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martes, 29 de octubre de 2013

El sermón sobre la caída de Roma


Aquella noche, tras darle a su hijo Libero cumplidas noticias de cada uno de sus hermanos y hermanas, luego de la innumerable cohorte de sus sobrinos y preguntarle, como todas las noches desde su llegada, si se aclimataba bien a París, Gavina Pintus le anunció, justo antes de colgar, que la camarera del bar se había marchado misteriosamente del pueblo. Libero se lo repitió a Mathieu Antonietti, que le respondió con un gruñido distraído, y retomaron sus ocupaciones y olvidaron enseguida aquello que, sin embargo, señalaba el inicio de su nueva existencia.


No es así como comienza El sermón sobre la caída de Roma (2012; Mondadori, 2013), de Jérôme Ferrari, el último Premio Gouncort*, pero hemos escogido este fragmento del segundo capítulo porque marca, tal y como afirma con toda franqueza, el inicio de la nueva existencia de Mathieu Antonetti y Libero Pintus, sus dos protagonistas. Mientras escribo esto, me doy cuenta de que no siempre comenzamos las reseñas con el inicio de los libros sometidos a crítica. Como ya nos sucedió la semana pasada con El amor en los tiempos del cólera, nos vemos obligados a recurrir a algún fragmento suelto para poner en situación a nuestros lectores. Me pregunto entonces si será esto un fallo nuestro, o por el contrario una deficiencia de las novelas en cuestión. Yo, personalmente, no tengo prejuicios en este aspecto, pero no puedo dejar de pensar en esas primeras frases que permanecen en la memoria de cientos de lectores, y que, de alguna manera, han tenido la fortuna de adquirir tanta reputación como las obras a las que pertenecen. Si es que la fortuna ha tenido algo que ver en ello. “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”; “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama  transformado en insecto monstruoso”; “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”;  “Mi madre no era real. Era un sueño prematuro, una esperanza. Era un lugar”; “A mí, Hasan, hijo de Mohamed, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”**.

Amos Oz dice, en La historia comienza (1996; Siruela, 2007), que “comenzar a contar una historia es como intentar conquistar en un restaurante a una persona totalmente desconocida”. Y a tenor de mi propia experiencia como lector, y de esas frases que soy capaz de recitar como en una oración, no puedo dejar de darle la razón. Si nos fijamos detenidamente en las cinco frases citadas, todas ellas, sin excepción –aunque en grados distintos– presentan al protagonista, también a la voz narrativa, dejan intuir el “tema” de la novela –las aventuras de un hidalgo caballero; la misteriosa transformación de un hombre en insecto; la crónica de un asesinato; la relación materno-filial del narrador; la odisea de un aventurero–, y sitúan geográficamente la trama, sino con absoluta precisión, si ofreciéndonos pistas ineludibles. Si Jérôme Ferrari hubiera tomado en consideración todas estas cosas, probablemente hubiera comenzado El sermón sobre la caída de Roma de otra manera, tal vez con el párrafo citado más arriba –digo esto sin pretensión alguna–. Sin embargo, una vez más el escritor es capaz de sorprendernos para demostrarnos que las teorías están ahí para ser destruidas y sustituidas por otras. Ferrari, desde luego, lo consigue con esta novela, tal y como veremos una vez puestos en situación.      

Mathieu y Libero se conocen desde la infancia, de un pueblecito cercano a la costa corsa en la cual sus familias han vivido durante generaciones. Sin embargo, mientras Libero no ha conocido más tierra que aquella, Mathieu la utiliza ya solo para pasar sus vacaciones. Su abuelo, Marcel antonetti, acabó abandonado el suelo sobre el cual había caminado sus primeros pasos para recorrer primero el norte de África, durante la Segunda Guerra Mundial y la Revolución argelina, y finalmente las calles de París como uno de tantos funcionarios del Estado. Es él el que primero se presenta en este fresco de personajes desencantados, unos por la precariedad de una vida limitada a las fronteras impuestas por el Mediterráneo, otros por un mundo que parece un herido de guerra convaleciente.

Como testimonio de los orígenes, como testimonio del fin, estaría esa foto tomada en el verano de 1918 que Marcel Antonetti se obstinó en contemplar en vano a lo largo de toda su vida para descifrar el enigma de su ausencia. En ella se ve a sus cinco hermanos y hermanas posando con su madre (…) Están reunidos y Marcel no se halla allí. Y, sin embargo, gracias al sortilegio de una incomprensible simetría, ahora que los ha enterrado a uno tras otro, ya solo existen gracias a él y a la obstinación de su mirada fiel (…).

Así, más o menos –si no tenemos inconveniente en “comernos” las frases incluidas en esos paréntesis–, es como comienza esta última novela de Ferrari. Un inicio que resulta maravilloso a pesar de no presentarnos a los dos protagonistas principales, ni el “eje” sobre el que bascula la trama, ni su situación geográfica, ni tampoco el género en el que debe ser colocado. Sin embargo, a pesar de esas carencias –o “ausencias”, como podría decir el mismo Ferrari– el libro tiene un inicio digno de elogio, pues nos mete de lleno en eso que, al final, acaba protagonizando la novela más allá de su extensa galería de personajes. Porque El sermón sobre la caída de Roma habla de ausencias, de vidas rotas antes de comenzar, de un hombre hastiado por la falta de oportunidades a que le somete una isla demasiado encerrada en sí misma, incapaz de ofrecer nuevos horizontes, de dos universitarios que se ven obligados a dejar sus estudios en filosofía para recalar en un bar de provincias, alejados del mundanal ruido del continente, de sus exigencias y sus promesas imposibles de cumplir, como si realmente el mundo en el que viven fuera eso que nos transmite el abuelo Marcel, un mundo  que “acaba de desaparecer, no en el silbido de los obuses sobre las llanuras destripadas del Norte, sino el disparo de un obturador que apenas perturba la luz vibrante del verano, la mano delgada y estropeada de una joven que, en plena noche, cierra suavemente la puerta a aquello que su vida no debería haber sido, o la vela cuadrada de un navío surcando las aguas azules del Mediterráneo, en el golfo de Hipona, llevando desde Roma la inconcebible nueva de que aún existen hombres pero ya no su mundo”. Podemos reconocer desde el primer minuto de lectura que la vida de Marcel es un devenir absurdo en una tierra que ha perdido toda referencia sobre sí misma, que transcurre con demasiada paciencia a la espera de encontrarse a sí misma de nuevo, una vez la letanía de las bombas ha dejado de sonar en sus oídos. Y que Mathieu y Libero deberán enfrentarse a lo largo de las ciento ochenta páginas que dura esta novela a ese mismo vacío existencial, pues tras la muerte de ese mundo antiguo aún no ha germinado otro nuevo.

Como se intuye a través estas palabras, Mathieu y Libero abandonan la carrera de Filosofía, emprendida con ánimo de entender ese lugar en el que viven para posteriormente cambiarlo, para refugiarse en una tierra lo suficientemente familiar y endogámica como para moldearla a su propia conveniencia. Libero toma la iniciativa de hacerse cargo de ese bar ante la imposibilidad de aceptar que el sentido de la metafísica haya desaparecido entre los gritos de protesta de sus contemporáneos, más avezados a la política y a unas cuestiones morales que le traen sin cuidado por la precariedad de su base ética. Mathieu, en cambio, se ve arrastrado por un prejuicio inevitable hacia ese entorno tan fértil como frívolo en el que le han obligado a vivir sus padres, en París. Busca el origen, la sustancia, y no sabe vislumbrarlo más allá de las montañas de Córcega. Uno busca la metafísica. El otro la sustancia. Pero ambos coinciden en que ante semejante panorama, tan desolador como exigente, no les queda otra que fabricarse un mundo ajustado a sus propias necesidades. Un mundo suficientemente reducido como para olvidar sus antiguos anhelos y actuar en él como si juntos constituyeran el demiurgo platoniano.    

Por vez primera desde hacía mucho tiempo, (Mathieu) pensó en Leibniz y se alegró de hallarse en aquel lugar que ahora era el suyo en el mejor de los mundos posibles y casi sintió deseos de inclinarse ante la bondad de Dios, el señor de los mundos, que coloca a cada criatura en su lugar. Dios, empero, no merecía alabanza alguna, pues Mathieu y Libero eran los únicos demiurgos en ese pequeño mundo. El demiurgo no es el Dios creador. No sabe siquiera que construye un mundo, lleva a cabo una labor de hombre, piedra a piedra, y pronto su creación se le escapa de las manos y lo sobrepasa, y si no la destruye, es esta quien lo destruye a él.

Jérôme Ferrari muestra muchas virtudes en esta su última novela. Primero, consigue hablarnos de algo verdaderamente importante, el desencanto de las nuevas generaciones ante una forma de vida cuya infalible tendencia a “olvidar el ser” les llena de vacío. Segundo, tiene la clarividencia de situar su muerte en un momento concreto de la Historia, aquel que marca –y aquí, permitidme que ningunee la consabida influencia de la Revolución Francesa– la auténtica frontera entre los viejos valores y la “modernidad”. Aquella Primera Guerra Mundial en la que una nación nueva, sin historia y por tanto liberada de la carga moral que impone un pasado, se hizo cargo del mundo (para quien ande despistado, hablo de los Estados Unidos). Último, sabe vestir el mundo contemporáneo con los mismos andrajos que llevaban los soldados supervivientes de aquella barbarie, los mismos que permitieron la repetición de la Historia –el eterno retorno Nitzscheano– en 1939. Y situar sus perniciosas consecuencias en la vida de dos chicos jóvenes en la actualidad. Por fin un escritor que nos habla de cosas importantes.

Ignoramos, en verdad, qué son los mundos y de qué depende la existencia de los mismos. En algún lugar del universo tal vez esté escrita la misteriosa ley que preside su génesis, su crecimiento y su fin. Pero sabemos esto: para que surja un nuevo mundo primero debe morir un mundo antiguo.

Este es el fragmento seleccionado por el editor para llenar la contraportada. Un acierto que me hace dudar de nuevo sobre todo eso de los comienzos. Porque El sermón sobre la caída de Roma va de eso –y ya me repito–, de personas que tras ver morir su mundo, así de golpe y porrazo, casi sin aviso previo, esperan con denuedo –y cierta desesperación– la germinación de otro en el que vivir en cierta armonía. Mathieu erra, comprensiblemente, al situarlo en ese origen corso tan natural como primitivo y endogámico, en el cual los hombres fardan de su (injustificada) potencia sexual, y las mujeres se contentan con administrar cierto poder en la sombra.  Libero al desechar la posibilidad del cambio desde el actual, para él demasiado viciado y comprometido con unos objetivos insustanciales; y Marcel, el abuelo de nuestros lectores, de todos nosotros, vaga sin la esperanza de encontrar una explicación ante su inevitable y próxima muerte. Las consecuencias de su desespero, en ese refugio isleño en forma de bar, alcanzarán a personas cuyas mentes nunca contemplaron la posibilidad de encontrar una explicación a los aspectos más incómodos de sus vidas.

Y sí, el título del libro y de sus capítulos viene de un sermón pronunciado por San Agustín a su fieles de Hipona ante la caída de Roma. Y es éste mismo sermón el que vehicula la trama de la novela, haciendo que sus altos y bajos sean los suyos mismos. Como si Jérôme Ferrari se hubiera limitado a llenar con ejemplos contemporáneos los vacíos dejados por San Agustín entre la líneas de su abstracto discurso. Otra virtud del autor francés, ganador del último Goncourt: mostrarnos que el final de nuestro mundo se asemeja mucho al de Roma, y que si ellos, los ciudadanos de aquel Imperio, supieron dar un zapatazo sobre la mesa para aprovechar las posibilidades de una existencia tan incierta como moldeable, nosotros deberíamos ser capaces de hacer lo mismo. 

El sermón sobre la caída de Roma es una novela redonda, en la cual cada palabra, cada coma, incluso cada silencio tienen un sentido. Jérôme Ferrari, narra la historia como si estuviera dando un discurso, alargando las frases en un torrente de palabras y subrayando la entonación de algunas de ellas cuando lo considera necesario. Sin embargo, una propuesta que en principio amenaza con cortarnos la respiración, acaba desarrollando la trama con el ritmo adecuado. Al lector no le parecerá en ningún momento que este corriendo detrás de las palabras, tratando de atraparlas. Al contrario. Porque Ferrari no camina frente a nosotros, esperando que le sigamos, sino que nos lleva en volandas. En ello demuestra un enorme sentido de la oralidad. Por otro lado, sus personajes están tan bien construidos que casi se pueden percibir en los márgenes de la páginas el fuerte olor de los quesos corsos, e incluso escuchar el jaleo organizado por los clientes de ese bar de provincias. Ferrari ha conseguido con su manejo narrativo que una novela cogida con dos dedos –por culpa de un librero demasiado escéptico, y tal vez también por ese premio tan caprichoso que es el Goncourt– haya acabado siendo toda una revelación. Tal vez le falte metraje, y tal vez su mensaje pueda resultar un tanto mesiánico –detalle que, aunque reconocemos, no compartimos en absoluto–, pero su trabajo carece de fisuras y compone uno de los mejores libros publicados en España en 2013.

El lector encontrará referencias a Saramago o al último Muñoz Molina, en esa composición narrativa más oral que escrita,  y a  Vila-Matas o Bellow en ciertos pasajes decorados con algunas dosis de autoficción –Ferrari conoce bien Córcega y el norte África, y es filósofo de carrera–. Sin embargo, esas referencias no hacen más que validar su valiente propuesta. Estemos al tanto de lo que haga a partir de ahora Ferrari porque es un nombre que dará mucho que hablar en el panorama literario europeo.


*Se trata de uno de los premios anuales más prestigioso de la letras francesas.

**En orden de lectura, los inicios de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, La metamorfosis, de Franz Kafka, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, Caribou Island, de David Vann y León el Africano, de Amin Maalouf


        

           

1 comentario:

  1. Hola. Yo tengo en casa el primer libro del autor, publicado por una pequeña editorial antes que lo pescara Mondadori. Me lo han vendido en mi librería como una de las mejores novelas del año, y veo que no se han equivocado del todo. Gracias,

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