Pages - Menu

miércoles, 3 de julio de 2013

La insoportable levedad del ser



La insoportable levedad del ser (1984; Tusquets, 1985*), de Milan Kundera, es el primer libro que debería haberse reseñado en este blog. Además de ser uno de los cinco o seis títulos que nunca dudaría en incluir en una lista de favoritos, tuvo la virtud de encaminar mi afición a la lectura hacia terrenos nunca antes explorados, más o menos cuando tenía diecinueve años. Libros así no hay tantos en la vida de un lector, apenas unos cuantos juegan un papel verdaderamente relevante en eso de dirigirnos en una dirección u otra, de mostrarnos ciertos caminos literarios que nunca creímos podían emprenderse. Los libros, las palabras, van dejando heridas en nuestro cuerpo como podría hacerlo una cuchilla bien afilada, como si realmente fueran aquella “arma cargada de futuro expansivo” de que hablaba Gabriel Celaya, aquella arma con la que el novelista, o el poeta en este caso, te apunta “al pecho”. Pero mientras algunos apenas dejan una marca imperceptible en la corteza de la piel, otros la traspasan con su incisivo acero para llegar hasta la carne y contaminarla (en el mejor sentido de la palabra). Cada libro importante es un corte con aspiración a convertirse en una cicatriz bien visible e imperecedera. Y, de todos los que he tenido oportunidad de leer, La insoportable levedad del ser es el que dejo en mi cuerpo el más profundo. El haberme tomado tanto tiempo en publicar esta reseña no ha tenido nada que ver con la poca “actualidad” de la obra, pues en Jauría Lectora prestamos la misma atención a los clásicos que a las novedades. Incluso hablamos de aquellos libros que, a nuestro parecer, han caído en el olvido injustamente. En realidad, tenía que ver con cierta necesidad de escribir algo que fuera un poco digno de Kundera. Pero como eso es un lujo al que difícilmente podría aspirar ni aún habiéndome leído toda su obra decenas de veces, creo que no debo esperar más para lanzarme a la piscina –sobre todo ahora que el verano ha comenzado a picar de verdad–.

Supongo que inspirado por el material que utilicé para escribir mi última reseña, Arthur Schnitzler y el Yo, he regresado al Yo y a la visión kunderiana del ser para articular este artículo. También gracias a una reflexión que encontré en El arte de la novela (1986; Tusquets, 1987) que me remitía al mismo lugar. “Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del Yo. En cuanto se crea un ser imaginario, un personaje, se enfrenta uno automáticamente a la pregunta siguiente: ¿qué es el Yo? ¿Mediante qué puede aprehenderse el Yo?” afirma Kundera . Luego, cuando Christian Salmon, de la revista Paris-Review, le pregunta si se puede aprehender el ser, responde con contundencia. “Por supuesto que no. La búsqueda del yo siempre ha terminado y siempre terminará en una paradójica insaciabilidad”. Pienso ahora en todos esos escritores que han definido su obra como una reivindicación de su Yo más recóndito, y me pregunto si yo mismo sería capaz de establecer las proporciones de Yo y de no-Yo que hay en lo que escribo, si puedo afirmar con la voz bien alta que mi manera de hacerlo no está condicionada por ciertos elementos externos que me sobrepasan. Porque, “¿cuáles son las posibilidades de un hombre en un mundo en el que los condicionamientos exteriores se han vuelto tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada?”, se pregunta Kundera. De nuevo, ¿mediante qué puede aprehenderse el Yo? Y tras haber leído casi toda su obra, me permito el lujo de escuchar la respuesta de su propia boca: la novela. La novela es el medio para conocer al hombre, “la suprema síntesis intelectual, donde se movilizan sobre la base del relato todos los medios, racionales e irracionales, narrativos y meditativos, que pudieran iluminar el ser del hombre”. En definitiva, “una exploración de lo que es la vida humana en la trampa en que se ha convertido el mundo”.

Vayamos con su obra predilecta.

Tomás es un reconocido cirujano afincado en la Praga comunista –bajo el paraguas de la Unión Soviética– cuyo temor al peso de los vínculos emocionales arrastra a los brazos de una profusa galería de amantes ocasionales. Lo suyo son las “amistades eróticas”, que permitan a hombre y mujer vivir en completa libertad, sin que uno de los dos acabe reivindicando la vida del otro. Teresa, en cambio, es una camarera de provincias en permanente busca de una identidad que sepa reconciliar su cuerpo y su alma. Se pasa largas horas mirándose al espejo, tratando de verse a sí misma a través de su cuerpo, de ver la fiel expresión de su carácter, cuyos rasgos solo logra identificar restando de su cara la fisonomía heredada de su madre. Es, en cierta manera, una mujer aquejada de un profundo complejo de culpabilidad alimentado a través de la relación con su madre. Una mañana, muy poco tiempo después de compartir una hora de sexo en el pueblo donde vive Teresa, ambos se encuentran extrañamente empujados a vivir juntos. Teresa aparece en Praga con la maleta en la que transporta toda su vida y Tomás, entrando en conflicto con sus ideas, acaba aceptándola en su casa. De alguna manera, la ve completamente indefensa y necesitada de un aliento que solo él parece estar en condiciones de darle. Curiosamente, acepta esa responsabilidad sin dudarlo demasiado. Se pregunta, eso sí, como ha podido surgir en él el amor con tan poco tiempo de por medio y de una manera tan drástica. Se arrodilla junto a Teresa en la cama para susurrarle palabras tranquilizadoras, para que se duerma, y luego hunde su cara en la almohada junto a la de ella mientras piensa que no podría sobrevivir a su muerte. La cuida como si se tratara de “un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama”. ¿Cómo puede haber surgido ese amor tan irracional?

Pero, ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¿era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profundo de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo?

Acaso esa “voluntad de la voluntad” de las que nos hablaba Heidegger, como el propio Kundera apunta en una conferencia leída en los Estados Unidos en 1983 y recogida en El arte de la novela. Sin embargo, el verdadero interrogante que plantea el autor checo con esta novela, la “interrogación meditativa” sobre la cual está construida, es la dicotomía entre la levedad y el peso. Según él, todo aquello que se repite tal como lo hemos vivido ya hasta el infinito, aquello que funciona según el principio del eterno retorno, adquiere para nosotros el peso de una insoportable responsabilidad –la carga más pesada, das schwerste Gewicht, como la llamaba Nietzsche–, mientras que todo aquello que no se repite, que solo sucede una única vez, disfruta de la circunstancia atenuante de su fugacidad. No puede ser condenada. Nos resulta algo maravillosamente leve.

La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida (…) Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.    

Sin embargo, ¿es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? ¿Qué hemos de elegir?  

La insoportable levedad del ser contiene otros dos personajes importantes, Sabina y Franz. Sabina es la mejor amiga de Tomás, la que mejor entiende esa idea de la “amistad erótica”. Tomás queda con ella de vez en cuando, incluso mientras vive con Teresa, para seguir disfrutando de aquella sensación de levedad tan dulce que a ambos apasiona. Hacen el amor y después de hacerlo no tienen reparos en declararse un amor que, saben, nunca ha de comprometerles. Tal vez Sabina es la que con mayor empeño huye del peso de la vida, instalada en una cómoda atalaya desde la cual puede contemplar la vida en perspectiva y pintar sus cuadros. Para ella vivir significa ver. Es pintora.

Este cuadro se me estropeó… Me cayó una mancha de pintura roja. Al principio estaba muy disgustada, pero luego aquella mancha empezó a gustarme, porque parecía una grieta. Era como si la obra en construcción no fuese una obra de verdad, sino un decorado teatral cuarteado, sobre el cual la fábrica en construcción no estaba más que dibujada. Empecé a jugar con la grieta, a ampliarla, a inventar lo que se podría ver a través de ella (…) Delante había siempre un mundo realista perfecto y detrás, como tras la tela rasgada de un decorado, se veía otra cosa, misteriosa y abstracta.  

Franz no entiende la vida sin peso. Lo suyo es un compromiso constante con sus propias ideas, sólidamente edificadas durante muchas horas de magisterio en una universidad de Ginebra. Lo suyo es cargar a voluntad con todo el realismo que le reporta su vida y vincular sus actos heroicos, todo su romanticismo, a esa misma realidad. Nunca deja que ni un ápice de levedad asome por una ventana de su existencia. Lo consideraría una irresponsabilidad, un acto de cobardía frente a un mundo hostil. Es el peso de esa carga aceptada lo que acaba alejándolo de Sabina, con quien mantiene una aventura extramatrimonial durante sus viajes de trabajo por Europa y en el estudio de ella. Ese deseo consciente de ponerse a merced de la mujer amada. “Para Franz el amor significaba la permanente espera de un ataque”. La relación de Sabina y Franz es tan desigual e inevitable como la que mantienen la luz y la oscuridad. Una no puede existir sin la otra. Sin embargo, apenas consiguen rozarse.

En el momento en que siente que el gozo se extiende por su cuerpo, Franz se estira y se diluye en el infinito de su oscuridad, él mismo se vuelve infinito. Pero cuanto mayor se vuelve un hombre en su oscuridad interior, más disminuye su apariencia externa. Un hombre con los ojos cerrados es una ruina de hombre. A Sabina le desagrada esa visión, no quiere mirar a Franz y por eso cierra también los ojos. Pero esa oscuridad no significa para ella el infinito, sino simplemente la disconformidad con lo que se ve, la negación de lo visto, el rechazo a ver.

Franz es la Madame Bovary de este libro, y Sabina un personaje que se ha ganado por derecho propio un lugar en el Hall of Fame de la literatura. Siendo la única que asume la levedad con todas sus consecuencias, nunca evita el hilo emocional que le une a todos y cada uno de los personajes que protagonizan La insoportable levedad del ser. Sin embargo, no puede consentir que Franz la acerque a ese kitsch que tanto ha luchado por evitar, a esos lugares comunes que el hombre ha escogido para categorizar su existencia, para que cada uno de nosotros pueda afirmar su identidad en compañía de sus semejantes. La individualidad de Sabina se resiste a diluirse en esas imágenes que componen, para ella, ese mundo realista perfecto que le sirve de decorado para sus cuadros. Ella prefiere habitar en la grieta.   

Tomás y Teresa combaten contra la levedad y el peso a partes iguales. Él, buscando en todas las mujeres con las que se acuesta una manera de reafirmar su testarudo amor por Teresa. Ella, esperando que esas mismas mujeres acaben entregándole a Tomás definitivamente y para siempre, sin concesiones, sin tener que padecer esas pesadillas en las cuales el temor a la pérdida adquiere la forma de una amenazante silueta femenina. Sabina y Franz no tienen nada contra lo que combatir. Se encuentran en polos demasiados opuestos para ser reconciliados. Cada uno de ellos contiene una proporción distinta de peso y de levedad, e igual que el Yo es paradójicamente inaprehensible, tampoco sus proporciones pueden unirse para formar el área de un círculo perfecto en el que cada una de ellas disponga de su propio espacio.  
              
Siempre me han maravillado los títulos conceptuales de la obra de Kundera. En realidad, uno diría que son más propios de la no ficción que de la narrativa. La insoportable levedad…, La identidad, La inmortalidad, La despedida, La broma etc.. Lo explica el propio autor checo en El arte de la novela. “Pienso que es acertado elegir como título de una novela su principal categoría”, afirma en esa entrevista con Christian Salmon. A tenor de sus palabras, podemos identificar fácilmente cuál es la interrogación meditativa de La identidad (Tusquets, 1998**), título publicado en francés en 1997, es decir, trece años después de la aparición de su obra más leída, conocida y reconocida, en una época de especialmente prolífica pero que, de alguna manera, apunta maneras de declive. La identidad nos cuenta la relación entre Jean-Marc y Chantal. El primero, un joven cuya precaria situación profesional responde a la imposibilidad de encontrar algo que realmente le interese, o que sea completamente coherente con su particular ética, y lo obliga a vivir a expensas de su mujer (Chantal). Sin embargo, lo que en un principio nos parece un hombre sin oficio ni beneficio acaba mostrándosenos como un tipo bastante inteligente, a quien preocupa enormemente la identidad contenida en cada uno de nosotros.

A medida que se acercaba, aquella mujer que había tomado por Chantal se volvía vieja, fea e irrisoriamente otra (…) ¡Cuántas veces le habrá pasado lo de confundir el aspecto físico del ser amado con el de otro! Y siempre seguido del mismo asombro: ¿será tan ínfima, pues, la diferencia entre ella y las demás? ¿Por qué es incapaz de reconocer la silueta del ser al que más quiere en el mundo, del ser que considera incomparable? Abre la puerta de la habitación. Por fin la ve. Esta vez sin la menor duda, es ella, pero tampoco se le parece del todo. Su rostro ha envejecido; su mirada es extrañamente malvada. Como si la mujer a la que había hecho señas en la playa debiera sustituir, a partir de entonces y para siempre, a la que ama.

Chantal, en cambio, tiene la capacidad de vivir en una permanente dualidad, sin dejarse llevar por ese enconado concepto del compromiso (con uno mismo) que tanta influencia obra en Jean-Marc. Por la mañana, da lo mejor de sí misma en una agencia publicitaria, defendiendo ideas que le parecen absurdas y vacías de verdadero contenido existencial y riéndole las gracias a un jefe cuyo cinismo ha convertido en un heraldo de la nueva sociedad consumista. Por la noche, ofrece lo que ella considera su verdadero Yo al hombre junto a quien ha decidido pasar el resto de su vida.

Actúo a medias: traiciono a veces a la empresa y a veces me traiciono a mí misma. Soy doblemente traidora. Y no considero ese estado de doble traición como una derrota, sino como una hazaña. Porque, ¿durante cuánto tiempo seré capaz de mantener mis dos caras? Es agotador. Llegará un día en que ya solo tendré una cara. La peor de las dos, por supuesto. La seria. La que consiente. ¿Me querrás todavía?

Un tarde, al reencontrarse en un hotel en el que han quedado para pasar un fin de semana, en la costa normanda, Jean-Marc intuye en el rostro de Chantal cierta desazón. Al preguntarle que le ocurre, Chantal solo consigue responder algo en apariencia banal. “Los hombres ya no se vuelven para mirarme”, dice ruborizada, de tal manera que aquello no puede parecer en ningún caso algo superficial, dicho para coquetear. Es el inicio de una disputa de consecuencias imprevisibles. Al entender que Chantal sufre como consecuencia del paso del tiempo, y llevado por esa obsesión por la identidad, por aquello que la distingue a ella y que no quiere perder, decide escribirle una nota anónima en la que se presenta como un admirador que no deja de perseguirla por las calles. Sin embargo, aquello que comienza como un juego acaba destapando ciertas miserias escondidas a las que no se habían enfrentado antes como pareja. Chantal recupera en su disimulada relación con aquel admirador ciertos gestos que Jean-Marc solo había conseguido ver al conocerla. Y este comete la imprudencia de ofrecerle a Chantal una compasión completamente irreconciliable con ese erotismo perdido. Parece que las identidades que cada uno ha reconocido en el otro se disuelven irremisiblemente, y que, en consecuencia, ninguno de los dos consigue ya reconocer la suya. ¿Será que aquello que Jean-Marc atribuye a la amistad debe aplicarse también al amor? “Esta es la única y verdadera razón de la amistad: ofrecer un espejo en el que el otro pueda contemplar su imagen de antaño, que, sin el eterno bla-bla-bla de los recuerdos entre compañeros, se habría borrado desde hacía tiempo”. Tal vez solo debiéramos cambiar el tiempo verbal y admitir que el amor ofrece una espejo en el que contemplarse uno mismo en un presente que se desvanece a cada milésima de segundo.

La insoportable levedad del ser nos muestra una galería de personajes desorientados en esa frontera que separa el peso y la levedad, sin sentirse del todo dueños de su propia decisión. “Pero si Dios no cuenta y el hombre no es ya el dueño, ¿quién es entonces el dueño? El planeta avanza en el vacío sin dueño alguno. Ahí está la insoportable levedad del ser”.

La identidad nos remite a un mundo algo kafkiano en el cual “la frontera entre lo real y lo irreal, entre el mundo exterior y lo que, a solas, elabora una mente presa de la inseguridad***”, es tan inestable como la seguridad que podamos albergar de que la imagen que vemos en el espejo nos corresponda enteramente.

El arte de la novela nos permite abordar el universo literario de Kundera a través de sus propia reflexiones. Pocos escritores se han atrevido a exponer con tanta sinceridad y clarividencia su manera de entender la literatura. Como pocos escritores han conseguido que su obra sea milimétricamente fiel a esas ideas.

Tres lecturas para pasar el verano en la mejor compañía.  

*Primera edición en colección Andanzas
**Primera edición en colección Andanzas
***Extracto del texto de contraportada

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera
Tusquets Editores
La identidad
Milan Kundera
Tusquets Editores
El arte de la novela
Milan Kundera

Tusquets Editores

5 comentarios:

  1. Pues justo ahora estaba hablando sobre volver a Kundera este verano., Estoy de acuerdo contigo. La insoportable levedad del ser es un gran libro en todos los aspectos, recuerdo que me impresionaron hasta los títulos de las divisiones en capítulos :) Hace algo más de un año leímos La broma, la primera novela de Kundera y nos gustó muchísimo. Parte de una trama original y llegamos a la conclusión de que las lecturas de Kundera cambian en algo a quien las lee. Traes una vez más a uno de mis pilares literarios. Un abrazo Karenin :)

    ResponderEliminar
  2. ¡Qué gran reseña! Ha sido un gustazo leerte y desde luego este verano pienso estrenarme con este autor. No queda otra después de tu gran consejo.
    Besotes!!!

    ResponderEliminar
  3. Creo que debería avergonzarme de lo ue voy a decir, pero así son las cosas. Aún no he leído nada de Kundera, aunque descansan en la estantería el libro que reseñas, que, casualmente, he rescatado de la biblioteca familiar; y, La Broma. ¿Alguna recomendación por dónde empezar?

    Respecto a tu cuestión sobre "Reencuentro", parece ser que la pintura de la cubierta pertenece a Norman Rockwell y se intitula "Saying grace". Fue pintada para la portada de la revista Post del 24 de noviembre de 1951. Y, aunque el retrato me parece precioso, resulta penosa la falta de originalidad de las editoriales. Un abrazo,

    ResponderEliminar
  4. Yo tampoco lo he leído, pero me doy cuenta ee que contiene algo valioso, y de que no es desde luego la literatura de entretenimiento que tanto abunda. Me quedo que es de los que hay que leer.

    ResponderEliminar
  5. Execelente reseña de un maravilloso escritor y sus obras me habian recomendado que lea la isoportable levedad del ser y lo he pospuesto pero despues de leer esto hoy mismo lo empiezo. Un abrazo

    ResponderEliminar