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jueves, 28 de noviembre de 2013

La piel de Curzio Malaparte



Entre los muchos y repulsivos efectos de la peste, el más repugnante era la furia demente, el placer goloso de la delación. No bien se contagiaba, el enfermo se convertía en espía del padre y de la madre, de los hermanos, de los hijos, del marido, del amante, de los parientes y de los amigos más queridos; pero nunca de sí mismo. Uno de los rasgos más sorprendentes y detestables de aquella insólita peste era, en efecto, que transformaba la conciencia humana en un horrendo y fétido bubón.


En 1946, Curzio Malaparte –sobrenombre de Kurt Erich Suckert (Prato, 1898 – Roma, 1957)– envió una carta a su colega Giuseppe Prezzolini para hablarle de su próxima novela, una retrato de sus días en Nápoles como oficial de enlace entre el ejército italiano y el norteamericano, tras el desembarco de los aliados en otoño de 1943, y cuyo título debía ser La peste. Sin embargo, al publicarse el año siguiente la novela homónima de Albert Camus, el editor francés de Malaparte recomendó un cambió de título cuando su obra era aún un borrador. Tras seguir una trayectoria sumamente azarosa, acabó publicándose con el título La piel (1949; Galaxia Gutemberg, 2010). Más allá de anécdotas editoriales, queda claro que en esta excepcional obra escrita por uno de los autores italianos más controvertidos del siglo XX, una enfermedad tan física como espiritual sobrevuela amenazante las vidas de sus personajes. En efecto, en esa Nápoles recientemente liberada por los aliados parece que sus supervivientes transitan por sus calles aquejados de un mal infinitamente peor que la muerte. Los cadáveres de los muertos en combate o como consecuencia de los bombardeos son escondidos por sus familiares en sus pútridos hogares, a la espera de que el carro de la Limpieza pública pase a recogerlos para llevárselos al cementerio de Poggioreale, acompañados por el violento y persistente llanto de las mujeres y de los niños que aguardan en las paupérrimas aceras de las callejuelas de Nápoles. Un llanto que se eleva desde las alcantarillas de la ciudad hacia el cielo como un espesa nube cargada de ceniza y piroplastos, como si el Vesubio hubiera decidió escupir de una vez toda la vergüenza y la ignominia acumulada durante siglos. Sin embargo, la vergüenza parece demasiado cercana como para alzar la mirada hacia las fronteras del tiempo.

Como decíamos, en otoño de 1943 la ciudad de Nápoles fue liberada de la tiranía fascista por el ejército aliado. La primera en hacerlo en Italia tras varios meses de asedio por parte de los bombarderos americanos. Sin embargo, los napolitanos no tienen muy claro si deben sentirse vencedores o vencidos. Hasta hace muy poco, luchaban contra los aliados como integrantes circunstanciales del frente italo-alemán. Ahora, tras la destitución de Mussolini como jefe de gobierno y la consiguiente designación del general Badoglio, se ven obligados a luchar junto a sus antiguos contrincantes para tomar Cassino y emprender el camino hacia Roma. Es decir, a ganar una guerra ya perdida, a olvidar que tan solo dos semanas atrás estaban lanzando sus banderas a los pies de los soldados americanos para emprender una nueva e indeseada aventura bélica. Aunque, según Malaparte, no es eso lo peor que le ocurriera a la ciudad de Giordano Bruno y Enrico Caruso.

El 1 de octubre de 1943 es una fecha memorable en la historia de Nápoles, puesto que señala el inicio de la liberación de Italia y Europa de la angustia, la vergüenza y los sufrimientos de la esclavitud y la guerra, pero también porque justo ese día se declaró la terrible peste, que poco a poco se propagó desde aquella infeliz ciudad por toda Italia y por toda Europa (…) Tanto si habían sido los libertadores quienes lo habían llevado a Nápoles como si eran éstos quienes lo transmitían de punto a otro de la ciudad, de las zonas infectadas a las sanas, el contagio adquirió enseguida una virulencia terrible que adoptaba tintes nefandos, casi diabólicos, en virtud de su grotesca y obscena apariencia de macabra fiesta popular, de kermesse fúnebres: negros borrachos bailando con mujeres medio desnudas, y hasta desnudas, por las plazas y calles, entre las ruinas de las casas destruidas por los bombarderos; el furor a la hora de beber, comer, gozar, cantar, reír, derrochar y armar jolgorio aun a pesar del tremendo hedor que exhalaban los cientos y cientos de cadáveres sepultados bajo los escombros.

Curzio Malaparte fue uno de los principales ideólogos del fascismo italiano. Según parece, compartía anhelos con el Mishima de la teralogía El mar de la fertilidad, o cuanto menos el anhelo de encontrar un antídoto contra ese materialismo “cristiano” que gobernaba la economía mundial a la par que sumía al hombre en un estado de profunda amnesia acerca de sí mismo. Sin embargo, parece que su inteligencia fue suficientemente hábil como para sustraerse a las perversas intenciones de Mussolini, Hitler –a quien en este libro define como un “puro habano” sobre la cabeza de un científico– o el imperialismo japonés, para tratar de abrazar una ideología definitivamente comprometida con el “ser”, mucho más inflexible frente a la alienación del hombre, y, desde luego, menos condescendiente con la pérdida de vidas a favor de la Historia. Como prueba, el exilio en el que se vio obligado a vivir por orden del Duce tan pronto como comenzó a lanzar dardos contra su deriva totalitaria y militarista. Y, más tarde, cuando Italia se ve abocada a una guerra injustificada, a describir con terrible ternura el hundimiento moral que significaba un nuevo alzamiento de las armas en una Europa aún conmocionada por los efectos de la Gran Guerra. Dicen que años después, cuando Italia vivía ya instalada en una cómoda aunque mísera etapa postbélica, Malaparte hizo un giro hacia la izquierda comunista contraviniendo sus antiguos postulados acerca del materialismo. Incluso realizó un viaje a China para evaluar la versión Maoísta del comunismo Sin embargo, su virtud consiste precisamente en eso, en haber saltado de ideología en ideología en una búsqueda perpetua de ese equilibrio capaz de librarnos de la peste, de regalarnos un reducto desde el cual liberar nuestra conciencia de todo oprobio, de toda corrupción. Porque qué evidente resulta el oprobio cuando hemos dejado de luchar por la pervivencia de nuestra alma para hacerlo por una razón tan mezquina como la supervivencia de nuestra piel.

La piel, nuestra piel, esta maldita piel. Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel. Ésta, esta piel asquerosa. Antes soportábamos el hambre, la tortura, los martirio más terribles, matábamos y moríamos, sufríamos y hacíamos sufrir para salvar el alma, para salvar nuestra alma y la de los demás. Hoy en día sufrimos y hacemos sufrir, matamos y morimos, realizamos hazañas maravillosas y actos horrendos no ya para salvar el alma, sino para salvar la piel. ¡Nos convertimos en héroes por algo bien mezquino!  

Malaparte hace gala en esta novela de todas su virtudes literarias, fundiendo en una sola voz la poética de Gabrielle D’Annunzio, la desnudez de Vasco Pratolini y la alegoría mordaz de Italo Calvino. Nos regala escenas de una poética indiscutible, de una vivacidad y un sentido metafórico a prueba de toda bomba –y sirva como demostración el contexto bélico en el que se circunscriben–, en las que las enanas de Nápoles consiguen llevarse a sus alcobas a los mejores especímenes del ejército americano, o el Vesubio escupe ríos de lava para protestar por la muerte del ser humano –una erupción real, la de marzo de 1944–, o los grandes señores napolitanos, herederos directos del antiguo dominio aragonés, español o francés, saben mostrarse más piadosos ante la muerte de sus plebeyos protegidos que el “supuesto” cristianismo de los vencedores anglosajones. Y por último, y sobre todo, en las que el ejercicio de la prostitución por parte de las hambrientas napolitanas presenta mayor dignidad que las palabras amables de aquellos mismos vencedores, por cuanto su perversa lucha por la supervivencia es mucho más humana que los postulados demagógicos y oportunistas del puritanismo norteamericano. Malaparte nos exige de manera irrefutablemente inteligente una revisión de nuestros credos más sólidos, una mise en exam de todo aquello que dimos por bueno tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Nos pide que seamos justos con el hombre, y que le demos una oportunidad después de tanta vergüenza. En definitiva, que sepamos perdonar sus pecados antes de exigirle cierta bondad. A fin de cuentas, el pecado original no es más que una excusa para mantener al hombre en una perpetua y conveniente penitencia.

La moral es gratuita (…) ni siquiera se propone salvar el mundo (¡ni siquiera salvar el mundo!), sino tan sólo crear a cada momento nuevos pretextos para su desinterés, para su libre juego.

La piel es una novela necesaria no solo para aquellos que pretenden entender la Historia de la literatura en el siglo XX, sino también para los aventurados en ese territorio cenagoso que solemos llamar pensamiento contemporáneo. Es una prueba más de que el hombre no solo no se ha olvidado de sí mismo, de su propio estar-en-el-mundo, sino que incluso es capaz de obviar la tersura de su piel para recuperar la dignidad de su alma. No propone una trama convencional, con héroes y villanos, ni nos obliga a resolver un enigma o a ayudar al protagonista a encontrar la solución de un conflicto. En La piel, toda trama queda supeditada a un objetivo muy superior:  apiadarnos de una vida, la de Malaparte, completamente supeditada al ejercicio de la libertad. Tan elevado era su infortunio, que solo supo vivir con los ojos bien abiertos ante el ejercicio de su propia existencia.

Algunos de los postulados insertados en el texto de La piel podrán parecernos perversos o provocativos –aviso para navegantes–, pero nunca nadie podrá dudar de sus nobleza. ¿Quién se atrevería a dudar de la nobleza de un escritor suficientemente audaz como para reclamarnos un poco de sinceridad? ¿Quién se atreve a negar la falacia de una guerra encaminada a destruir todo lo humano que quedaba en el hombre, como si se tratara de una peste medieval? Materialismo, idealismo, existencialismo… Denominativos gratuitos para quienes no han asimilado aún la única verdad absoluta que nos ha sido posible entender: que nuestra vida es lo único que tenemos, y que tenemos la obligación de otorgarle un sentido mucho más allá de las apariencias. 


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