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martes, 8 de octubre de 2013

Ha vuelto el Führer




Lo que más me sorprendió fue el pueblo. Yo, desde luego, hice lo humanamente posible por destruir todo lo que le permitiera seguir viviendo en este suelo profanado por el enemigo. Puentes, centrales eléctricas, carreteras, estaciones de ferrocarril: ordené destruirlo todo. Ésa fue la orden que di. ¿Cuándo? En marzo, y creo que me expresé con claridad a este respecto. Había que destruir todos los servicios de abastecimiento, las empresas de distribución de agua, las instalaciones telefónicas, las granjas agrícolas, los bienes materiales uno por uno, todo, y con eso quise decir ni más ni menos que “todo”. En estas cosas hay que poner mucho cuidado, tratándose de una orden como ésa no puede quedar un resquicio de duda; ya se sabe que luego, llegado el momento, el soldado raso, al que, como es lógico, en su sector del frente le falta la visión, la información sobre los aspectos estratégicos, ese soldado entonces va y dice: “pero bueno, ¿tengo que prender fuego de verdad a este…, a este, pongamos por ejemplo, a este quiosco? ¿Es que no puede caer en manos del enemigo? ¿Es realmente una cosa tan mala que caiga en manos del enemigo?” ¡Pues sí, es horrible! ¡El enemigo también lee los periódicos! Y trafica con ellos; se servirá del quiosco, de todo lo que encuentre, para atacarnos. Hay que destruir, repito, todos los bienes materiales, no sólo las casas, también las puertas. Y los picaportes. Y luego también los tornillos, y no sólo los grandes. Hay que desatornillar los tornillos y deformarlos sin piedad. Y la puerta hay que pulverizarla, convertirla en serrín. Y después, reducirla a cenizas. Porque de lo contrario el enemigo, inexorablemente, entrará y saldrá por esa puerta como le venga en gana. Pero con un picaporte roto, con unos tornillos deformados y un montón de cenizas: ¡ahí quiero ver cómo se divierte el señor Churchill!

Quién dice esto no es otro que un “resucitado” Adolf Hitler tras despertar en un descampado del centro de Berlín, rodeado de charcos y de un grupo de niños jugando al fútbol, exactamente sesenta y seis años después del día en el que, según todas las enciclopedias, él y Eva Braun pusieron fin a sus vidas para no caer en manos de los aliados. Sin embargo, de aquella última tarde en su búnker, poco antes de que los rusos tomaran definitivamente Berlín, solo le queda el recuerdo de una conversación intrascendente con su querida y un ligero dolor de cabeza –es decir, ni rastro del suicidio ni de la posterior quema de sus cuerpos–. Por lo demás, se encuentra en perfecto estado y listo para retomar el combate contra sus enemigos. Él no es aún consciente del tiempo transcurrido entre aquella tarde aciaga y esta mañana soleada en la que las calles de la ciudad están sorprendentemente limpias y repletas de edificios en buen estado, las personas circulan por ellas en completa normalidad, cargadas con bolsas repletas de abastecimientos, y los coches han experimentado un inexplicable adelanto tecnológico. Por si fuera poco, los transeúntes lo observan con extrañeza, como si no lo reconocieran, e incluso se atreven a tratarlo como si fuera un viejo loco cuando intenta conversar con ellos. Por fin, en las páginas de un diario descubre la razón de tantos y tan incomprensibles desvaríos: sí, se encuentra en Berlín, pero no en el año 1945 sino en el 2011. En Ha vuelto (Seix Barral, 2013), el politólogo y periodista Timur Vermes (Núremberg, 1967) sitúa a Hitler en la actualidad para proyectar las consecuencias de su regreso. Un punto de partida cuanto menos sugerente.

Nos encontramos frente a un nuevo ejercicio de esa literatura “hipotética”, por llamarla de alguna manera, de que gustan no pocos autores contemporáneos. Se trata de responder aquella ya manida pregunta en cualquiera de sus múltiples variantes: ¿Qué pasaría si…? En los últimos años hemos visto casos muy semejantes, tanto en la narrativa literaria como en la de entretenimiento. ¿Qué pasaría si conociéramos la fecha del fin del mundo? ¿Qué pasaría si clonáramos un Tyrannosaurus rex? ¿Y si todos los ciudadanos de Lisboa fueran víctimas de una repentina ceguera, o votaran masivamente en blanco en una elecciones –aunque, en este caso, la hipótesis parezca más plausible e incluso deseable–? ¿Y sí de repente nos revelaran que Jesús tenía un hermano gemelo llamado Cristo, y que fue en realidad este el que acabó traicionándolo? Ahora, Timur Vermes aprovecha ciertas similitudes entre la crisis actual y aquella que azotaba Alemania en el año 1933, cuando el Partido Nacionalsocialista fue elegido democráticamente, para preguntarse, y por extensión preguntar a sus lectores, “¿qué pasaría si Hitler viviera en la actualidad?” Otras preguntas como estas han dado lugar a un sinfín de novelas cuyo valor literario oscila entre lo grotesco y lo sublime: todo depende de quien se formule la pregunta y se aventure a contestarla con su pluma. O con su plaqueta. José Saramago, por ejemplo, nos legó dos novelas extraordinarias, Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez, en las que la hipótesis toma forma de aviso para navegantes –nos muestra la mezquindad humana sin demasiadas concesiones–, y su original propuesta narrativa, tan vertiginosa y descarnada como tierna e intimista, encuentra un equilibrio perfecto entre forma y fondo. Otros formulan las hipótesis con grandes dosis de oportunismo para vender entretenimiento. ¿Qué lugar ocupa Ha vuelto en este trayecto entre lo grotesco y lo sublime? Para contestar esta pregunta debemos diferenciar claramente el fondo de la forma.

El protagonista de esta novela, una vez descubierto su sorprendente viaje en el tiempo, decide retomar sus objetivos cuanto antes, sin pararse a pensar en su curiosa experiencia. En realidad,  solo puede tratarse de una voluntad del destino, que lo llama para encargarle la salvación de una Alemania en peligro de desintegración económica y social, dirigida por “una mujer fondona con el poder de irradiación optimista de un sauce llorón”. A partir de aquí, todos sus pasos van encaminados a granjearse una plataforma a través de la cual predicar su mensaje a los alemanes, adquirir la mayor publicidad en el menor tiempo posible para llegar a tiempo de evitar el desastre. Y como su “parecido” con Hitler es tan asombroso, y su manera de expresarse tan “idéntica”, no le cuesta mucho recalar en un programa televisivo de humor para ofrecer a los televidentes una perfecta imitación de sí mismo. Sin embargo, lo suyo no es una estrategia sibilina para ir adquiriendo poder paulatinamente. Él va de cara. Nunca niega quién es ni las ideas que le bullen en la cabeza.    

Seguramente no le gustará oírlo, pero se equivoca en muchas cosas. No es culpa suya, pero se equivoca. Hoy se suele presentar aquello como si entonces algunos nacionalsocialistas, convencidos y decididos a llegar hasta el final, hubiesen engañado a todo un pueblo. Y eso no es completamente equivocado, pues ese intento lo hubo, en efecto. En mil novecientos veinticuatro, en Múnich. Pero fracasó, con víctimas mortales. La consecuencia fue que se intentó por otro camino. En mil novecientos treinta y tres, el pueblo no tuvo que rendirse ante una operación de propaganda. Fue elegido un Führer, de una manera que ha de considerarse democrática incluso en el sentido actual. Fue elegido un Führer que había dado a conocer sus planes con claridad meridiana. Los alemanes lo eligieron.

Quienes se relacionan con él deben escuchar sus atrocidades día y noche, dentro y fuera del programa. De tal manera que no les queda otra que interpretarlas como fruto de un sistema de actuación 24h non stop, una especie de método Stanislavski, e incluso como una burla encaminada deliberadamente a desmitificar la figura del Führer. Es decir, consideran al protagonista un humorista con cierta dosis de conciencia social –lo cual es completamente cierto, pero en la dirección opuesta–. Y como muchas de las cosas que dice suenan a mieles, como cuando critica la corrupción de los políticos, optan por considerar lo atroz como parte del personaje y lo virtuoso como parte del misterioso hombre que se esconde tras la máscara.

(En la Europa de la Unión Europea) La única ideología imperante consistía en una expansión totalmente inmoderada de esa alianza infantil, lo que llevó a que prácticamente todos pertenecieran a ella, incluso los más subdesarrollados pobladores de las regiones marginales europeas. Pero cuando todo el mundo está en el mismo club, ya no significa nada especial ser socio. Quien quiere entonces buscar ventajas asociándose a otros ha de fundar un nuevo club dentro del club. Tales aspiraciones las hubo también allí, como era de esperar; los más fuertes reflexionaban sobre cómo agruparse en un club propio cómo excluir a los más débiles, lo que lógicamente convertía en un absurdo completo el club originario.

Lo primero que me he chocado al analizar el fondo, una vez familiarizado con ese Hitler resucitado por Vermes, ha sido descubrir cierta trampa literaria no exenta de perversidad. El Führer que nos plantea el autor alemán es una mezcla de payaso mediático y político comprometido hasta el final con sus principios, “un hombre que analiza tenazmente su entorno, que descubre de modo fulminante los puntos débiles de los demás, que, con una terquedad sin límites, se guía por su extraña lógica, con fanatismo pero también con lucidez”, como reza la descripción de contraportada. A lo largo de casi cuatrocientas páginas, asistimos con cierta sorpresa a la “naturalización” de un personaje que se muestra tan fiel a sus monstruosas tesis acerca de la raza, el patriotismo o la idea de bien –algunos de los puntos candentes de su programa político–  como virtuoso cuando se trata de combatir la corrupción y la hipocresía, defender los derechos de niños y ancianos, o proteger a “los suyos”. Y aunque Vermes trata estas virtudes con evidente escepticismo –es decir, sabe mostrarnos todo el egotismo de Hitler para justificarlas–, no se nos escapa el oportunismo que se encuentra agazapado tras su intención. Siempre nos hemos preguntado cuanto de humano había en Hitler, e incluso hemos hecho grandes esfuerzos en otorgarle, más allá del habitual retrato ofrecido por los medios, algún principio defendible. De tal manera, que Vermes sabe aprovechar nuestra muy humana necesidad de “justificar” para crear un personaje a la medida de nuestras necesidades. El retrato de Hitler es tratado con tanta visión comercial –y por ende, con tan poco rigor– que nos hace cuestionar la verdadera naturaleza de la hipótesis. ¿Es la pregunta que planteamos al principio la verdaderamente importante? ¿Debemos aceptar sin más lo que nos plantea Timur Vermes, es decir, concentrarnos en las consecuencias de un hipotético regreso de Hitler, sin atender a las motivaciones del autor? Para mí, la verdadera pregunta es: ¿Qué pasaría si Hitler resucitara tal y como le gustaría a Vermes que resucitara para escribir una novela de éxito? O, dicho de otra manera, ¿qué pasaría si Hitler resucitara tal y como a los lectores les gustaría que resucitara para leer una novela entretenida y apta para su conciencia?

El Führer de Vermes, como decía antes, está tratado con una falta de rigor escandalosa. Su retrato resulta tan tópico como los que nos han ofrecido otros intentos literarios o cinematográficos de profundizar en su persona. Es tan fanático y “atento” como el Hitler de El hundimiento (2009), de Oliver Hirschbiegel –sin menoscabo de la extraordinaria interpretación de Bruno Gantz– o delirante como el que dibujaba Charles Chaplin en El gran dictador (1940). Peor que eso, su visión de los temas más polémicos de la actualidad política es tan frívola como previsible. No existe valor filosófico en la perspectiva de ese Hitler de latón –y, la verdad, lo más interesante de las dictaduras del siglo XX es el análisis de su base filosófica –, y solo consigue profundizar en los aspectos laterales y regalar opiniones al gusto de la mayoría. Conceptos como la voluntad de la voluntad de Heidegger o la totalidad de Hegel quedan en la sombra incomprensiblemente.

He leído, por cierto, que hace poco un ministro de la Guerra alemán (el Ministro de Exteriores, se entiende) hasta se dejó fotografiar en una piscina con una mujer. Mientras que la tropa estaba en el frente o a punto de marchar a él. Conmigo, ese hombre no habría seguido ni un solo día en el cargo. No le habría dado margen para que presentara la dimisión: se le pone una pistola sobre la mesa del despacho, una bala en el cañón, sale uno del cuarto, y si a ese hijo de puta aún le queda un mínimo de decoro sabe lo que ha de hacer.

¿Quién no se ha expresado alguna vez en estos términos, ante la desfachatez de ciertos políticos financiados con dinero público? Vermes utiliza intervenciones como esta para plantearnos un Hitler mucho más cercano a nosotros de lo que jamás hubiéramos creído. Una trampa oportunista, ya lo decía antes. Sin embargo, hay que reconocerle al autor alemán un acierto: convertir al Führer en un payaso mediático. Es decir, colocarlo en el escenario de un programa de humor para dejar que el público se mofe de él. Y también para regalarle una audiencia escandalosa, llenando de vergüenza a los televidentes. Porque el protagonista de Ha vuelto, en su intento por retomar la labor política lo antes posible, acepta subirse a un plató de televisión para convertirse en el humorista más mediático del momento. Los espectadores alemanes, al igual que las personas que han intimado con él desde que se despertara en aquel descampado, ríen sin pudor con esa fotocopia en color de aquel loco que los llenara de vergüenza en el pasado –o como consecuencia de ese pasado reflejado en los libros de historia, pues ninguno de los telespectadores que aplauden rabiosamente el grito de “¡Heil!” tiene más de cincuenta años–. A partir de aquí, se nos plantea la pregunta más inteligente de toda la novela. ¿Podemos reírnos de Hitler? O, como dicen los editores, “¿es posible reírse con él? ¿Está permitido?” Posiblemente, la burla sea la mejor manera de convertir un dogma en mera anécdota. Sin embargo, tal vez a muchas de esas personas que la sufrieron en sus carnes, ya fueran víctimas del terror nazi o ciudadanos engañados por su seductora verborrea, les moleste reírse de algo tan macabro como el exterminio nazi o la Segunda Guerra Mundial. A mí me parece correcto reír de aquello que en otra época se ha considerado monstruoso, como forma de evitar que se convierta algo digno de ser considerado seriamente en la actualidad. Incluso me parece “interesante” que esos alemanes octogenarios seducidos por las promesas de Hitler, aquellos que permitieron la barbarie con los ojos cerrados más allá de las fronteras de la Gran Alemania, asimilen su parte de responsabilidad. Claro que siempre quedarán los traumas de las víctimas. Tal vez, en este sentido, Ha vuelto sea un ejercicio sano y conveniente.

Por otro lado –y aunque la audiencia de ciertos programas podrían contradecir lo que voy a decir–, los telespectadores no debemos ser tan imbéciles como los que llenaban el plató en Network (1976), de Sideny Pollack, ni somos una panda de adolescentes en plena efervescencia hormonal como los de la reciente La ola (2008), de Dennis Gansel. Pero eso es otra discusión.

Entonces, una vez calificado el fondo con un insuficiente, queda la cuestión de la forma. En este sentido, Timur Vermes se muestra bastante hábil. Escoge la voz que mejor podía adaptarse a sus intenciones, una primera persona que nos permite dibujar a ese Hitler de latón tal y como lo ha concebido su creador. Su retrato –insisto, del “descafeinado” Hitler de Vermes, no del real– queda perfectamente perfilado a través de sus propios pensamientos, y se muestra perfectamente coherente con ellos. Además, dota al relato de un ritmo y una frescura poco habituales en estos casos. Luego, la trama es lo suficientemente vigorosa como para obligar a los menos avezados al irrealismo a continuar hasta la última palabra. Y los gags, abundantes, ayudan a sostener sus partes más pesadas. Aunque tal vez la traducción al castellano se haya dejado unos cuantos por el camino (lo cual, a tenor de las diferencias entre el humor español y el alemán, era algo inevitable). 

En definitiva, a los editores les gusta destacar que el libro ha sido ya publicado en treinta y dos países, y que la película está en pleno rodaje. Sin embargo, esa innegable “cualidad cinematográfica” –símbolo de cierta categoría literaria– no obra en detrimento de su pobreza programática.

Ha vuelto es un engaño divertido. Para muestra, uno de los chistes que se permite contar –y que seguro se has escuchado mucho en la Oktoberfest de Munich–.

Un portugués, un griego y un español van a un burdel. ¿Quién paga? Alemania.



Ha vuelto
Timur Vermes
Seix Barral               
      


5 comentarios:

  1. He venido rauda a ver tu opinión. La mía quizás influenciada por haberlo leído de forma simultánea con un alemán, no digo que no. Me pareció un libro muy divertido del que das una de las que para mí han sido claves: reírse con y no reírse de.
    No va a pasar a la historia, no deja de ser una comedia ligera y tal vez la campaña que lo acompaña nos pueda hacer pensar que estamos ante un libro con más profundidad, pero a mi me entretuvo y me divirtió.
    Besos

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    1. Divertido es, pero no queramos ver en ese retrato de Hitler algo cercano a la realidad. Con lo cual lo de reírnos con él, a mi entender, es algo un poco fictício. Nos reímos con el Hitler de Vermes, porque este sabe poner en su boca algunas de aquellas cosas que nos gustaría decir a los políticos. Saludos!

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  2. Magnífica reseña. Creo que has hecho un análisis bastante acertado del libro. Coincidimos en muchos aspectos, pero lo has contado muchísimo mejor (¡donde va a parar!). Y ese aspecto que comentas sobre el Hitler que Timur nos vende es uno de los aspectos que más me inquietó del libro (y que no comenté porque no sabía cómo concretarlo). Lo humaniza. Yo no reconozco a ese Hitler. No reconozco sus tics, sus obsesiones, su personalidad, su endiablada mentalidad... Y ese es un truco perverso de Vermes.

    Gracias por la reseña. Es magnífica ;)

    Saludos!

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  3. "Un engaño divertido"...eheh Me quedo con esas palabras que creo que resumen perfectamente tu experiencia con este libro. La verdad es que, pese a su llamativo título, no lo había colocado entre mis futuras lecturas, y creo que así seguirá. No obstante, he pasado un rato entretenido la reseña; me gusta especialmente como traes otras obras y las relaciones. Una pregunta: ¿has leído a Mishima? Bueno, esa es mi última recomendación. Una gran descubierta. Un abrazo,

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    1. Gracias por ts palabras, Offuscatio. Pues fíjate que soy un tremendo fan de la obra de Mishima. He leído su tetralogía El mar de la fertilidad (Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y la corrupción de un ángel), El color prohibido (de las traducidas al español, su obra más jóven) y El rumor del oleaje. Tal vez el autor que más me ha abierto los ojos como lector. De hecho hay una reseña publicada, una de las primeras. Aprovecharé que me comentas esto para mejorarla y repostearla. Un abrazo,

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