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jueves, 14 de noviembre de 2013

CANADÁ, de Richard Ford


Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vivieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase esto antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales –aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco.


Tras la lectura de estos dos primeros párrafos de Canadá (2012, Anagrama, 2013), la última novela de Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944), la primera pregunta que cabe hacerse parece inevitable. ¿Estuvo siempre escrita la palabra “mal” en el rostro de un criminal? Por el contrario, ¿fue todo la triste consecuencia de una infancia mal digerida, o de las inclemencias de una vida lanzada al cubo de la basura de antemano? Cojamos cualquiera de las parejas criminales más famosas del imaginario colectivo, ya vengan de la literatura, el cine o la vida real, contemplémoslas con detenimiento y atrevámonos a afirmar, sin mayores problemas, que en su expresión existe cierto componente delictivo, que la manera como jugaban Bonnie Parker & Clyde Barrow con su rifle frente a una cámara, o la felicidad que destilaban las sonrisas de Raymond Martinez y Martha Beck, por ejemplo, denotan una evidente tendencia criminal. Muchos dijeron en su momento que sí, que aún en el caso de quienes hasta el momento mismo de cometer el crimen habían pasado por personas normales se podía distinguir “el rostro del mal” –sobre todo las puritanas norteamericanas de pelo en pecho y los predicadores de tres al cuarto–.Sin embargo, Richard Ford viene a decirnos que no, que nos son las personas las que nacen predestinadas a delinquir, sino la delincuencia quien escoge caprichosamente a sus ejecutores. Y que, sobre todo, ni los delincuentes deben ser necesariamente estigmatizados, ni los no delincuentes colocados más cerca del paraíso, pues siempre la frontera entre realidad y apariencia es demasiado difusa. Y si no, dejémonos llevar por cierta demagogia: ¿alguien del entorno de Bernard Madoff supo identificar jamás en él el germen del “maligno”  –recurriendo a cierta concepción gótica–? ¿No se le tenía por un individuo más que respetable, e incluso admirable? ¿Y en el caso de Mario Conde, o en el de Félix Millet? Y, en el otro extremo, ¿cómo debemos considerar  a Ramona Maneiro, quien administrara a Ramón Sampedro el cianuros necesario para terminar con su desgraciada vida? Preguntas que tratan de responderse con hechos cuando ni siquiera estos escapan a su propia maleabilidad.

Los hechos, sin embargo, no son como unos de los inventa.

En efecto, Bev Parsons es un atractivo ex integrante de la Fuerza Aérea estadounidense  –tan atractivo como laureado, pues acaba de licenciarse con honores por su inestimable contribución a la seguridad de la nación– cuya máxima afición consiste en mantenerse siempre de un humor exultante, incluso cuando todo parece torcerse–. Geneva (Neeva) Kamper es “una mujer menuda, intensa, con gafas, de pelo castaño y rebelde, alguna de cuyas hebras aterciopeladas se deslizaban por el borde de las mejillas hasta debajo de la barbilla”, cuya principal afición, además de dar clases en un instituto de Great Falls, en Montana, consiste en lamentarse por un matrimonio equivocado y en evocar todos y cada uno de los logros académicos que podría haber obtenido de no acabar en brazos de Bev, en aquella noche de primavera en la cual granjearse a un tipo atractivo y uniformado parecía la mejor manera de celebrar el final de la Segunda Guerra Mundial. De esa fortuita unión nacen Dell y Berner, dos hermanos tan conectados por esa misteriosa vinculación que suele unir irremisiblemente a todos los gemelos como separados por la distinta naturaleza de sus ambiciones: él busca el conocimiento a través de un análisis depurado de la realidad, ella lo encuentra a través de una infalible y superior intuición natural. He aquí una familia que, más allá de sus circunstancias adversas, del lastre que supone haberse constituido a partir de una equivocación –porque queda bien claro desde el principio que Bev Parsons y Neeva Kamper no están hechos el uno para el otro–  no parece en absoluto portadora de un germen maligno que haya de conducirla, irremisiblemente, a la práctica de la delincuencia. Sin embargo, las cosas no siempre siguen la senda de la lógica. En realidad, raras veces lo hacen. De ahí que, incluso cuando la familia Parsons se nos antoja de lo más entrañable –repito, a pesar de sus circunstancias, que no son nada desdeñables–, podemos aceptar sin pestañear la extraña conversión de esos dos “papás” en atracadores de bancos. O de banco en singular, por a fin de cuentas la suya es una carrera tan corta como desgraciada.

A través del cristal, de la ventanilla trasera se veía la cara de mi madre. Le hablaba airadamente –o así me lo pareció– a mi padre, que estaba sentado a su lado. Ella no me vio a mí. El coche emitió un sonido metálico al encajar la marcha y se despegó del bordillo en dirección a la esquina del parque. Yo, de pie en el porche, había presenciado toda la escena. Deja que todo esto suceda. Deja que se lleven detenidos a mis padres, me decía, como si me importara un bledo lo que hicieran (...) Y luego esa parte de la historia quedó atrás.

Quien nos cuenta la historia al cabo de muchos años es Dell Parsons, instalado ya en una más que respetable vejez, con esa capacidad de indulgencia que solo el paso del tiempo sabe otorgar. Así, su versión de los acontecimientos se transforma en una suerte de novela de transición a la madurez. Porque, en efecto, la suya no es solo la historia de un niño que una mañana se vio obligado a cambiar su acomodada vida de provincias por otra llena de incertidumbre y oprobio, lejos del calor del hogar y de la tranquilidad que le infundían unos padres hasta entonces razonablemente aceptables, sino también la de un adolescente que, una vez instalado en Canadá para huir del tribunal tutelar de menores, obedeciendo a las disposiciones de su madre, debe luchar por su propia supervivencia en un entrono hostil, capitaneado por un hombre, Arthur Remlinger, cuya voluntad de acoger a Dell parece esconder un propósito perverso. "Y en ese nuevo entorno de prados y cielos que se pierden en el horizonte, Dell reconducirá su vida y se enfrentará al mundo de los adultos, aunque para ello deba encararse a Remlinger". Así reza el texto de contraportada, y así debemos emprender la historia de Dell más allá de la frontera, cuando sus padres se han resignado a reducir su vida al espacio comprendido entre las cuatro paredes de su celda y él afronta una nueva vida en territorio desconocido. Y cuando ese inesperado anfitrión, tan carismático como sombrío, coloca a nuestro protagonista en un dilema moral tan perverso como el que tuvieran que enfrentar sus padres en el momento de decidir si debían atracar ese banco o seguir instalados en una vida triste y previsible.  

Sin embargo, sería injusto atribuir a nuestra falta de prejuicios la validez del pacto narrativo que nos propone Richard Ford. Sí, las cosas nunca son lo que parecen –o no siempre–, pero es su inestimable oficio como novelista lo que convierte la historia de los Parsons en algo creíble. Muchas veces, a lo largo de los primeros capítulos, nos vemos inclinados a rechazar el devenir de los acontecimientos que nos propone. Pero gracias al cuidado puesto por Ford en cada frase, en cada palabra, y sobre todo a la minuciosa caracterización de sus personajes principales, poco a poco su propuesta se convierte en algo tan plausible como asombroso. De hecho, su intención no parece tan encaminada a hacernos creíble una trama aparentemente rocambolesca como a pedirnos muy educadamente que nos planteemos la naturaleza de nuestros actos cotidianos, al menos el grado de bondad residente en ellos. ¿Podríamos nosotros habernos convertido en delincuentes en el devenir de nuestras vidas? ¿Existe alguna circunstancia que pudiera haberlo justificado? ¿Estamos hechos de esa pasta? La respuesta la encontraréis en Canadá, una novela en la que todas las historias parecen escritas a la medida de las preguntas que van surgiendo en nuestra cabeza a medida que avanzamos en la lectura, obligándonos a replantear esa frontera que con tanto ahínco hemos establecido entre nuestra idea del bien y del mal, si no será tan difusa como aquella que, a lo largo de casi 9.000 km, separa a los norteamericanos de esa tierra de “prados y cielos que se pierden en el horizonte” llamada Canadá.  

Tal vez la narración de esta novela os resulte algo telegráfica y reiterativa –como suele suceder con las historias de transición a la madurez, en las que la literatura construida a base de frases cortas e intimistas, casi dignas de un diario personal, suele erigirse como el mejor recurso para expresar las desventuras de un adolescente–. O tal vez no estéis preparados para asumir la responsabilidad de vuestros propios actos. Lo que seguro, es que Canadá os acercará un poquito más a vosotros mismos. O mostrará vuestra propia capacidad para establecer fronteras entre lo bueno y lo malo, entre lo conveniente y lo execrable, de tal manera que aprendáis a reconocer lo “humanamente” aceptable y a olvidar las engorrosas culpas del pasado. En eso tiene mucho que ver con la Trilogía de la frontera de Cormac McCarthy, en cuyos títulos se vislumbra un atisbo de esperanza cuando ya toda tragedia parece inevitable. O con las novelas vivenciales de ese John Fante tan inclinado hacia la autocrítica más devastadora como hacia la ternura. 

Y al tiempo que les enseño estos libros les hablo de mi larga vida, si no de los hechos, sí al menos de algunas de las lecciones aprendidas: que conocerme ahora a los sesenta y cinco años es no poder imaginarme con quince años (lo cual es muy cierto en el caso de ellos); que no hay que buscar con demasiado denuedo sentidos opuestos u ocultos –ni siquiera en los libros que leen–, sino mirar todo lo de frente que puedan las cosas que puedan ver a la luz del día. En el proceso de articular para uno mismo las cosas que uno ve, siempre se encontrará sentido y se aprenderá a aceptar el mundo.

Toda una propuesta programática.      

Canadá, de Richard Ford, es una muy buena novela. Cosa rara en estos tiempos de vacas flacas.

6 comentarios:

  1. Un buen amigo me lo ha recomendado encarecidamente. Pero, tus palabras iniciales me recuerdan sobre todo a Breaking Bad y a una de mis recientes lecturas, Hijo de Dios de McCarthy. Dicho esto, creo que este libro tiene de caer en mis manos. Gracias,

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  2. A mi también me han hablado muy bien de está novela, y nunca he leído nada de Ford a quién ya hace una temporada le tengo ganas. Lo buscaremos! (Hola, encantada! creo que nunca había comentado)

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    1. Bienvenida a Jauría Lectora, Nit. Esperamos verte a menudo por aquí :)

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  3. A estas alturas estoy más que preparada para asumir la responsabilidad de mis actos, y es un hecho que este libro será uno de los actos que espero realizar a no mucho más tardar. Siempre me ha llamado la atención las disquisiciones sobre la naturaleza del mal: innato, ambiental, ambas cosas a la vez... Y la estigmatización de los malignos... (algo que no puedo evitar relacionar con el daño que ha hecho la "santa" iglesia con sus conceptos del bien y del mal). En fin, como siempre un placer leerte y el libro está más que apuntado. Caerá.

    Besos

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  4. Compré éste junto '14', de Echenoz, dos títulos de los cuales has hecho una vastísima reseña. Gracias por advertirnos en ambos casos de la calidad del contenido, Karenin. Un abrazo.

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  5. A mi juicio le sobran páginas. Es lento, repetitivo y esto hace que el interesante comienzo de la novela se vaya apagando hasta convertirse en tedio.De calidad no va sobrado.

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