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jueves, 31 de octubre de 2013

1914, un fiasco de Jean Echenoz



Como el tiempo se prestaba a ellos de maravilla y era sábado, día en que su cargo le permitía holgar, Anthime salió a dar una vuelta en bici después de comer. Sus proyectos: aprovechar el espléndido sol de agosto, hacer un poco de ejercicio, respirar el aire del campo y seguramente leer tumbado  en la hierba, pues llevaba amarrado a la máquina con un pulpo un libro demasiado gordo para el portabultos de alambre. Una vez salió de la ciudad a rueda libre, y tras pedalear sin esfuerzo durante una decena de kilómetros en llano, tuvo que subir en bailón al presentarse una colina, balanceándose de izquierda a derecha y comenzando a sudar. No es que fuera una colina muy escarpada, ya se sabe la altura que alcanzan esas lomas de la Vendée, apenas un altozano leve pero lo bastante prominente para que pudiera uno disfrutar de la vista.

martes, 29 de octubre de 2013

El sermón sobre la caída de Roma


Aquella noche, tras darle a su hijo Libero cumplidas noticias de cada uno de sus hermanos y hermanas, luego de la innumerable cohorte de sus sobrinos y preguntarle, como todas las noches desde su llegada, si se aclimataba bien a París, Gavina Pintus le anunció, justo antes de colgar, que la camarera del bar se había marchado misteriosamente del pueblo. Libero se lo repitió a Mathieu Antonietti, que le respondió con un gruñido distraído, y retomaron sus ocupaciones y olvidaron enseguida aquello que, sin embargo, señalaba el inicio de su nueva existencia.

jueves, 24 de octubre de 2013

El cero y el infinito para Arthur Koestler



La puerta de la celda se cerró violentamente detrás de Rubachof. Él se quedó unos minutos apoyado en la puerta y encendió un cigarrillo. Sobre la cama, que estaba a su derecha, habían colocado dos mantas relativamente limpias, y la paja del jergón parecía renovada recientemente. A su izquierda, el lavabo no tenía tapón, pero el grifo funcionaba. Al lado, el cubo higiénico acababa de ser desinfectado y no olía mal. Los muros eran de ladrillo macizo, menos por donde pasaban los tubos de calefacción y desagüe, donde la pared resonaba muy bien. Además, el mismo tubo de la calefacción parecía buen conductor de sonido. La ventana comenzaba a la altura de los ojos; se veía el patio sin necesidad de colgarse de los barrotes. Todo estaba, pues, a punto.

martes, 22 de octubre de 2013

DUBLINESCA, o Vila-Matas no se acaba nunca



Tal vez os parezca –y con razón– que en Jauría Lectora priman las obras secundarias de los grandes autores sobre sus títulos más conocidos. La semana pasada reseñábamos El amor en los tiempos del cólera y Crónicade una muerte anunciada, ambas de Gabriel García Márquez, sin apenas mencionar Cien años de soledad. Y antes habíamos hecho lo propio con el Herzog de Saul Bellow, en detrimento de Las aventuras de Augie March y El legado de Humboldt; o, en el caso de Herman Melville, ninguneábamos su Moby Dick para centrarnos en Bartleby, elescribiente

lunes, 14 de octubre de 2013

El amor en los tiempos de García Márquez



Había olvidado que una vez tuvo un loro de Paramaribo al que quería como a un ser humano, cuando lo oyó de pronto: “Lorito real”. Lo oyó muy cerca, casi a su lado, y enseguida lo vio en la rama más baja del mango. 
   –Sinvergüenza –le gritó. 
   El loro replicó con una voz idéntica:  
   –Más sinvergüenza serás tú, doctor. 
Siguió hablando con él sin perderlo de vista, mientras se puso los botines con mucho cuidado para no espantarlo, y metió los brazos en los tirantes, y bajó al patio todavía enlodado tanteando el suelo con el bastón para no tropezar con los tres escalones de la terraza. El loro no se movió. Estaba tan bajo, que le puso el bastón para que se parara en la empuñadura de plata, como era su costumbre, pero el loro lo esquivó. Saltó a una rama contigua, un poco más alta pero de acceso más fácil, donde estaba apoyada la escalera de la casa desde antes que vinieran los bomberos. El doctor Urbino calculó la altura, y pensó que con subir dos travesaños podía cogerlo. Subió el primero, cantando una canción de cómplice para distraer la atención del animal arisco que repetía las palabras sin la música, pero apartándose en la rama con pasos laterales. Subió el segundo travesaño sin dificultad, agarrado de la escalera con ambas manos, y el loro empezó a repetir la canción completa sin cambiar de lugar. Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trató de coger el loro con la derecha. Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien rea de no haber

jueves, 10 de octubre de 2013

Los márgenes de Mishima (I)


Dijo en una ocasión Yasunari Kawabata que Mishima poseía un “don casi milagroso para las palabras”. De hecho, casi le extrañó haber sido galardonado él con el Nobel de literatura, en el año 1968, en lugar de su alumno predilecto. A mí también me extraña. No que lo recibiera Kawabata, que a fin de cuentas es el padre de la mayoría de novelistas japoneses contemporáneos, el autor de los libros que reposaban en sus mesitas de noche, como se suele decir, pero sí que Mishima no fuera reconocido, ese año, como la cumbre de la literatura japonesa. Es cierto que los galardones son caprichosos, que responden a necesidades que a veces nada tienen que ver con la literatura. Tan cierto como que el peso específico de un autor radica en sus libros, no en la percepción que se tiene de ellos en un momento concreto de la historia. Las modas que afectan a las instituciones académicas, a la crítica y al público en general

martes, 8 de octubre de 2013

Ha vuelto el Führer




Lo que más me sorprendió fue el pueblo. Yo, desde luego, hice lo humanamente posible por destruir todo lo que le permitiera seguir viviendo en este suelo profanado por el enemigo. Puentes, centrales eléctricas, carreteras, estaciones de ferrocarril: ordené destruirlo todo. Ésa fue la orden que di. ¿Cuándo? En marzo, y creo que me expresé con claridad a este respecto. Había que destruir todos los servicios de abastecimiento, las empresas de distribución de agua, las instalaciones telefónicas, las granjas agrícolas, los bienes materiales uno por uno, todo, y con eso quise decir ni más ni menos que “todo”.