard, una herencia de quien sabe qué vida anterior cuyo único cometido parece ser  mancillar la tranquilidad de nuestras vidas y animarnos a que nos comportemos como auténticos imbéciles cuando entrevemos la posibilidad de llenarla con algo tan puro como el amor. La suya es casi –o es, sin el casi– una pulsión Freudiana contra la muerte. De ahí que Castel acabe abrazando esa “promesa” de amor lanzada por su contrincante en esta historia, María Iribarne, como la única manera viable de deshacerse de ese estigma tan poco llevadero llamado soledad. Al hacerlo, nos sumerge en una historia que bien podría haber sido la nuestra, pues en mayor o menor medida todo bicho viviente ha tratado de utilizar el amor como una salvaguarda de su propia salud mental. Todos hemos confundido alguna vez el amor con una pastilla antidepresiva, con un dispositivo capaz de regresarnos a un tiempo en el cual el calor de la madre servía como burbuja protectora. Y qué funestas han sido las consecuencias en todos los casos. Es decir, en todos aquellos en los cuales la aniquilación de una soledad mal digerida ha sido su único leit motiv.  
           
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

Con esta frase inicia Ernesto Sábato su primera novela publicada en Argentina, la obra con la cual comenzó a adquirir cierta relevancia en el panorama literario internacional, en parte gracias a las buenas críticas realizadas por autores tan ilustres como Graham Greene y Albert Camus –quien incluso llegó a aconsejar a su editorial, Gallimard, que la tradujera al francés–. Pero además de expresar su gran admiración por ella, Greene le dedicó un juicio un tanto oscuro: “No puedo decir que lo haya leído con placer, pero sí con absoluta absorción”, decía. Pues bien, en cierta manera se trata de uno de los mayores elogios que podía recibir esta opera prima de Sábato, porque difícilmente puede uno leerla con placer sin ser un masoquista redomado.


Juan Pablo Castel es, efectivamente, un pintor de cierto renombre en esa Buenos Aires de mediados del siglo XX en la cual las clases postergadas continúan su infructuosa lucha contra las minorías dominantes. Apenas ha florecido el pensamiento europeo, y cuando lo ha hecho solo ha servido para remarcar las diferencias sociales entre esos artesanos y albañiles “de paciente martillo y desnuda cal”, como decía Ángel Leiva, responsable de la primera edición crítica publicada por Cátedra, y los sectores conservadores. En un contexto en el cual el “hombre argentino” apenas acaba de adquirir cierta conciencia de clase –el ejército de inmigrantes venidos de España e Italia se encuentra aún en proceso de adaptación–, es fácil que incluso las mentes más privilegiadas y creativas de los círculos pudientes sientan cierto hastío hacia su contexto existencial. Así, la conciencia de Castel transita en un camino lleno de dificultades, entre potentados cuya única misión es la de preservar sus privilegios incluso a costa de la cultura, y obreros cuya energía se consume en las fábricas. Su lucha de clases se desarrolla en el interior de su subconsciente.

Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad. Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica.   

Sin embargo, tan pronto como aparece en escena María Iribarne, ese orgullo olímpico tras el cual se escuda Castel acaba convirtiéndose en un molesto compañero de viaje.
Sucede durante la exposición en el Salón de Primavera de 1946 de un cuadro de Castel, llamado Matrenidad , en el cual “arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar”: toda una representación de la soledad. Como nadie entre el numeroso público que asiste a la exposición parece percatarse de aquel minúsculo detalle, Castel no puede dejar de observar con ansiedad a la única persona que lo hace, una muchacha desconocida con la cual no consigue entablar conversación a causa de su timidez. A partir de este hecho en apariencia insignificante, se fragua la tragedia. Al identificar en este inesperado suceso un indudable reconocimiento hacia la única parte del cuadro pintada desde su estómago, Castel acude cada día a la exposición con la esperanza de encontrar a su silenciosa y más sincera admiradora, mientras en su taller nunca deja de pensar en ella y de “pintar para ella”. Durante este tiempo, en el cual su inusitado descubrimiento parece escapársele de las manos, nuestro tímido pintor esboza una manera de dirigirse a “su” muchacha capaz de disimular su imperiosa necesidad de hacerlo a la vez que de ajustarse a las más elementales normas de educación. ¿Quién no ha planeado este clase de conversación en algún momento de su vida, al conocer a alguien que se le ha antojado potencialmente “especial”? Sin embargo, no es hasta al cabo de unos días que la encuentra por la calle, frente a un edificio de oficinas. La conversación, por supuesto, surge de la manera más absurda. Y a partir de esta conversación repleta de frases entrecortadas, confesiones incompletas o expresiones bañadas de azoramiento, nace una relación enfermiza cuyo desenlace puede resultarnos previsible a tenor de las palabras de María –“Hago mal a todos los que se me acercan”, confiesa la futura víctima antes de despedirse de Castel en la Plaza san Martín y prometerle un nuevo encuentro al día siguiente– y del talante del protagonista. También a partir del inapelable inicio de la novela. Por supuesto, esta relación no es diferente a muchas de las ofrecidas por algunos de los mayores exponentes de la mejor literatura universal. Tal y como sucediera en el caso de la Señora Arnoux (La educación sentimental, de Flaubert), o de Anna Karenina, María Iribarne está casada. Sí, casada de cabo a rabo. Y para mayor escarnio para Sábato, con un hombre ciego.

… debo confesar ahora que los ciegos no me gustan nada y que siento delante de ellos una impresión semejante a la que me producen ciertos animales, fríos, húmedos y silenciosos, como las víboras.

… confiesa Castel. Toda una declaración de intenciones trece años antes de que se publicara Sobre héroes y tumbas (1961; Seix Barral, 2008), ese inolvidable novelón de Sábato en el cual uno de sus personajes convierte a los ciegos en un ejército de termitas cuya única misión consiste en cercenar los fundamentos de la vida humana, como si fueran un líquido corrosivo con conciencia destructora. (Vale decir que Sobre héroes y tumbas fue escrita por Sábato a finales de los años cuarenta, más o menos cuando se publicaba en Argentina El túnel, y que sólo vio la luz muchos años después ante la insistencia de algunos colegas suyos.)

Como decía antes, el inicio de su inesperada relación constituye el origen de una tragedia, la antesala de un asesinato. Como reza la contraportada de El frío (1995; Caballo de Troya, 2011), de Marta Sanz, “todo amor es la historia de un encuentro, es decir, la historia de un asesinato”. Porque las susodichas “urgencias históricas” de Castel, encaminadas a paliar una soledad de consecuencias “mortales”, tan solo consiguen destruir la única relación sincera que tal vez la fortuna se haya dignado a ofrecerle en fuente de plata. Animado por ese finísimo vínculo creado a través de su cuadro, el trágico protagonista de esta novela imprescindible, El túnel, se pierde en una marabunta de dudas, exigencias y recriminaciones derivadas de la imposibilidad de adquirir un verdadero compromiso con su amante. Una marabunta que gracias a la narración en primeras persona de Castel, y  a las continuas interpelaciones lanzadas sobre sus lectores, acaba calando entre ellos como si fuera parte de su propia existencia, como si fuera la única manera de encontrar respuesta a ciertas preguntas formuladas en esa soledad inherente a toda relación incontrolable. Todos acabamos entendiendo el azoramiento de Castel, y condenando a María Iribarne por su falta de claridad, por su terca tendencia a esconder sus verdaderas intenciones. Por su ligereza a la hora de juzgarse a sí misma: ¿tiene derecho una mujer casada a condenar las inseguridades de su amante cuando su particular situación no puede generar otra cosa que inseguridad, incluso entre las mentes más liberadas? Es decir, si un amante debe “comprender” las especiales circunstancias de una mujer hastiada de su matrimonio, ¿no debe ella “convivir” con las inseguridades de su amante sin hacer escarnio a partir de ellas? La respuesta a estas preguntas debiera antojársenos fácil. Sin embargo, que difícil es luchar contra esa horda de sentimientos heredados junto a este cuerpo en estado de permanente descomposición.

Bien. Dejamos (como de costumbre) la valoración puramente literaria para la última parte de la reseña. En el caso que nos ocupa resulta tremendamente sencilla: un protagonista que narra en primera persona, y que nos interpela cuando lo cree necesario, no adentra en una trama que bien pudiera ser cualquiera de las que haya marcado nuestra propia experiencia sentimental, mostrándonos nuestra propias miserias y la de aquellas/os que nos abocado a la miseria. Resultado: una inevitable confraternización con el narrador, aunque se trate de un asesino –o sobre todo por ello, que ganas de obrar como él no nos han faltado–. Una realidad, la de esa Buenos Aires ya metida de lleno en el siglo XX, en la cual “… el hombre (…), no ya el ambiente, ocupa el centro de su atención, el hombre angustiosamente afanado en definir su individualidad y armonizarla con el mundo que le rodea, ásperamente dividido en sus relaciones sociales y económicas…”, como dice Fernando Alegría en La novela hispanoamericana del siglo XX (Centro Editor de América latina, 1967). Por supuesto, en la soledad de Sábato se percibe un fuerte componente político-social. Y, finalmente, como no podía ser de otra manera, un pulso narrativo endiablado, cuya velocidad produce pálpito, y una habilidad para dibujar el retrato psicológico del protagonista merecedora de cualquier hipotética comparación con Dovstoievski, Kafka, o incluso con el Bioy Casares de La invención de Morel.(1940; Alianza Editorial, 2013). Sábato se comporta en este libro como un narrador maduro y elocuente que sabe perfectamente lo que hace y porqué lo hace. Como dijo él mismo, “no propongo la belleza como fin, …más bien en un intento de ahondar en el sentido general de la existencia”. Sábato pretende destruir los patrones implantados en nuestras conciencias por la inevitable educación judeocristiana a la que vivimos sometidos, de manera que sepamos enfrentarnos a nuestro vacío existencial con algo más de coraje. La sustancia es el alma, y la belleza un camino para llegar hasta ella.  

Os recomiendo con fervor que leáis El túnel, de Ernesto Sábato, una novela cuya trama nos enseña a contemplar con cierta condescendencia los actos de amor cometidos como consecuencia de la soledad, pero que precisamente por ello nos exhorta a evitarlos en nombre de la dignidad. Como muy bien dice Ángel Leiva, evitemos la dicha “… ya no como continuidad de esa entelequia que es la felicidad, sino (…) como objeto posible de alcanzar, en tanto sirva al hombre en su camino esperanzado de lucha por la vida”.      

Dicho esto, dejo una frase lapidaria que bien podría haber coronado la tumba de Castel.

Vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.

Feliz túnel.    



3 comentarios:

  1. ¡Hola! Acabamos de descubrir tu blog y te seguimos desde ahora. Ojalá que también te guste nuestro espacio
    ¡Un abrazo grande de parte de los tres!

    ResponderEliminar
  2. Ernesto Sábato imprescindible en nuestra biblioteca de casa.

    Saludos

    ResponderEliminar