Pages - Menu

martes, 22 de octubre de 2013

DUBLINESCA, o Vila-Matas no se acaba nunca



Tal vez os parezca –y con razón– que en Jauría Lectora priman las obras secundarias de los grandes autores sobre sus títulos más conocidos. La semana pasada reseñábamos El amor en los tiempos del cólera y Crónicade una muerte anunciada, ambas de Gabriel García Márquez, sin apenas mencionar Cien años de soledad. Y antes habíamos hecho lo propio con el Herzog de Saul Bellow, en detrimento de Las aventuras de Augie March y El legado de Humboldt; o, en el caso de Herman Melville, ninguneábamos su Moby Dick para centrarnos en Bartleby, elescribiente


No se trata tanto de una tendencia premeditada, circunscribirnos al “catálogo editorial” del blog –aquello de ofrecer algo distinto, huir del tópico, etc.–, como de seguir un instinto natural. Cuando nos ocupamos de las secciones dedicadas a los clásicos antiguos y contemporáneos, o a los libros de fondo –es decir, de todo aquello que no es estrictamente una novedad–, escogemos los títulos con el estómago. Nos colocamos frente a la biblioteca, y en cuanto escuchamos los primeros rugidos provenientes de la tripa estiramos el brazo para agarrar el libro que tenemos más a la vista. De esta manera, saciamos el hambre con aquello que nos pide el estómago directamente, sin intermediarios, y luego, al escribir sobre ello, dejamos que nuestros jugos gástricos, aún en plena ebullición, guíen nuestra pluma sin la menor intención de practicar censura alguna. A fin de cuentas se nos pide una crítica, un artículo en el cual expongamos las razones –o sinrazones reconocidas – por las cuales admiramos o aborrecemos el libro objeto de análisis, o por las cuales nos ha reportado un formidable festín gastronómico o una terrible ulcera. De eso se trata, de mojarse, y para ello que mejor que dejarnos llevar por el sabio consejo de nuestro sistema digestivo. Por algo lo llamarán “gusto” literario, digo yo. Entonces, ya sea el artículo más o menos aceptable desde el punto de vista académico –o incluso inaceptable– , al menos nos aseguramos de que carezca de la tibieza a que nos tienen acostumbrados esos críticos contemporáneos tan avezados al “talante intelectual”. Maldito talante.

Por eso, porque nos lo pedía el estómago, hemos pasado de largo ante los Cien años de soledad, Moby Dick o Las aventuras de Augie March, y por eso hoy olvidaremos la celebración de los diez años desde la publicación de París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas, para centrarnos en su Dublinesca (Seix Barral, 2010), su obra, para nosotros, más Joyceana. Un homenaje a ese Nuevo Testamento de la literatura contemporánea, el Ulises de James Joyce, que incluso llevó a Vila –Matas a fundar, junto a otros autores tan destacados como Jordi Soler o Eduardo Lago, la Orden del Finnegans*.

Pertenece a la cada vez ya más rara estirpe de los editores cultos, literarios. Y asiste todos los días conmovido al espectáculo de ver cómo la rama noble de su oficio –editores que todavía leen y a los que les ha atraído siempre la literatura– se va extinguiendo sigilosamente a comienzos de este siglo. Tuvo problemas hace dos años, pero supo cerrar a tiempo la editorial, que a fin de cuentas, aun habiendo alcanzado un notable prestigio, marchaba con asombrosa obstinación hacia la quiebra. En más de treinta años de trayectoria independiente hubo de todo, éxitos pero también grandes fracasos. La deriva de la etapa final la atribuye a su resistencia a publicar libros con las historias góticas de moda y demás zarandajas, y así olvida parte de la verdad: que nunca se distinguió por sus buenas gestiones económicas y que, además, tal vez pudo perjudicarle su fanatismo desmesurado por la literatura.

Samuel Riba, el protagonista de esta novela, un editor retirado a quien solo importa ya conservar la memoria de su catálogo editorial así como la vitola de “editor romántico e independiente”, tal vez el último literario, aun en perjuicio de su matrimonio y de su propia salud mental, tiene muchos puntos en común con Vila-Matas. De hecho, se suele decir que este personaje creado en 2010 –no a principios de este siglo– es su alter ego “editorial”. Es decir, el tipo de editor que habría sido él de dedicarse a la edición en lugar de a la escritura. Claro: Vila-Matas es un autor tan celoso de su propia condición, culta y literaria, que jamás se habría permitido la desfachatez de meterse en la piel de un editor que no fuera igual de culto y literario. Nos encontramos, entonces, ante la principal debilidad del autor barcelonés: manifestar con tan poca vergüenza como propaganda que lo suyo es la verdadera literatura. Y cuidado que esto no es una crítica negativa. Al contrario. Vila-Matas puede permitirse esta y otras vanidades, pues es de lo pocos escritores verdaderamente literarios que quedan en el panorama de la narrativa española contemporánea, sino el mejor. Dicho esto, cabe decir que en esta reseña se repite tantas veces por párrafo cuadrado el término “literario”, o “literatura”, como en la novela.

Sigamos.

La trama de esta novela es casi lo de menos: la ociosa vida de Samuel Riba se limita a mantener interminables diálogos literarios consigo mismo, llenar las mañanas frente a la pantalla vacía de su ordenador, buscando de vez en cuando algún término en google, y superar a regañadientes su enorme dependencia del whisky. Su matrimonio, muy mermado ya por tantos años dedicados a un trabajo absorbente, depende de ello. Entonces, en un acto de completa coherencia consigo mismo, Riba decide organizar con tres de sus más estrechos colaboradores –autores pertenecientes o cercanos a su catálogo– un periplo por Dublín para celebrar el Bloomsday, es decir, el día –un 16 de junio– en el que Leopold Bloom y su colega Stephen Dedalus, ambos protagonistas del Ulises de James Joyce, recorren la capital irlandesa para vivir numerosas aventuras y discutir sobre todo lo habido y por haber. O para, como decía Milan Kundera en El arte de la novela, sondear “el inalcanzable momento del presente”. Tal vez también celebrar un funeral por la era de la imprenta. 

Soy un hombre apagado, piensa. Pero sería peor que a alguien le diera por encender las lámparas de mi existencia. Nada bueno sería que sucediera cualquier cosa y todo esto se animara y la casa se convirtiera en un exaltado barracón de feria y yo pasara a ser el centro de una novela. Y sin embrago es como si lo viera venir. Ocurrirá algo pronto, estoy seguro. De golpe, alguien vendrá a interrumpir mi vida monótona de viejo que camina descalzo por su casa, sin encender la luz, y se queda a ratos quieto, apoyado en algún mueble a oscuras mientras escucha las carreras de los ratones. Pasará algo, estoy seguro, mi vida conocerá un vuelco y mi mundo será una novela eléctrica. Si eso ocurre, será horrible. No creo que me guste que me separen del encanto inigualable de mi vida corriente. Yo me contentaría sólo con vivir en Nueva York, pero llevando allí también una vida sencilla, en contacto siempre con la sedante ordinariez de lo cotidiano.

¿Qué decir cuando Vila-Matas, más allá de mostrarse abiertamente pretencioso en el curso de la novela, se expresa con tanta ternura a través de su alter ego? Su retrato del hombre de letras, ya sea editor, traductor, escritor, o cualquiera de las variables existentes, es escandalosamente preciso. A su hombre de letras, aquel que consume sus horas frente a un libro o la pantalla de su ordenador, le aterroriza su soledad. No tanto la página en blanco como la soledad. No soporta llegar a casa a las siete de la tarde, tras una ardua jornada de trabajo, y tener que enfrentarse a ese interminable lapso de tiempo entre la conciencia y el sueño. Quisiera tener alguien con quien hablar de cosas frívolas, ya sea su esposa o el barman de su bar de cabecera, y olvidar el torrente de ideas absurdas y la ansiedad que lo consumen cuando se encuentra desprotegido, a solas, obligado a enfrentarse a sus propios pensamientos cuando el día declina. “Alguien tendría que prohibir los domingos por la tarde”, diría Isabel Coixet. Si pensáis igual, os recomiendo que leáis este libro con cierta precaución.

Invitado en Lyon a un simposio sobre la novela, un doble del escritor Vila-Matas es dejado por un taxi en su hotel sin que allí nadie le dé la bienvenida. En la soledad de su habitación redacta una teoría general de la novela, incidiendo especialmente en los cinco elementos que deben reunir los textos para pertenecer a un nuevo siglo, mientras la organización que le ha invitado a Lyon sigue sin ponerse en contacto con él. De regreso a Barcelona, le parece descubrir la futilidad de todo ensayo y de todo viaje y quizás incluso la futilidad de todo, de modo que acabará destruyendo la teoría, si bien ésta podría servirle a alguien para escribir Dublinesca.

En realidad, esto no es un fragmento de Dublinesca, sino el texto de contraportada de Perder teorías (Seix Barral, 2010), un “libreto” de no más de setenta páginas a través de las cuáles Vila-Matas, mediante su alter ego, pretende transmitirnos su concepto de la novela moderna. Es decir, qué cinco aspectos debe contener necesariamente una buena novela contemporánea. En cualquier caso, este episodio está incluido en la trayectoria vital del protagonista de Dublinesca, de tal manera que Perder teorías se erija en una suerte de precuela.  Sin embargo, aunque sólo exista una relación lateral entre Dublinesca y Perder teorías, este libreto nos proporciona una vía tan esencial como perversa de entender a Samuel Riba
Uno: se trata de diferenciar al autor del editor, considerando que la frustración de este último dista mucho de la del primero. El editor está frustrado por su imposibilidad de crear más allá de la elección de los títulos de su catálogo editorial. El autor trata de huir de su soledad comunicativa, y por tanto de la muerte –o de la pulsión de la muerte, como diría Freud– a través de la escritura. Una huída hacia adelante. Dos: la teoría general de la novela se le revela a un editor de manera consciente y el escritor, más intuitivo, la expresa en los márgenes de su frases. Tres: la soledad del escritor es la misma que la del editor. Como decía Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, “hay cierta dosis de fatalidad en toda distinción física e intelectual (…) a todos nos tocará sufrir por lo que los dioses nos han concedido”. Samuel Riba y Enrique Vila-Matas sufren algo parecido. La imposibilidad de mantenerse dignos frente a la muerte al entender que la suya siempre se mantendrá como una labor inconclusa. A fin de cuentas, Riba siempre se ha preguntado cuanto de escritor había en él.

Más allá de lo dicho, nos queda un viaje a Dublín repleto de guiños literarios –San Agustín, Julian Barnes, Joyce, Gombrovicz, Mark Strand, Echenoz, Philip Larkin– y cinematográficos –John Houston, Groucho Marx, Woody Allen–, y la voluntad y acierto de acercarnos una obra tan complicada como imprescindible, el Ulises de James Joyce, que ha marcado su manera de escribir.  Posiblemente gracias a ella, Vila-Matas aprendió a sentirse cómodo hablando de su estilo narrativo –o, para ser más generosos, del oficio del escritor–y de su propia experiencia lectora. Dublinesca ofrece, en este sentido, grandes dosis de metaliteratura –uno de los cinco punto de la teoría general de la novela de Samuel Riba–, y un sinfín de citas literarias de sus autores predilectos, en un brillante ejercicio de intertextualidad que resulta tan ameno y oportuno como revelador. 
Pero si existe una característica genuinamente vilamatasiana, es su habilidad para convertir sus experiencias personales en literatura, para insertarlas en el texto de manera que sepan actuar como catalizadoras de ese “hecho” que, al apellidarlo “literario”, solemos asociar a la pura ficción. Vila-Matas es un alquimista habilidoso que sabe administrar a sus obras la dosis adecuada de autobiografía, de tal manera que sus novelas siguen siendo novelas con mayúsculas mientras sus imágenes literarias adquieren la alta definición de la realidad vivida. Hay quienes pregonan la muerte de la autoficción. Sin embargo, para nosotros debe primar el pacto narrativo: si la novela es endemoniadamente buena, nunca le reclamaremos al escritor que nos detalle sus fuentes. A fin de cuentas, la biografía de un autor siempre está presente en sus palabras, incluso en la de los más indiscutibles creadores de pura ficción.
Entonces, Vila-Matas sabe conjugar los mejores atributos de algunos de los más grandes escritores de los últimos tiempos que han recurrido a la autoficción. Consigue reconciliar esa franqueza provocadora de que suele hacer gala Philip Roth , algo condescendiente consigo mismo, con la ternura autodestructiva de un Saul Bellow o de un John Fante.     

A Nietzky (uno de los cuatro más estrechos colaboradores de Samuel Riba, y por tanto compañero en ese viaje a Dublín) siempre le encantó muy especialmente la teoría de Nabokov. Después de haber leído las opiniones de tantos investigadores, Nabokov dedujo que la clave del enigma desconocido se encontraba en el capítulo cuarto de la segunda parte de Ulysses –título en su versión original–, en la escena de la biblioteca. Allí, Stephan Dedalus está hablando de Shakespeare y sostiene que éste se ha incluido a sí mismo en sus obras. Muy tenso, Stephen dice que Shakespeare “ha ocultado su propio nombre, un nombre hermoso, William, en sus obras: es un comparsa aquí, allá, igual que el pintor de la vieja Italia colocaba su rostro en un rincón oscuro de su lienzo”. 

Tal vez Samuel Riba sea la representación de Vila-Matas en sus novelas. Aquello que distingue y hace más personal Dublinesca –y por tanto más válida y merecedora de criticarse en este blog–. Tal vez sea el Macintosh de James Joyce en Ulises. Por eso solo nos queda terminar citando aquello de…

Pero, ¿quién es ese tío larguirucho de ahí con el mackintosh? Pero, ¿quién es? Me gustaría saberlo**. 

¿Qué significa esto? Descubridlo leyendo Dublinesca, que para eso está. Aquí solo nos queda decir que 
Enrique Vila –Matas es para nosotros, pese a lo pretencioso que pueda resultar su discurso creador, el escritor español más ambicioso de la última década. El único que ha mostrado suficiente voluntad para crear un lenguaje propio y escribir “la novela en española del siglo XXI”. Cuando esta llegue, podremos decir entonces que “Vila-Matas no se acaba nunca”.    


*Se trata de una orden cuyo único propósito la veneración de la novela Ulises, de James Joyce. http://www.ordendelfinnegans.com/

**Fragmento de Ulises.  

          

    

2 comentarios:

  1. Muchas cosas Karenin :) La selección de títulos por el estómago es la mejor, me alegro de que así sea especialmente cuando se trata de hablar de Bartleby y no del cachalote. En cuanto a Saul Bellow, pienso seguir por esas dos obras rlevantes, no esperaré mucho para ponerme.

    Vila-Matas, no tve un buen acercamiento a él y sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que me estoy perdiendo algo, elaboraré una lista de lecturas con títulos recomendados por parte de sus lectores más fervientes. De todos es sabida su fascinación por Joyce, incluso se vanagloria de haber leído el Finnegan's Wake y haberlo disfrutado mucho, no sé muy bien qué pensar al respecto. Un abrazo :)

    ResponderEliminar
  2. La verdad es que yo también tuve un acercamiento prejuicioso a Vila-Matas. De alguna manera, se me antojaba un tipo demasiado pretencioso. Luego, sin embargo -y sobre todo a la lectura de Dublinesca-, me di cuenta de que lo suyo era, simplemente, un intento por convertir la pura anécdota en literatura, y por desarrollar todas las posibilidades narrativas de una cita, lo cual hace de maravilla. Un saludo y gracias. Cuando tengas en tus manos esas lecturas de Bellow me lo dices y nos ponemos!

    ResponderEliminar