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jueves, 12 de septiembre de 2013

Walt Whitman se canta a sí mismo





A Walt Whitman (West Hills, 1819 – New Jersey, 1892), el poeta americano, el “hijo de la tierra más que de la sangre, el viejo camarada de Long Island”, como decía León Felipe, lo conocen muchos sin saberlo. Sobre todo aquellos que vieron alguna vez a un jovencísimo Ethan Hawke subirse al pupitre en medio de una clase para aclamar con voz de gallito colegial aquello de “Oh, capitán, mi capitán”, en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). Con ello pretendía homenajear a aquel curioso profesor de literatura inglesa a quien acababan de echar de un college de alta alcurnia por pregonar ideas subversivas entre sus alumnos –la película está ambientado en los años 50–. En realidad, defender una poesía escrita sobre todo desde la libertad creativa, sin dejarse llevar por la tradición métrica, como acicate de aquellos convencionalismos opresores que rigen la vida en el campus. Más allá de la obviedad del mensaje –“persigue tus sueños”, “sé fiel a tus emociones”, "carpe diem", muy dado a generar novelas contemporáneas de pésimo gusto, enclavadas la mayoría en eso que llaman la literatura de autoayuda– y lo edulcorados que puedan resultarnos esos versos recitados en un contexto plagado de tópicos acerca de la adolescencia, está su valor intrínseco. Walt Whitman los escribió, sí, para abrir los ojos de las nuevas generaciones de norteamericanos que trataban de abrirse paso en la incipiente y deshumanizadora modernidad capitalista de la segunda mitad del siglo XIX, pero también para rendir homenaje a quien consideraba un amigo en la distancia, ni más ni menos que Abraham Lincoln, con motivo de su asesinato:

O Captain! my Captain! our fearful trip is done,
The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won,
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring;
But O heart! heart! heart!
    O the bleeding drops of red,
        Where on the deck my Captain lies,
            Fallen cold and dead.

O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up -for you the flag is flung- for you the bugle trills,
For you bouquets and ribbon'd wreaths- for you the shores a-crowding,
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;
Here Captain! dear father!
    The arm beneath your head!
        It is some dream that on the deck,
            You've fallen cold and dead.

My Captain does not answer, his lips are pale and still,
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will,
The ship is anchor'd safe and sound, its voyage closed and done,
From fearful trip the victor ship comes in with object won:
Exult O shores, and ring O bells!
    But 1 with mournful tread,
        Walk the deck my Captain lies,
            Fallen cold and dead.



De alguna manera, Lincoln representaba al redentor que Whitman andaba buscando desde antes incluso del inicio de la Guerra de Secesión, un hombre común que por fin supiera representar las necesidades comunes de los norteamericanos. Entonces, además de llorar su muerte, la "celebra" al ver en su dramatismo una maravillosa oportunidad para apuntalar la unión de los estados del norte con los confederados. El "esplendor de su muerte" debía ser capaz de unir a todos y cada uno de los norteamericanos, igualmente impresionados ante el asesinato del presidente. De alguna manera, transforma a Lincoln en una suerte de Cristo redentor cuya muerte solo tiene como objetivo la salvación del hombre. Sin embargo, a pesar de lo maravillosos y actuales que pueden resultarnos estos versos en una época en la que buena falta nos haría un redentor, tal vez lo mejor que hiciera Whitman fuera celebrarse a sí mismo, escribir ese Canto a mí mismo (1855; Akal, 2007*) mediante el cuál se despojaba de toda vestidura para que lucieran sus verdaderas ideas acerca del ser, y que forma parte de la obra en la que trabajó toda su vida, Hojas de hierba. En ese canto, la voz de Whitman se funde con todas las cosas del mundo para formar una sustancia única y totalizadora, que luego disuelve para devolverle a todo su forma mundana, incluso a sí mismo: nos revela por unos instantes la condición primigenia, la sustancia de la cual nacieron el hombre, las hojas de hierba, el océano o la corteza de los árboles, la exaltación, la mistad o el abatimiento, todo unido de nuevo para formar una sola sustancia, en la que nosotros, como lectores, compartimos espacio con Whitman. La libertad con que se expresa, la celebración del yo en un mundo a punto de convertirse en una gran corporación, y la inclusión del lector como parte protagonista de su epopeya, a través del diálogo, hacen del Canto a mí mismo un pedazo imprescindible de la poesía de todos los tiempos.       

Aquí van tres retazos de la versión o paráfrasis realizada por ese tal León Felipe (Felipe Camino Galicia; Zamora, 1884 – Ciudad de México, 1968) que mencionábamos al principio, poeta español exiliado en México que llegó a impartir clases de literatura en la Universidad Cornell de New York –de donde salieron, entre otros, Pearl S. Buck y Toni Morrison, y en donde también impartió Octavio Paz–. Su versión es especialmente interesante por cuanto se sirve del mismo verso libre utilizado por Whitman para componer este poema largo.
 


Canto a mi mismo

4

Me rodean gentes nuevas,
gentes que me acosan a preguntas…
me llegan recuerdos de mi infancia,
de mi barrio,
de la ciudad,
de la nación;
pienso en las grandes fechas,
en los grandes sucesos,
en los grandes inventos,
en las nuevas empresas;
en los autores (en los antiguos y los modernos);
me requieren la comida,
los amigos,
los vestidos;
me preocupan los ademanes,
las atenciones,
las deudas.
Me distraen la indiferencia real o fingida de las gentes que amo,
las dolencias de mis parientes,
mis propias dolencias,
las malas acciones,
la falta y la pérdida de dinero,
el abatimiento
y la exaltación.
Me acongojan las batallas
y los horrores de la guerra fratricida;
me angustian las noticias inciertas
y los acontecimientos definitivos…
Todas estas cosas llegan a mí de noche y de día, entran en mi vida,
vienen y se van…
¡pero yo no soy nada de esto!

Yo estoy fuera de estos empujones
que me traen y me llevan.
Yo me quedo arriba
alegre, ocioso,
compasivo,
viéndolo todo en panorama,
mirando, erguido, el mundo desde lo alto
o apoyado el brazo sobre un sostén seguro aunque invisible,
esperando curioso,
con la cabeza medio vuelta hacia un lado,
lo que va a acontecer…
el acto siguiente.
¡Yo estoy dentro y fuera del juego a la vez…
Y lleno de asombro!

Miro hacia atrás
y me veo en la niebla discutiendo con satíricos y sofistas.
Pero yo no he venido a disputar ni escarnecer.
Estoy aquí observando y… ¡espero! 


5

Creo en ti, alma mía.
Pero el otro que soy, no debe humillarse ante ti, ni tú debes humillarte ante él.

Deja las palabras,
la música y el ritmo;
apaga tus discursos;
túmbate conmigo en la hierba.
Sólo el arrullo quiero,
el susurro
y las sugestiones de la voz.
¿Te acuerdas de aquella mañana transparente de verano?
Estabas con la cabeza reclinada en mis rodillas y dulcemente te volviste hacia mí,
abriste mi camisa
y me buscaste con la lengua el corazón profundo.
Después te alargaste hasta hundirte en mi barba,
te estiraste
y te adheriste a mí desde la cabeza hasta los pies. 


52

El gavilán manchado desciende sobre mí para cazarme de gárrullo y vagabundo.
Yo también soy indomable e intraducible,
y sobre los tejados del mundo suelto mi graznido salvaje.
Los últimos celajes del día se detienen para esperarme,
lanzan mi figura corporal, con las demás imágenes,
hacia el mundo callado de las sombras
y me hunden suavemente en el vapor y en el crepúsculo.

Huyo como el aire.
Sacudo mis guedejas blancas con el sol fugitivo,
vierto mi carne en los remolinos
y la dejo marchar a la deriva entre la espuma de las ondas.

Me doy al barro para crecer en la yerba que amo.
Si me necesitas aún, búscame bajo la suela de los zapatos.

Apenas sabrás quién soy ni qué significo.
Soy la salud de tu cuerpo
y me filtro en tu sangre y la restauro.
Si no me encuentras en seguida,
no te desanimes;
si no estoy en aquel sitio,
búscame en otro.
Te espero…
en algún sitio estoy esperándote.  


*Última edición, a partir de la que publicara Finisterre Editores en 1974.



Canto a mí mismo
Walt Whitman
Akal

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Estoy buscando blogs con los que interactuar y compartir lecturas.
    Te dejo la dirección del mío: http://entre-lineas-blog.blogspot.com.es/
    Yo, por mi parte te sigo desde ahora.

    ¡Un saludo y gracias!

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