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lunes, 14 de octubre de 2013

El amor en los tiempos de García Márquez



Había olvidado que una vez tuvo un loro de Paramaribo al que quería como a un ser humano, cuando lo oyó de pronto: “Lorito real”. Lo oyó muy cerca, casi a su lado, y enseguida lo vio en la rama más baja del mango. 
   –Sinvergüenza –le gritó. 
   El loro replicó con una voz idéntica:  
   –Más sinvergüenza serás tú, doctor. 
Siguió hablando con él sin perderlo de vista, mientras se puso los botines con mucho cuidado para no espantarlo, y metió los brazos en los tirantes, y bajó al patio todavía enlodado tanteando el suelo con el bastón para no tropezar con los tres escalones de la terraza. El loro no se movió. Estaba tan bajo, que le puso el bastón para que se parara en la empuñadura de plata, como era su costumbre, pero el loro lo esquivó. Saltó a una rama contigua, un poco más alta pero de acceso más fácil, donde estaba apoyada la escalera de la casa desde antes que vinieran los bomberos. El doctor Urbino calculó la altura, y pensó que con subir dos travesaños podía cogerlo. Subió el primero, cantando una canción de cómplice para distraer la atención del animal arisco que repetía las palabras sin la música, pero apartándose en la rama con pasos laterales. Subió el segundo travesaño sin dificultad, agarrado de la escalera con ambas manos, y el loro empezó a repetir la canción completa sin cambiar de lugar. Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trató de coger el loro con la derecha. Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien rea de no haber sido por las rayas verdes de los tirantes elásticos.
   –¡Santísimo Sacramento! –gritó–. ¡Se va a matar! 
El doctor Urbino agarró al loro por el cuello con un suspiro de triunfo: ça y est. Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a  darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés.

La adaptación cinematográfica de la novela El amor en los tiempos del cólera (Sudamericana, Bruguera, 1985*) –posiblemente la obra más célebre de Gabriel García Márquez (Aracataca, 1928) después de Cien años de soledad– comienza con esta escena relatada por el autor colombiano hacia la mitad del primer capítulo. A pesar de la pobreza narrativa y estética de dicha adaptación, hay que agradecer a Mike Newell, su director, ese acierto. Y no solo porque representa el mejor punto de partida a partir del cual desarrollar los dos tiempos narrativos en los que transcurre la trama, el lugar en el que ambos se funden, sino también porque muestra dos detalles importantes de la narrativa de García Márquez. Primero, esa manera de contarnos la realidad con todo lujo de detalles, para que sepamos dibujar y colorear la pintura completa en nuestra cabezas, incluso darle textura y profundidad: casi sentir la rugosidad de cada pincelada, de cada palabra. Segundo, parar el reloj cuando es necesario para que sus personajes piensen a sus anchas, sin sentir presión alguna por el transcurso del tiempo. Hasta el momento en el cual la escalera resbala bajo los pies del doctor Juvenal Urbino, todo sucede como debe suceder. Más que eso, nos permite imaginar el patio de una casa colonial resguardada bajo la sombra de los naranjos, en el cual un viejo potentado e ilustrado –tiene sirvienta y se expresa en francés ocasionalmente– disfruta de unas horas de descanso, y en el cual un loro nos acerca los colores de la selva colombiana, muy presentes en toda la obra**. Luego, mientras levita sobre el espacio liberado por la escalera, el doctor Urbino se permite el lujo de recrear las circunstancias en las que se está produciendo su muerte, “sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés”. Casi parece una de aquellas escenas de Matrix, en la cual la conciencia humana es capaz de pensar a su velocidad habitual mientras el tiempo avanza a paso de tortuga. Como los personajes de aquel relato de H. G. Wells, El nuevo acelerador. Realismo mágico, lo han bautizado los que ponen nombres a los movimientos literarios. En realidad, es cierto que ciertos elementos narrativos irreales convierten las novelas de García Márquez, o a Álvaro Mutis –recientemente fallecido y de quien hablaremos en otra ocasión–, en algo verdaderamente sólido y consistente. Casi nos parece que esa manera de manipular el tiempo permite conocer la realidad de una manera más completa. Hace cierta aquella clásica afirmación de que la literatura sabe explicar la realidad mejor de lo que esta se explica a sí misma. Como cuando el protagonista de otra memorable novela de García Márquez, La hojarasca (1954; Mondadori, 1987), pide para comer “hierba común, señora. De esa que comen los burros”. ¿Acaso los humanos comemos alfalfa o algarrobos? Sin embargo, que manera más maravillosa de representar la potencia de un personaje un tanto asilvestrado.

Al morir, el doctor Juvenal Urbino instala en una indeseada viudedad a Fermina Daza, mujer que ostentara en su juventud una indudable belleza, y cuyo matrimonio con el heredero de una ilustra familia –los Urbino de Lacalle– la ha dotado de cierta nobleza. Atrás ha quedado su pasado como hija de un traficante de mulas enriquecido de la mañana a la noche a base de sobornos y sin saber una palabra de etiqueta, y como objeto de deseo en una ciudad del Caribe colombiano a finales del siglo XIX –Cartagena de Indias, se suele decir–. También la historia de amor imposible –tranquilos, no se trata de una novela romántica de género– que experimenta en su adolescencia junto a Florentino Ariza, bastardo de un naviero ya fallecido cuya vida transcurre, en aquellos momentos, entre las calles anegadas de una barriada popular y las directrices de una madre tan pobre como sobreprotectora. Uno de los tiempo narrativos en los que transcurre la trama se fija en esa historia del pasado, cuyo funesto desenlace abre otra naturaleza de posibilidades en el futuro de Fermina Daza y sume a Florentino Ariza en una inconsolable melancolía. Fermina acaba optando por la seguridad de un matrimonio concertado con un ciudadano ilustre y de indudables posibilidades, el doctor Juvenal Urbino, mientras Florentino llora la pérdida durante décadas.

He esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.

Así se expresa Florentino Ariza, ahora anciano presidente de la Compañía Fluvial del Caribe, y por tanto un potentado de la ciudad después de tantas contrariedades, al dirigirse a Fermina Daza cuando ya todos han abandonado el sepelio del doctor Urbino, con una frase que ocupa ya un lugar importante en la historia de la literatura. “Lárgate”, le contesta ella. “Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida”, concluye. Aquí comienza el segundo tiempo narrativo, aquel que nos ofrece la reconciliación de dos seres anclados, cada uno a su manera, en aquella historia que vivieran tantos años atrás. Florentino sin ser jamás capaz de superar el rechazo; Fermina dudando de la elección tomada, imaginando que el amor incondicional de Florentino habría sido, tal vez, mucho más conveniente que aquel matrimonio de conveniencia –valga la redundancia– con el ilustre doctor Urbino, demasiado acostumbrado a permitirse las licencias propias de su estirpe.

Lo que Gabriel García Márquez quiere revelarnos con esta historia, considerando al novelista como lo hacía Kundera, como un “explorador de la existencia”, no es el primitivismo de los valores de la sociedad colombiana de finales del siglo XIX y principios del XX, sino la posibilidad o imposibilidad de manipular el tiempo –en la vida real– a nuestra propia conveniencia. La decisión de Fermina Daza, la de decantarse por el doctor Juvenal Urbino en detrimento del entonces pobre Florentino Ariza –en sentido literal y metafórico–, solo encuentra una oportunidad de subsanación al cabo de muchas décadas, cuando ella y su antiguo enamorado cuentan entre ambos más de ciento cincuenta años. Cien, desde que tomaran caminos distintos. Y aún entonces, cuando ambos recuperan las cosas tal y como las dejaran al iniciarse ese intervalo, nos parece que no existe tiempo capaz de impedir aquello que el hombre ha emprendido. Como dice Javier Aparicio en Lecturas de ficción contemporánea (Cátedra, 2008), el ejemplo de esta pareja es “el del amor venciendo el tiempo, el deterioro físico, la muerte”. En definitiva, “el triunfo del amor sobre la soledad”. ¿Le debe algo García Márquez a La educación sentimental, de Gustave Flaubert? Posiblemente. Es inevitable relacionar a Florentino Ariza con el protagonista de esa novela, el enamoradizo Frédéric Moreau, y a Fermina daza con la caprichosa señora Arnoux.

Al final de la novela, cuando Florentino Ariza ordena al capitán del barco en el que está  navegando junto a su amada, después de cincuenta y tres años, siete meses y once días de frustración, que continúe la ruta sin detenerse en ningún puerto, con la bandera del cólera izada, este le pregunta con franqueza: “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?” “Toda la vida”, le contesta Florentino. ¿Acaso su vida, instalada en una cómoda vejez, tiene demasiadas posibilidades de alargarse lo suficiente como para permitirle vivir esa historia que el destino y sus circunstancias le negaran en su momento? ¿Tienen todas las historias “su momento”? García Márquez cree que no, que mientras tengamos uso de razón podremos manipular el tiempo y regalarnos a nosotros mismos aquello que la vida no ha sabido concedernos.

Tal vez el personaje de Florentino nos parezca un tanto irreal. El doctor Urbino se presenta como una auténtico potentado de la época, manejando su coche de caballos con la misma presteza con que un joven manejaría su deportivo en la actualidad. Fermina Daza busca la realización de cierta ambición burguesa como lo haría cualquier chica de nuestro siglo con alguna pretensión social. Pero, ¿y Florentino Ariza? ¿Es un personaje extrapolable a la actualidad? Posiblemente eso es lo que trata de contestar García Márquez. Que lo ideales sirven como término de referencia, pero nunca nos otorgan una segunda oportunidad más allá de la ficción. Es decir, que los ideales solo viven en cuanto dejamos que vivan.

Harold Bloom compara muy acertadamente el deudo de García Márquez con Cervantes al de William Faulkner con Shakespeare.  Al igual que su mentor, el autor norteamericano, quien a su vez remite al nihilismo de Shakespeare, García Márquez retrata “el humanismo desesperado (…), la decadencia, el miedo obsesivo al incesto, el naufragio de nuestra soledad creativa en un océano de información”. Sin embargo, para Bloom lo que diferencia al Nobel colombiano de estos otros tres autores es su “fe romántica en eros, aunque sabe esa verdad freudiana de que el amor es con demasiada frecuencia una máscara para la pulsión de la muerte”.  

Vayamos con otra de sus más célebres novelas, Crónica de una muerte anunciada (Bruguera, 1981).   

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagadas de pájaros. “Siempre soñaba con árboles”, me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. “La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros”, me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de intérprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.

He aquí el comienzo de esta novela de madurez –¿se nos permite esta licencia?– cuyo título nos trae ecos de otros tiempos. Tal vez de la época en la cual García Márquez ejercía como periodista en el diario El espectador de Bogotá, cuando escribió Relato de un náufrago (1970; Mondadori, 1994), una novela que pasa por ser el relato de un suceso real, y que sin embargo parece un divertimento. Ambas comparten ese componente Cervantino –casi Homeriano– de hablarle directamente al lector con finalidades moralizantes, y de novelar en forma de crónica para dotar al relato de mayor realismo. Sus artificios remiten al Camilo José Cela de La familia de Pascual Duarte, o al Borges de Pierre Menard, autor del Quijote. A fin de cuentas, la voluntad de García Márquez no era tanto ganarse la vida como escritor, de la mano de Carmen Balcells, su mecenas en Barcelona allá por los años sesenta –junto a Vargas Llosa–, como dotar a la narrativa realista de un nuevo matiz. Algo que la hiciera más realista, si cabe. De alguna manera, su mundo nos remite –además de los últimos autores mencionados– al de Tolstói y al de Flaubert, con esa paulatina construcción de personajes, casi solidificación, que se muestra capaz de mostrar una realidad ineludible a través de su inapelable búsqueda del “yo”.  Más allá de los adjetivos al uso, existe una voluntad de evolucionar la novela moderna. A pesar de lo dicho anteriormente en el análisis de El amor en los tiempos del cólera, posiblemente Florentino Ariza fuera la Madame Bovary de García Márquez. No me cuesta imaginar a García Márquez afirmando en una rueda de prensa: “Florentino Ariza c’est moi”.  

La última imagen que su madre tenía de él era la de su paso fugaz por su dormitorio. La había despertado cuando trataba de encontrar a tientas una aspirina en el botiquín del baño, y ella encendió la luz y lo vio aparecer en la puerta con el vaso de agua en la mano, como había de recordarlo para siempre.

Crónica de una muerte anunciada gira alrededor del asesinato de Santiago Nasar, un niño de casa bien cuya laxa moral le permite “poseer” con tanta violencia como connivencia el cuerpo de una niña de peor condición en plena adolescencia, hermana de dos gemelos, los Vicario, sin mayor maldad que la de preservar la virtud de su ultrajada hermana “por un asunto de honor”. Con sus 21 años, “esbelto y pálido, y (…) los párpados árabes y los cabellos rizados de su padre”, a Santiago Nasar solo le queda otra que esperar, después de ese atrevimiento inevitable, el juicio de su época. Nos encontramos de nuevo ante la fatalidad del amor, una variable presente en casi toda la obra de García Márquez (por no decir toda). Y de nuevo amor y muerte caminan juntas, como si hubieran de hacerlo así hasta el final de los tiempos. Sin embargo, una de las particularidades más envidiables del autor colombiano es su habilidad para convertir dicha fatalidad en un atisbo de esperanza, ya sea mediante la trama o recurriendo al absurdo. Como cuando Santiago Nasar, de regreso a casa con el cuerpo lleno de cuchilladas y las vísceras en la mano, saluda a su vecina.


–¡Santiago, hijo –le gritó–, qué te pasa! 
Santiago Nasar la reconoció.
          –Que me mataron, niña Wene– dijo.   


Nos parece que la muerte de Santiago Nasar no es algo de lo que preocuparse, sino de la consecuencia inevitable de ese eros que llevamos marcado en la piel como si fuéramos esclavos, y que sobrellevamos con estoicismo porque preferimos el dolor a la insensibilidad.

Por otro lado, García Márquez vuelve a jugar con los dados del tiempo, enseñándonos todas y cada una de las posibilidades escondidas en el cubilete para mostrarnos la la futilidad de cada acto humano. Al final, no es la voluntad lo que conduce a los hermanos Vicario a llevar a cabo el ajusticiamiento de Santiago Nasar, sino una cadena de casualidades que, de nuevo, roza el absurdo. Una casualidad acontecida como consecuencia de algo tan banal como una borrachera. De nuevo esa vieja pregunta acerca del destino, expresada en este caso a través de los sueños del protagonista. ¿Es posible aceptar una muerte absurda aún en toda su previsibilidad? ¿Se puede manejar el tiempo para que las cosas sean como deberían haber sido? Eso solo la ficción sabe conseguirlo. Como también nos permite leer novelas de un tirón aún cuando ya conocemos su desenlace.  

García Márquez nos demuestra, a través de su novelística, que las cosas guardan una lógica más justa en todas aquellas posibilidades jamás desarrolladas. Y su lenguaje es completamente coherente con ello. Tanto él, como Vargas Llosa, desarrollaron por primera vez –de manera seria–  la alternancia de tiempos narrativos para demostrar que la vida, como el cine, se expresa mejor a través del recuerdo.

García Márquez no es tanto un  realista mágico como un manipulador del tiempo y del espacio.    



*En esta reseña apunto las ediciones que obran en mi poder. Las ediciones más modernas de su fondo corresponden a Mondadori y Debolsillo. 

**Harold Bloom decía lo siguiente sobre la intensidad que hay en la textura de las novelas de García Márquez: “No estoy seguro de que (dicha intensidad) sea finalmente una virtud; a veces me siento ante ella como un hombre al que invitan a cenar y tan solo le sirven un enorme plato de delicias turcas”. 


  

       


8 comentarios:

  1. karenin, tú no haces comentarios de lecturas ni reseñas literarias. Lo tuyo son ensayos!! ;)

    Chapeau. Me lo he leído con detenimiento, pero tengo que volver y leer de nuevo.

    Gracias y un saludo!

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    1. Pues te agradezco el cumplido!! si es que era eso ;) Ya me dirás que opinas de los dos libros de GM. Saludos,

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  2. Empiezo diciendoque no he visto su adaptación cinematográfica porque esa forma que tiene el autor de expresarse me parece harto difícil de ser llevada al cine sin que acabe pareciendo un telefilme casual a gusto del protagonista. Posiblemente me equivoque.
    La historia me gustó, me gusta Marquez, su forma de escribir es peculiar y lleva un sello personal que hace que sus libros sean un placer aunque, reconozco, me cuesta tomar sus historias en serio
    Besos

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  3. Pedazo de entrada! Si es que siempre aprendo con tus reseñas. O con tus ensayos, como dice Ana. ¡Gracias!
    Besotes!!!

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  4. Entiendo que hayas evitado el film, mientrasleo, pues a mi entender no vale demasiado. Pero el libro sí. Conozco unos cuantos lectores que no acaban de tomarse en serio a Gabo. Sin embargo, hay que leerlo con preaviso: él tampoco se toma demasiado en serio a sí mismo, con lo cual, de alguna manera, su "toque" latino, floreado, exuberante, incluso edulcorado, esconde algo de autoparodia. Si no fuera así, no sabría leerlo. Por otro lado, casi todas sus historias suceden a finales del XIX y principios del XX, con lo cual asume una manera de narrar más propia de la época.

    Gracias por acercarte :) Besos

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  5. En eso tienes razón, por eso apuntaba que me gusta antes de decir que me cuesta tomarlo en serio. No quería que sonase a crítica o a payasada, ni mucho menos. Es en realidad algo provocado por su "toque personal"
    Besos

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