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jueves, 24 de octubre de 2013

El cero y el infinito para Arthur Koestler



La puerta de la celda se cerró violentamente detrás de Rubachof. Él se quedó unos minutos apoyado en la puerta y encendió un cigarrillo. Sobre la cama, que estaba a su derecha, habían colocado dos mantas relativamente limpias, y la paja del jergón parecía renovada recientemente. A su izquierda, el lavabo no tenía tapón, pero el grifo funcionaba. Al lado, el cubo higiénico acababa de ser desinfectado y no olía mal. Los muros eran de ladrillo macizo, menos por donde pasaban los tubos de calefacción y desagüe, donde la pared resonaba muy bien. Además, el mismo tubo de la calefacción parecía buen conductor de sonido. La ventana comenzaba a la altura de los ojos; se veía el patio sin necesidad de colgarse de los barrotes. Todo estaba, pues, a punto.


Así comienza El cero y el infinito (1941; Debolsillo, 2011*), la obra más reconocida de Arthur Koestler (Budapest, 1905 – Londres, 1983), con una descripción a primera vista de esa celda en la que el camarada Nicolás Salmanovitch Rubachof, quien fuera uno de los más estrechos colaboradores de Lenin, héroe de la Revolución, ex comisario del pueblo y ex miembro del Comité Central del Partido –junto a Stalin, nombrado Número Uno tras reinterpretar el testamento de Lenin–, acaba de ser confinado a la espera de un juicio por traición. Solo con la lectura de este primer párrafo, y a pesar del cuidado con que ha sido preparada la celda, intuimos que la de Rubachof no será una estancia agradable. No en vano, todos hemos oído hablar de las purgas estalinistas, aquellos oscuros procesos judiciales encargados por el Número Uno del Partido para deshacerse, no solo de los tradicionales contrarrevolucionarios –nostálgicos de la monarquía, aldeanos resentidos o artistas de naturaleza incómoda–, sino también de cualquiera que pudiera hacerle sombra o cuestionar, con su oposición política, su divinidad en el seno de la Gran Rusia Soviética. Sin embargo, a pesar de la previsibilidad de la trama, no podemos dejar de leer las desventuras de ese viejo revolucionario, el ciudadano Rubachof, para conocer la base filosófica a partir de la cual el Partido, como unidad representativa e indisoluble de la “verdadera” Revolución, de la correcta aplicación de las tesis formuladas por Lenin y sus acólitos, marcaba la frontera entre fidelidad y traición, entre vida y muerte. Porque a lo largo de casi trescientas páginas, asistimos como espectadores privilegiados a un colosal combate en forma de diálogo entre tres maneras distintas de interpretar el comunismo soviético. La del viejo Rubachof, ideólogo del régimen y héroe de la Guerra Civil, cuya estampa aparecía a la derecha del gran líder en aquella famosa foto de familia que reunía a todos los padres de la Revolución; la de Ivanof, un antiguo subordinado convertido ahora en juez de instrucción, cuyo aparente cinismo le permite mantenerse a salvo entre los filósofos de la vieja guardia, casi todos defenestrados o liquidados, y aquellos Neanderthal con el cerebro lavado –es decir, con ausencia de pasado fuera de lo que representa el régimen – a quienes se ha encomendado la ejecución de sus prerrogativas; y la de Gletkin, uno de esos Neanderthales para quien la tortura es el único método viable para obtener los resultados deseados durante un interrogatorio.

No hay más que dos concepciones de la ética humana, y las dos son polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria, declara sagrado al individuo y afirma que las reglas de la aritmética no deben aplicarse a las unidades humanas. La otra concepción arranca fundamentalmente del principio de que un fin colectivo justifica todos los medios, y no solamente permite sino incluso exige que el individuo esté absolutamente subordinado y sacrificado a la comunidad (la que puede disponer de él, ya como de una cobaya que sirve para un experimento, o como el cordero que se inmola en los sacrificios).

Pero Rubachof no es un opositor en sentido estricto. Es decir, no alberga dudas acerca del sustrato filosófico sobre el cual se fundamentan las tesis del Partido. Tampoco de la conveniencia de ponerlas en práctica con mano dura y sin contemplaciones, interpretando a su manera las “enseñanzas” de Maquiavelo**. Él mismo ha ordenado la liquidación de quienes amenazaban al bien colectivo, creyendo que la vida de un individuo solo tenía valor al servicio de la Historia, nunca al servicio de sí misma. Por ello, tampoco ha dudado en sacrificar a ciertas personas próximas cuando se trataba de escoger entre su vida y la suya, pues esta, al encontrarse al servicio del Partido y de la Historia de manera permanente, siempre tenía mayor valor. Y si asomaba algo de conciencia en su interior, algún eco de ese “yo” que aprendió a eliminar en favor del “nosotros”, sabía reducirlo a una molesta bruma en su cabeza. Su oposición se limita a una cuestión de criterio en cuanto a la manera de “exportar” la Revolución. El Número Uno cree que debe hacerse en una época más propicia –estamos en el año 1937 o 38– y él sin mayor dilación, sobre todo ante el inevitable avance de los nacionalsocialistas. Y como la lógica comunista no admite la cohabitación de dos o más criterios distintos –pues el éxito de la Revolución depende de ello, de la elevación del criterio del líder a la categoría de verdad absoluta, y ya se sabe que las verdades absolutas no admiten matices–, Rubachof acaba confinado en una oscura celda a la espera de un juicio que sabe no tiene opciones de ganar. Todo lo que puede hacer es salvar la vida mediante una retractación en público o morir en silencio.

Nosotros hemos llevado tan lejos la lógica, que para arreglar una simple divergencia de criterio no conocemos otro argumento que la muerte  

El cero y el infinito no acaba de ser una novela literaria. Es, tal vez, un ensayo novelado, a la manera de George Orwell o Aldous Huxley. Sobre todo de Orwell, quien consideraba a Koestler una “figura excepcional de su tiempo” y que compartió con él una curiosa relación de amor y odio con el comunismo. Ambos sucumbieron al principio a sus encantos para acabar rechazándolo con firmeza al ver lo que hacían de él los soviéticos. En cualquier caso, la manera como Koestler pone la novela al servicio de una idea, que por otro lado bien podía desarrollarse –y tal vez mejor– en un ensayo, mediante un lenguaje más directo, hace que pierda mucho de su literatura. De hecho, es tanto su interés en no perder el hilo de esa conversación interminable entre Rubachof, Ivanof y Gletkin, que acaba pasando de largo, con bastante indiferencia, ante cualquiera de las varias imágenes literarias que se le aparecen por el camino. Por ejemplo, en el primer capítulo. La noche de su detención, Rubachof está soñando precisamente en una detención. Es decir, mientras los oficiales encargados de detenerlo y conducirlo al centro penitenciario aporrean la puerta de su apartamento –o departamento, o piso, o comoquiera que lo llamaran–, Rubachof sueña con su captura. De alguna manera, su conciencia de haber realizado acciones susceptibles de ser consideradas como antirrevolucionarias, unida a su pasada experiencia en las cárceles teutonas –donde acabó al intentar recomponer el Movimiento en una Alemania recién conquistada por el Nacionalsocialismo– lo conducen a imaginar con pelos y señales su encarcelamiento en esa patria en la cual su rostro aparece en todos los cromos junto al de Lenin, Stalin, y los demás artífices de la Revolución. Pero esa imagen pierde, en manos de Koestler, todas sus posibilidades literarias para convertirse en un recurso casi periodístico al servicio de una idea: manifestar la vileza de un sistema que se permite la osadía de detener a uno de sus creadores. Como esta idea queda completamente dibujada a través de otros detalles más importantes, por ejemplo el hecho de que su juez de instrucción fuera un subordinado suyo durante la Guerra Civil –es decir, lucharan codo a codo por la Revolución–, tal vez Koestler podría habernos hablado de esa pesadilla recurrente en otro términos. Incluso podría haberla utilizado para representar de manera idónea el ocaso del sueño comunista.

El nivel de vida del pueblo es inferior al que tenía antes de la Revolución; sus condiciones de trabajo son más duras, la disciplina es más inhumana, la jornada y exigencias peores que en las colonias donde se emplean culíes indígenas; hemos hecho llegar hasta los niños de doce años la pena capital; nuestras leyes sexuales son más mezquinas que las de Inglaterra; nuestro culto al Jefe, más bizantino que en las dictaduras reaccionarias (…) Hemos montado el más gigantesco aparato político, en el que los confidentes han venido a ser una institución nacional, y lo hemos dotado con el sistema más refinado y más científico de torturas mentales y físicas (…) La energía de esta generación (…) está completamente desangrada y ya no queda de ella más que un pingajo de carne de sacrificio que yace en su torpor.

En definitiva, la pesadilla de Rubachof no es tanto su detención como la imposibilidad de un sueño por el cual ha consumido toda una vida. Por otro lado, nos habría gustado conocer más detalles sobre la vida de Rubachof: saber qué se ha hecho de aquel jovenzuelo obsesionado con la justicia social y el progreso para acabar perdido entre los escombros de su codicia intelectual, aquella que le ha permitido sacrificar al pueblo en nombre del pueblo.

Entonces, El cero y el infinito es un ensayo político y filosófico de primerísimo orden a la vez que una novela sin demasiado valor literario, cuya principal virtud en este último punto es carecer de pretensión alguna: el lenguaje es vertical y sin florituras, y la trama avanza de manera lineal sin demasiadas interrupciones, tal vez algún flashback necesario para comprender ese o aquel punto. Ya decía Herman Broch que “descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela”.  
   


*Última edición, en libro de bolsillo. La última edición en rústica para librerías la sacó Destino en 1986. La traducción es la misma para ambas ediciones, de Eugenia Serrano Balanyà, en realidad la única existente y que hiciera para la primera edición de 1964. De ahí que los nombres de los personajes permanezcan en su versión castellanizada.


**"Todos ven lo que pareces, pocos tocan lo que eres, y esos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de los muchos, que tienen además la majestad del Estado de su parte. Y en las acciones de los hombres, y más aún en las de los príncipes, cuando no hay un tribunal al que recurrir, lo que cuentas es el fin. Trate, por tanto, un príncipe de vencer y conservar el Estado: los medios siempre serán juzgados honrosos y encomiados por todos, pues el vulgo siempre se deja llevar por la apariencia y el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo, careciendo los poco de sitio donde la mayoría tiene donde apoyarse." Fragmento del capítulo XVIII de El príncipe, de Nicolás Maquiavelo.     

2 comentarios:

  1. Me dice mucho que Orwell lo valorara como una figura excepcional de su tiempo. Por lo que cuentas, poco importa que la caliad literaria no fuera de lo más, si lo que aporta es sin embargo, algo mucho más valioso.
    Me gusta tu sitio, porque traes cosas muy ineresantes y que si no es porque vengo no las hubiera conocido.

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  2. Gracias, Icíar. Realmente se trata de una lectura más que recomendable. Un saludo.

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