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jueves, 27 de junio de 2013

Arthur Schnitzler y el Yo




Muchos conocen a Arthur Schnitzler sin saberlo. Muchos de aquellos que, en 1999, acudieron a las salas de cine para ver la obra póstuma de Stanley Kubrick, Eyes wide shut, y que luego se unieron al prolífico debate sobre la película y su importancia en la filmografía del genial director estadounidense. Como ha sucedido una triste infinidad de veces con otras adaptaciones cinematográficas –y seguirá sucediendo, sobre todo cuando se trata de adaptaciones libres–, Eyes wide shut acaparó toda la fama mientras la novela en que se basaba, Relato soñado (1925; Acantilado, 2012*), de Arthur Schnitzler, se mantenía como una “delicatesen” literaria al alcance de unos pocos amantes de la literatura centroeuropea de finales del siglo XIX y principios del XX, quienes tendrán en los estantes de sus bibliotecas a otros autores vieneses como Stefan Zweig, Hugo Von Hofmannsthal o Karl Kraus –algo más jovenes que Schnitzler, pero grandes amigos suyos–, o germanófonos como Robert Musil, Joseph Roth o Rainer María Rilke, aunque algunos de ellos representen maneras diferentes de interpretar la literatura. A estas alturas, posiblemente el argumento de Eyes wide shut se perciba por la mayoría como una creación del propio Kubrik. Sin embargo, esto podría no resultarnos tan injusto si atendemos a aquello que sostenía Roland Barthes, en su ensayo La muerte del autor, de que una obra sobrevive a su propio autor para convertirse, con el paso del tiempo, en patrimonio del lector, por cuanto es este último el que debe otorgarle su significado específico –negando cualquier otro último y definitivo, como suele considerarse al que le otorga su creador– para completarlo. No sé muy bien qué diría Schnitzler de esto, pero imagino que su reacción no distaría mucho de la que tuvo cuando comenzó a difundirse cierta opinión compartida por muchos –incluso sus amigos– de que sus obras posteriores a 1910 respondían a una concepción existencial, pesimista y nihilista de la vida. "¡Qué torpeza! Es posible que yo sea un relativista, de hecho lo soy; soy alguien que tiene demasiados conocimientos, muchos valores y los somete a confrontaciones, tal vez de manera voluntaria y muy dialécticamente. Sin duda, soy un escritor para gente que no sufre de vértigos", escribió en su diario en 1917. En cualquier caso, dejaremos este debate tan interesante sobre la pertenencia del texto literario para otra ocasión. Hoy quiero hablar de dos relatos schnitzlerianos que representan muy bien su evolución como escritor: El teniente Gustl (1900; Acantilado, 2006) y Yo (1926), este último incluido en una recopilación de relatos titulada El destino del barón Von Leisenbogh (Acantilado, 2004).

La publicación de El teniente Gustl, en 1900, supone todo un hito de la narrativa del momento, pues se trata del primer monólogo interior escrito en alemán. Gustl es un teniente en la reserva del ejército del emperador Francisco José. En el momento de comenzar su curioso monólogo, se encuentra en la Ópera Estatal de Viena, donde se representa un oratorio, ocupando sus pensamientos con cualquier cosa que le permita matar el aburrimiento. Así nos enteramos de varios detalles importantes acerca de su vida: que al día siguiente, a las cuatro de la tarde, debe batirse en duelo con un “socialista” antibélico que se permitió el lujo de criticar, delante suyo, la inutilidad del estamento militar imperial; que su vida sentimental la acapara una mujer casada con un comerciante judío mucho mayor que ella; y que su vicio por el juego lo obliga a pedir dinero a su madre constantemente. A partir de estos detalles, podemos imaginarnos a Gustl como un joven simplón y frívolo cuyos intereses se mantienen en un plano estrictamente  superficial. No nos cuesta ver su acérrima defensa del estamento militar como la expresión de una frustración incontenible que queda disimulada mediante un acto de honor de dudoso contenido. En ningún momento creemos que haya llegado a valorar toda la filosofía que se esconde tras su profesión e incluso que disponga de recursos suficientes para hacerlo. Pero cuando Gustl está luchando por abrirse paso entre la multitud apelotonada frente al guardarropa, a la salida de la Ópera, sucede algo que lo obliga a enfrentarse a su propia vacuidad. Después de insultarlo por obstruirle el paso, con una grosería que solo puede venir de su conciencia de ser un militar, es decir, un privilegiado según la escala de valores imperante, un hombre se gira hacia él, agarra la empuñadura de su sable –el del teniente– y dice:

Señor teniente: a la menor provocación, saco el sable de la funda, lo parto en dos y mando los trozos a su regimiento. ¿Entendido, imbécil?

Gustl está completamente bloqueado, casi aterrorizado. Pero no por la amenaza que supone ese hombretón de anchas espaldas, cuya mano no consigue retirar de la empuñadura, sino por el hecho de que aquello esté ocurriendo precisamente a él, todo un representante del honor, y que considerándose como tal no esté sabiendo reaccionar de la manera que le corresponde. También porque aquel hombre resulta ser un panadero que suele frecuentar su café, con lo cual esa afrenta a su honor amenaza con entrar en la esfera de lo público. El panadero lo sabe y por eso cree conveniente tranquilizar a Gustl.    

Pero no quiero arruinar su carrera… Así es que pórtese bien… Así. Así me gusta. No tenga miedo. Nadie ha oído nada… Todo está bien… Así, así. Y como nadie cree que nos hayamos peleado, seré muy amable con usted… Fue un placer, señor teniente, mis respetos… Un gusto.

A partir de aquí, con Gustl completamente inmóvil en el hall de la Ópera, advirtiendo atribulado las miradas curiosas de otros espectadores, se inicia un angustioso monólogo mediante el cual nuestro teniente parece enfrentarse por primera vez a sus propias miserias. Sin embargo, los recursos con que cuenta siguen siendo tan escasos como de costumbre. Así, toma la única solución viable según sus propias circunstancias:   

…y me quedé ahí parado, por todos los cielos: da lo mismo que otro lo sepa… lo sé yo, y es lo que importa. Soy yo quien se siente distinto a como me sentía hace una hora, soy yo quien se sabe indigno para batirse en duelo. Es por eso que debo suicidarme.

Schnitzler utiliza la debilidad psicológica de su personaje para manifestar la decadencia de unos valores –la dignidad, el honor– que solo parecen expresarse mediante actos superfluos, sable o pistola en mano. Y con ello, la devaluación de todo un estamento social. Ambos puntos resultan sumamente importantes para comprender el pensamiento del autor vienés, pues expresan una compleja relación entre individuo y sociedad en la que aquel queda sometido a esta: la tendencia social obliga al individuo a comportarse de una determinada manera sin detenerse a valorar su auténtico sentido. En realidad, el individuo solo puede afirmar su Yo en el reconocimiento de los demás. Como decía Hegel –cuya filosofía fue, por otro lado, el sustento ideológico de la Prusia de Federico Guillermo III y del Imperio Austro-Húngaro durante el reinado de Francisco José I, que comenzó en 1840, solo diecisiete años después de la muerte del filósofo alemán–, “la autoconciencia solo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia”. Entonces, el hecho de que Schnitzler escoja la forma de un monólogo para trazar esta obra no es en absoluto una casualidad. El autor vienés busca constantemente un equilibrio psicológico-estético que le permita expresar con absoluta coherencia sus inquietudes. En este caso, el flujo de conciencia es, sin lugar a dudas, la mejor opción que podía escoger. No solo nos permite vislumbrar, a través la conciencia de Gustl, su enorme vacuidad, sino que incluso nos ofrece la posibilidad de escuchar las quejas de subconsciente. O sobre todo. Porque el monólogo de Gustl no es otra cosa que un intento por mantener intacta la estructura que sostiene su idea de sí mismo. Es decir, una manera de no perder la razón en ese combate contra sí mismo para el cual no está preparado. Nuestro teniente sufre de vértigo, y por eso nunca habría sido un buen lector de Schnitzler.

Suponemos que en esta aún primera época de su carrera literaria, Schnitzler ya debía contar con la admiración de Sigmund Freud. En 1922, el padre del psicoanálisis le envío una carta. “Su determinismo así como su escepticismo –que la gente llama pesimismo–, su penetración en las verdades del inconsciente, en la naturaleza de las pulsiones del hombre, su demolición de las certezas convencionales de la civilización, la adhesión de sus pensamientos a la polaridad entre amor y muerte, todo me sorprendió con una inquietante familiaridad”, le decía en ella. Esto sucedió en aquella época en la que Schnitzler era acusado de pesimista y nihilista. Sin embargo, muy lejos de esto, el escritor vienés se limitaba a adentrarse en la psique del individuo para descubrir en sus angustias el origen de su propia alienación. Él se había graduado en medicina e incluso había trabajado con el profesor Theodor Meynert, uno de los maestros de Freud, con lo cual disponía de una gran fuente de recursos para abordar la psique de sus personajes. Para trazar un retrato verídico del hombre de su tiempo, que caminaba perdido entre los escombros de un Imperio –en este caso político e intelectual– que se estaba derrumbando inexorablemente. En cualquier caso, su manera de abordar la problemática existencial del hombre a través de su “mundo interior” no es nueva. Samuel Richardson, con un novela epistolar Pamela descubre una nueva manera de revelar los pensamientos y sentimientos de los personajes, a través de ese flujo de conciencia expresado en sus cartas. Goethe importó la práctica para la lengua alemana, y Schnitzler fue un poco más allá atreviéndose con este monólogo de El teniente Gustl. ¿El motivo? Como decía Kundera en El arte de la novela, “la imposibilidad de aprehender el Yo en la acción”, por cuanto el hombre no siempre podrá “reconocerse en su acto”. De ahí que en las obras de Schnitzler, como en las de muchos contemporáneos, haya menos acción y más “vida interior”.
  
El relato Yo, publicado en 1926, viene a marcar un punto de inflexión en este proceso de reconstrucción del Yo acometido por Schnitzler a través de la literatura. Su protagonista, Huber, es “un hombre del todo normal” que solía levantarse “a las siete de la mañana, lo más silenciosamente posible para no molestar a su mujer”, que cada día “hacía la una volvía de la tienda a casa”, tomaba “un almuerzo sencillo, aunque bien aderezado” y luego, “después de tumbarse media horita”, regresaba al almacén en el cual trabajaba de Jefe de Sección, y que los domingos, “como era su costumbre”, solía hacer “una pequeña excursión”. La expresión más exacta de un ciudadano medio vienés inmovilizado por esa densa homogeneización que impone la política del Imperio. Cada uno en su lugar, sin moverse, y en cada lugar todos iguales. Sin embargo, un domingo sucede algo que se sale de lo habitual. Huber se encuentra paseando frente al Schwarzenbergpark, en su camino hacia Neuwaldegg, cuando le sorprende la aparición de un cartel junto a la entrada al parque, “un tablón de madera clavado en un árbol, en el que con grandes letras negras, como escritas por una mano infantil, se podía leer la palabra Parque”. Al principio, la presencia de aquel cartel consigue turbar a Huber, pues le parece del todo superfluo informar de algo tan evidente y sin lugar a dudas como que aquella amplia pradera cubierta de árboles era un parque, la antigua propiedad de los príncipes de Bohemia habilitada al público desde hacía siglos. Pero luego, durante el camino de regreso a casa, entiende la presencia de aquel misterioso cartel. Él sabe perfectamente que para llegar a su casa tiene que apearse en la Andreasgasse, y que, de hecho, aquella se encuentra en Andreasgasse, 14, segundo, puerta doce. También sabe que a las ocho de la mañana del día siguiente debe presentarse en los almacenes, y que en el cajón en el que se guardan las corbatas hay un rótulo indicándolo. Entonces, le parece una idea maravillosa que alguien haya colgado en un árbol, frente a la entrada al Schwarzenbergpark, un cartel indicando con la palabra Parque.

No todo el mundo tenía tanta presencia como de ánimo ni era tan agudo como él, de modo que supieran, sin más: esto es un parque. Y esto, una corbata… Para él no era necesario escribir ningún letrero.

Luego, al salir a la calle de nuevo, encuentra un nuevo motivo para justificar la presencia del cartel. 

Cada día se encontraba con cientos de personas… de las que ni por lo más remoto sospechaba de donde venían, ni a dónde iban, ni cómo se llamaban. Podía ser que alguno de ellos, nada más torcer la esquina, cayera muerto como alcanzado por un rayo. Al día siguiente se supone que en el periódico pondría también que el señor Müller, o como se llamara, había muerto fulminado, pero él, el señor Huber, no tendría ni idea de que se había cruzado con él apenas cinco minutos antes de su muerte.   

A partir de estas reflexiones, Huber decide que es importante que las cosas adquieran una relación mucho más íntima con aquellas palabras que sirven para nombrarlas. Así, comienza a colocar en todos los muebles de la casa una pequeña etiqueta indicando su nombre, e incluso en los almacenes pide a su jefe que se haga lo propio con todas las prendas, y con las dependientas. Lo curioso, es que en este relato Schnitzler nos dibuja un personaje que en su época habría sido tachado como loco y que en la actualidad podría resultar de lo más normal. Tal vez nos extrañaría su manía de poner etiquetas hasta a las cosas más evidentes pero nos parecería casi una descortesía el no hacerlo con las dependientas de unos grandes almacenes, lo cual no significa ni mucho menos –para nuestra desgracia– que la alienación esté erradicada. Al contrario. Pero esto forma parte de otra discusión. Volviendo con Schnitzler, su Yo es un nuevo capítulo en su particular cruzada contra esa “inevitable” destrucción del Yo –¿de qué otra manera podía titularlo?–, aunque en esta ocasión abandona los mecanismos de la psique y los sustituye por un tipo de indagación “más concentrada en reproducir la condición de soledad alienante del individuo en la vida moderna”, como afirmó Giuseppe Farese en un ensayo publicado con motivo de los setenta años de la muerte de Schnitzler. Vemos aquí justificada la íntima relación que tenían los pensamientos de este y de Freud, aunque cada uno hubiera escogido un camino distinto para reconstruir el Yo –partiendo ambos del mismo sitio, lo cual no deja de ser curioso–.

En cualquier caso, y abandonando las referencias al ámbito de la psique, El teniente Gustl y Yo son dos obras literarias indudablemente innovadoras y fundamentales de un escritor, Arthur Schnitzler, que tuvo el valor de colocarse en el borde del acantilado y de revelarle a los lectores de su tiempo muchas de sus propias miserias. Sobre todo la principal de ellas: el no haber tenido valor de contemplarse con absoluto desprendimiento para evitar la alienación. Como dice Farese, prefieren vivir “en un mundo donde realidad y apariencia se han vuelto intercambiables y la máscara es el único símbolo posible de la existencia”.  

¿Qué saben de mí? Que hago mi trabajo, que juego a las cartas, que salgo con personas… ¿y qué más?... Que a veces me harto de mí mismo, aunque nunca les he escrito al respecto… No, creo que ni yo mismo lo sabía.    



*Edición más reciente


El teniente Gustl
Arthur Schnitzler
Acantilado


El destino del barón Von Leisenbogh
Arthur Schnitzler
Acantilado



También muy destacable la reciente adaptación de Relato soñado como novela gráfica, publicada en España por Nórdica con ilustraciones de Jakob Hinrichs.

Relato soñado
Arthur Schnitzler
Nórdica


    

2 comentarios:

  1. No logro mantenerme al día; la mayoría de los autores mencionados son completamente desconocidos para mí. Buscaré alguna referencia adicional en Goodreads. Gracias,

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  2. Magnífico trabajo, Karenin. De lo mejor que he leído sobre Schnitzler. Me gustó mucho 'Relato soñado'; de hecho, compré 'Eyes wide shut', de Kubrick, y la miro cada tanto. El libro está por encima de la puesta en escena, a mi humilde entender. También leí 'La señorita Elsa' y me pareció genial. Tengo en Schnitzler tanto como en Joseph Roth dos sinónimos de buena literatura de origen austríaco. No he leído -porque no los he conseguido hasta ahora- ninguno de los dos libros que citas, pero los buscaré. Te agradezco enormemente el que hayas sacado a uno de mis autores predilectos de ese anonimato al que los grandes grupos editores parecen sumir. Un abrazo.

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