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miércoles, 19 de junio de 2013

DIARIO A DOS VOCES - José María y Manuel Lamana







El tiempo de Ornans se había vuelto rutinario. Demasiado. Era un peligro. No sólo por la rutina, sino porque ya podía creerme que estaba instalado. No del todo, pero podía creérmelo.

Me he preguntado muchas veces si la condición del exiliado está determinada por fronteras temporales. Es decir, si existe un momento en el cuál un exiliado puede dejar de llamarse a sí mismo como tal, si puede llegar a mimetizarse con el entorno en que se ha visto obligado a refugiarse hasta el punto de considerarlo como su verdadera casa, el lugar que escogería de poder hacerlo en completa libertad, y desmitificar toda la secuencia de vivencias, imágenes y sentimientos que lo acompañaron durante en ese trayecto hacia ninguna parte hasta convertirla en un recuerdo asumible. Sin embargo, algo me dice que ambas sensaciones son posibles: la gélida incertidumbre del exilio y la cálida permanencia del hogar. De hecho, es muy posible que ambas se complementen. Pienso: el exilio parece convertir al lugar de acogida en un hogar rápidamente asimilado, mucho más de lo que jamás hubiera sido – y al que deben agarrarse los refugiados hasta con las uñas de los dedos–, y al hacerlo parece perpetuarse a sí mismo, por contraste, como ese hueco frío y húmedo que nunca será llenado.

En cualquier caso, todo esto son meras suposiciones y reflexiones hechas en voz alta.

La única manera como he conseguido acercarme a las verdaderas sensaciones que sienten los exiliados, desterrados o refugiados, ha sido leyendo o escuchando sus testimonios. Más leyendo que escuchando, a través de los libros de Semprún, de Neruda, de Kertész o de Primo Levi.  Pero sí puedo entender –o intuir su significado, al menos– las palabras con que he comenzado esta reseña, escritas hace muchos años por Manuel Lamana* (en la fotografía de portada) al recordar sus últimos días en Ornans, Francia, antes de trasladarse con su familia a Rieux-Minervois para completar un exilio de dos años –en el caso su familia, de diez–. Entiendo el temor que sentimos a aferrarnos demasiado a las cosas, ante esa molesta y persistente amenaza que constituye la posibilidad de una ruptura. Entiendo que el temor de Lamana a “sentirse instalado” podría ser el mismo que padecemos en silencio cuando tomamos conciencia del vínculo emocional que se ha creado, o se está creando, entre nosotros y “esa” persona recientemente cercana. El miedo a no ser correspondido, a dar más de lo que recibes, a ser herido por la indiferencia o la ligereza, a depositar tus esperanzas en el lugar equivocado. Entonces, las sensaciones que tenía Lamana en los inicios de su exilio me recuerdan a las que pudiera tener cualquiera de nosotros al inicio de una relación. Aunque la diferencia, y es en cierta manera algo perverso, es que mientras nosotros “escogemos” ese padecimiento y lo hacemos con la tranquilidad de saber que siempre podremos retirarnos a tiempo, él nunca tuvo la libertad de escoger o escapar cuando las cosas se pusieran feas. Para seguir con el símil, es como si a un hombre abandonado por su pareja, en condiciones más que trágicas, le empujaran a punta de pistola en brazos de otra mujer a la cual él no ha escogido pero de la cual sabe que va a enamorarse y que inevitablemente le causará sufrimiento.  En definitiva, o te enamoras y asumes las consecuencias, o apretamos el gatillo.

Pero esto es solo una reflexión apresurada e inexacta. Dejemos que los que de verdad tienen cosas que decir sigan hablando.  


Manuel Lamana, un muchacho de apenas dieciséis años integrante de la FUE (Federación Universitaria Escolar), es forzado a cruzar la frontera francesa junto con su familia –madre, hermano y hermana pequeña–, en febrero de 1939, ante el inexorable avance de las tropas nacionales. Su padre, José María Lamana, un cargo de confianza dentro del gobierno republicano –de cierta significación política–, aún se queda en Figueras un día más, hasta casi el último suspiro del gabinete. A partir de aquí, el futuro inmediato de la familia transcurre por separado, aunque en similares condiciones. José María Lamana inicia un trágico periplo por diversos campos de concentración del Midi, en Argelès-sur-mer, Bram o Montolieu, donde se ve obligado a poner a prueba su resistencia física y mental, entre las carencias alimentaria y sanitaria, el trato vejatorio recibido por parte de las autoridades francesas, la dificultad para comunicarse con su familia y la seria amenaza que planeaba sobre su futuro en Francia. El resto de la familia, incluyendo a Manuel, sufre también la estancia en dos campos de concentración, en Boulou y Perpignan y en un teatro habilitado como centro de acogida, en Besançon, antes de ser recibidos con toda la calidez que permitían las circunstancias en Ornans, un pueblecito de montaña muy cercano a la frontera suiza. El padre escribe su experiencia desde la inmediatez del los hechos, con el material que se va procurando con dificultad y bajo las inclemencias de una situación de vida que nunca hubiera imaginado: en Argelès-sur-mer, la lluvia se filtra por la lona que cubre su barraca, construida con cuatro tablones de madera sobre la arena, mientras el viento golpea de frío sus dedos y los senegaleses del ejército francés franquean la salida del campo armados con látigos; en Bram, debilitado por una disentería que no acaba de remitir y ante los reproches de las autoridades, que consideran a los españoles como seres incivilizados, nada merecedores de su “solidaria consideración”. El hijo lo hace al cabo de los años, en un diario paralelo a partir de su propio recuerdo de aquellos mismos días.



Ambos diarios, el contrastado por la vivencia en primera persona de los hechos y su inmediatez, y el alimentado por el recuerdo y cierta ficción obligada, casi necesaria, acaban fusionándose formando casi una conversación de tú a tú, en el que José María Lamana actúa como reportero involuntario y Manuel como el cronista que debe llenar los espacios vacíos. Ambos constituyen este maravilloso –y necesario– Diario a dos voces (1985; Seix Barral, 2013). A Manuel Lamana se le podría haber reprochado que la visión de ese adolescente que nos habla en presente de indicativo no se correspondiera con la realidad de aquel momento, que la persona que es en el momento de escribir ya hubiera olvidado a la que era entonces. No en vano, Manuel Lamana tiene sesenta y tres años cuando recupera el diario de su padre para componer este Diario a dos voces –publicado ahora, por primera vez, casi veinte años después de su muerte–. Sin embargo, la naturalidad y franqueza con que expresa sus sentimientos nos hacen imaginarlo como un adolescente desgarbado pluma en mano. El rubor con qué reacciona a las provocaciones de las mujeres adultas con las que convive, la vergüenza que siente al hacerse pública su inexperiencia en ciertos temas, las preguntas existenciales que se van acumulando como mosquitos en su cabeza o la mezcla de candor y rabia con que asume su vida de exiliado novel están tan bien dibujados que no dudamos ni por un instante que recuerdo y vivencia son, en este caso, una misma cosa. Su hermana Carmen, la única protagonista de aquellos hechos que aún vive –y cuyo testimonio podrán escuchar aún sus hijos y sus nietos– gozaba del privilegio de su corta edad. Ella jugaba con sus nuevas amigas, en el jardín de su casa de acogida, con la misma naturalidad con que lo habría hecho en su casa de Madrid. Incluso realizaba de vez en cuando algún curioso descubrimiento, como cuando asegura “ver” el aire –no conocía aún los efectos de la vaporización–. En el caso de Manuel, su conciencia recientemente adquirida lo obligaba a  afrontar los hechos en toda su crudeza. A hacerse las preguntas adecuadas.

¿Qué hacía yo allí, en el pasillo? ¿Qué hacía en ningún sitio? ¿Dónde meterme? Qué maravilloso hubiera sido despojarme del cuerpo por unas horas.

Luego, cuando habla del espacio vacío que ha dejado en el banco un refugiado muerto recientemente:

Hoy tenía ganas de volverme para mirar su hueco, quién sabe si con la esperanza de verle allí otra vez. Pero ni estaba él ni había hueco. Como nos sentamos en bancos, los demás se habían corrido un poco. Era como si allí nunca hubiera habido nadie. ¿Pero puede ser que yo desaparezca y para el mundo no importe? Por lo que he visto, basta con que los demás se corran un poco y el hueco estará tapado. Todos seguirán comiendo, todos seguirán charlando.  

Poco a poco, Manuel Lamana va perfilando su propio retrato de ese exilio que amenaza con desintegrar su fe, que ha quebrado el paraguas de dulce inconsciencia bajo el cual vivía resguardado antes de la guerra. E incluso durante.

Sé que mi vida se ha roto. Ya no soy un estudiante que termina el bachillerato y tiene que decidir la carrera en la cual basará su vida. Ahora soy un refugiado, alguien que ha huido perdiendo su situación… y ha pasado a otra en la que lo que hace, lo que vive, no persistirá. Doy clase y hago de correo y mañana lo volveré a hacer. El refugiado se ha ido. Se ha ido y no está, haga lo que haga. ¿Queda claro? El refugiado ha puesto su existencia en sordina y lo que haga será algo que no podrá terminar. Hoy no soy nada. Estoy fuera de mi lugar, en el exilio. 

Del estremecedor relato de José María Lamana, cabe destacar la fortaleza de ánimo que consigue imprimir a sus palabras. En ningún momento, ni durante las penalidades sufridas en los campos de concentración, ni durante sus primeros días en Rieux-Minervois, luchando infructuosamente para que su familia pueda reunirse con él, pierde un ápice de su razón. Incluso en los peores momentos, sabe ver las cosas en perspectiva, mostrar una distancia prudente que le permite no caer en juicios apresurados, tomar las decisiones oportunas y, sobre todo, evitar la desesperación. Incluso de ironizar sobre las escasa atenciones que le prestaron sus superiores desde su cómodo exilio en París.

Encontré casualmente a un diputado a Cortes español. Se manifestó muy sorprendido de encontrarme allí (en Argelès-sur-mer) y, después de mostrarme mucho interés y atención, se despidió diciéndome que no me olvidaría. No volví a saber nada de él.
La escena se reprodujo poco después con otro diputado a Cortes.. quien llegó a decirme que tuviera preparado mi equipaje y desde el día siguiente estuviera atento a las llamadas por  altavoz, pues él vería al prefecto y vendría a buscarme con la orden de mi liberación.

También de la dudosa “humanidad” de sus primeros anfitriones.

Dieron orden por el altavoz de presentar a la jefatura del campo relaciones con los nombres de los de más de cincuenta años de edad, lo cual era síntoma de que ya se empezaban a preocupar algo de nosotros.

Es una proeza digna de ser reverenciada el que sobreviviera con tanta entereza a ese triste espectáculo que le tocó sobrevivir. Porque más allá de las consecuencias físicas, tuvo que sufrir una visión insoportable del ser humano: aquellos que lo conminaron a vivir en completa precariedad, en condiciones absolutamente infrahumanas e indignas, y que incluso se permitieron el lujo de regodearse frente a su sufrimiento; o de quienes tras ganar la guerra condicionaron la inmunidad de los exiliados a sus pensamientos y posición durante la guerra, obligando a muchos a permanecer lejos de su tierra. Por suerte, también pudo disfrutar el otro lado, el del respeto y la concordia. Incluso el del cariño: la familia que luchó para sacarlo de los campos y que le ofreció un lugar donde vivir dignamente junto con los suyos.

A las siete de la tarde se sirvió la comida dentro de un ambiente familiar excelente y que tanto bien me hacía mí, tan acostumbrado a la vida de casa. Aquella comida servida a punto en medio de la paz y el silencio de un hogar tranquilo me ofreció un contraste muy señalado con las cenas y comidas de los últimos tiempos y aun con las selectas de Montolieu, donde en medio del ruido de los ochenta y cuatro ocupantes de la chambre nos apiñábamos en torno al cubo en que llevábamos la comida para cada grupo de diez, colocando en torno de él y en el suelo nuestra gamella, que una vez llena transportábamos, como los perros el hueso que les arrojan, y sentados unos en las mantas o en la paja y otros de pie, consumíamos rápidamente para, en el mismo recipiente, echar el segundo plato. Ahora comía sentado en una silla, con platos, vasos, cubiertos y servilleta. Había vuelto a mis tiempos de persona y hasta estaba rodeado de una familia, que si no eran mi mujer y mis hijos, me trataban con atención y cariño, procurando hacerme la estancia agradable.

Estas palabras escritas por José María Lamana al llegar a Rieux-Minervois, al hogar de la familia Cosculluela, resumen muy bien lo que fue su terrible experiencia en los campos franceses, con ese contraste humano tan inexplicable en un extremo y tan loable en el otro. El padre nos ofrece una visión casi objetiva, sujeta a la verdadera naturaleza de los hechos, lo cual dota de gran valor a su testimonio. El hijo, en cambio, recuerda y “ficciona” cuando hay que llenar vacíos. Pero, ¿qué es la novela sino una manera de llenar los vacíos que la realidad va dejando a su paso, incapaz de explicarse a sí misma con absoluta sinceridad? ¿Cómo sino podría Manuel Lamana haber descrito con tanta finura la crudeza de su aprendizaje forzado, el torrente de pensamientos y reflexiones que le permitieron entender algunas cosas importantes sobre la condición humana? Su cuerpo estaba en el exilio, pero su cabeza gozaba de una inusitada libertad.   

¡Iluso! Tu sitio no está. Ni en la Cité Oerlokon (en Ornans) ni en ninguna parte. Tu sitio aún no se ha hecho. Cuando hicieron el mundo, se olvidaron de hacer el sitio para ti. Por eso andas así ahora, de un lado para otro. Por eso no serás nunca de ninguna parte. Por afecto, por cariño, por interés porque tu vida se desarrolle en algún lugar, y cuando estés entregado, cuando creas que tu vida tiene ya un sentido en ese lugar, entonces, justo entonces, tendrás que irte.

La publicación de esta obra inédita supone el colofón de una carrera literaria muy poco prolífica pero completamente coherente con la manera que tenía Manuel Lamana de concebir la literatura: como un testimonio de su tiempo. Porque, como decía Canetti, “estar por encima de su tiempo es no estar en ningún sitio. O estar perdiendo el tiempo, precisamente”.  

Vale la pena recordar los nombres de esas personas que soportaron con tanto coraje, cada uno según sus circunstancias, la penosa experiencia de un exilio tan forzado como inmerecido: José María, Carmen –la madre, su nombre de pila no aparece en el libro– y sus hijos Manuel, Álvaro y Carmen –la que “veía” el aire–. Y el primogénito José Luis, hecho prisionero en el frente y quien consiguió sobrevivir y reunirse con los suyos más adelante. La familia Lamana. Un apellido que como tantos otros se fraguó con las inclemencias del exilio y que deben formar parte de nuestra memoria. De lo que somos ahora. Después de leer este libro y acompañarlos en el exilio, quisiera creer que sus pensamientos no eran tan distintos a los de Kertész, cuando al final de su novela autobiográfica Sin destino (1975; Acantilado, 2006) hablaba con tanta perspectiva de su propia experiencia:

 Todos me preguntaban por las calamidades, por los “horrores”, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.

Manuel Lamana tuvo el valor de recordarlo –sobre todo si consideramos aquello que decía Juan Benet, que “la memoria es el registro del dolor”–, y gracias a ello tenemos un testimonio impagable. Un Diario a dos voces que merece la pena leer.






*Manuel Lamana regresó a Madrid en 1941, después de dos años de exilio en Rieux-Minervois, para evitar su alistamiento durante la Segunda Guerra Mundial. En Madrid, participó en el intento de reflotación de la Federación Universitaria de Estudiantes, hecho por el cual fue conminado al campo de trabajos forzados de Cuelgamuros, en el Valle de los Caídos. En 1947, junto a su compañero Nicolás Sánchez Albornoz, protagonizó una espectacular huida hacia Francia en el coche con el que Barbara Mailer –hermana de Norman Mailer– y Barbara Probst estaban recorriendo el país de punta a punta. La huída fue planificada por Francisco Benet, hermano de Juan Benet, desde Francia y relatada por el propio Lamana en su novela Otros hombres (1956; Viamonte, 2005). En 1998, Fernando Colomo trasladó el suceso a las pantallas con su film Los años Bárbaros. Y recientemente, en 2012, Nicolás Sánchez-Albornoz dedicó un capítulo a este suceso en su interesantísimo ( e igual de necesario) libro Cárceles y exilios, en el que además cuenta sus vivencias de los años comprendidos entre su primer exilio, en 1936, y su regreso definitivo a España en 1975. 

Manuel Lamana acabó viviendo un segundo exilio de cuarenta y ocho años en Argentina, hasta su muerte en 1996.


Diario a dos voces
Manuel y José María Lamana
Seix Barral




4 comentarios:

  1. No conocía el libro que traes hoy a este rincón, pero no puedo evitar que tus palabras introductorias me traigan a la memoria "La analfabeta" de Ágota Kristof. No obstante, esa parece ser la única coincidencia entre ambos libros. Le echaré un ojo en mi próxima visita a la librería. Un abrazo,

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    1. Lo mismo digo. Buscaré el libro de Ágota Kristof, a ver si entre tu esplendida reseña y el texto de contra me animo. Saludos.

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  2. Tampoco conocía este libro así que gracias por el descubrimiento. Tardará en caer porque tengo mucho pendiente, pero terminaré leyendo este libro, que me has tentado mucho.
    Besotes!!!

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  3. Me emociona haber descubierto esta reseña: fui alumna de francés de Manuel Lamana en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidD de Buenos Aires, en los años 60. De francès o de otra cosa, no me acuerdo bien. Estuve alguna ve en su departamento de la calle Santa Fe, estaba casado en aquel entonces con una joven socióloga. Yo sabia qu era un exiliao español, pero no su historia completa.

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