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viernes, 3 de mayo de 2013

MR. GWYN, Mr. Alessandro Baricco



¿Qué decir ahora de Mr.Gwyn (2011; Anagrama, 2012), y de Alessandro Baricco, cuando lo que quisiera es olvidarme de ambos los más rápidamente posible?

Pocas veces un libro me ha producido tanta fascinación al principio y tanta decepción al final. Es como si hubiera estado saboreando un bombón durante horas, dejando que se deshiciera lentamente en mi boca, y que al final, en lugar de encontrar en su interior una avellana, o un baño de cremoso chocolate, acabara escupiendo un hueso de aceituna que, además de joderme ese momento de enorme placer gustativo, se llevara consigo un pedazo de mi molar superior izquierdo. Normalmente, puedo intuir si un libro me va a gustar poco o nada después de leer las primeras cincuenta páginas. A partir de esta frontera crítica, al libro solo le queda añadirle los decimales a la nota que va perfilándose en mi cabeza. En cambio, si al llegar a aquella descubro con fastidio que no tengo ningún interés en continuar, es que el libro es peor que nada. Ejemplo para marcar la diferencia: Intemperie, de Jesús Carrasco, no me gustó nada, pero en la página cincuenta supe que debía continuar, que merecía la oportunidad de ganar o perder unos decimales para componer una nota fundamentada. El alquimista, de Paulo Coelho –o, en realidad, cualquiera de sus obras– me parece un material completamente adecuado para avivar las hogueras con que celebramos el solsticio de verano, la noche más corta del año. De tal forma que, durante las últimas ciento cincuenta páginas de su lectura –el libro tiene casi doscientas–, estuve cagándome en quienquiera que me hubiera enseñado que para opinar sobre un libro era necesario terminarlo. En realidad, debo agradecerle a Coelho que me ayudara a comprender que no, que muchas veces no hace falta perder el tiempo en una lectura inútil y engorrosa –y estoy dispuesto a discutir con quien opine lo contrario–. En cualquier caso, con Mr. Gwyn me ha sucedido algo extraño que sobrepasa toda lógica, al menos cualquiera de las mías. Las primeras cien páginas me han parecido soberbias, de una finura en la construcción de la trama y sus personajes y de un interés en cuanto a la naturaleza de sus pensamientos y sus diálogos realmente sublimes. Sin embargo, las siguientes sesenta y ocho siguen la misma trayectoria que seguiría el libro si lo lanzáramos por la ventana de un quinto piso. Una parábola descendente que, como todas las parábolas, aumenta la inclinación –y en este caso también la velocidad– a medida que se acerca al eje de coordenadas; es decir, a ese suelo contra el que se rompe en pedazos. Esta vez voy a explicar más detalladamente la trama para que no parezca que soy un provocativo sin “fundamento”.       

Jasper Gwyn es un escritor aclamado por el público y reconocido por la crítica para quien su oficio se ha convertido, después doce años desde la publicación de la primera de sus tres novelas, en una de las cincuenta y dos cosas que no piensa repetir jamás. La primera “era escribir artículos para el Guardian”, el medio en el que, curiosamente, anuncia su particular lista de propósitos. “La trigésima primera, dejar que le hicieran fotografías con la mano en la barbilla, pensativo”, que es como a la gente le gusta contemplar a los intelectuales, batallando en ese universo de las ideas al que su naturaleza les ha condenado a vivir eternamente. “La última era escribir libros”. En este punto, Baricco tiene la habilidad de huir del tópico. La renuncia de Gwyn no tiene nada que ver con lo que intuye su representante y amigo Tom Bruce Shepperd. No se trata de una crisis creativa, ni de un capricho vanidoso cuya única intención es suscitar interés, crear confusión entre su horda de lectores para que esperen con mayor avidez, si cabe, su siguiente obra. Esa obra por la que cualquier personaje que formara parte del mundillo literario londinense le preguntaría si tuviera ocasión de charlar con él, porque ninguno de ellos estaría dispuesto a aceptar que un escritor pudiera dejar de serlo por pura convicción. “Si alguien es escritor, escribe, y ya está”, le dice Tom a Gwyn cuando este aún no ha decidió cual será su próximo paso, mientras trata de unir todas las ideas que le rondan a la cabeza para construir un pensamiento consistente y definido, encontrar el verdadero motivo de esa renuncia a la que se ha visto abocado por pura intuición. Finalmente, descubre que lo que le realmente le interesaba de la literatura era la posibilidad que le ofrecía de retratar a sus personajes tal y como él los veía. Entonces, decide utilizar su habilidad con las palabras para hacer la misma clase de retrato que haría un pintor pero mediante la escritura y con una particularidad: sus retratos no mostrarán una versión idealizada de los retratados, sino aquella que sepa “devolverles a casa”. Es decir, los representará con tal sinceridad y exactitud que no les quedará otra que quitarse la máscara y reconciliarse consigo mismos a pesar de las dificultades. Para llevar a cabo su trabajo decide disponer un curioso escenario: un estudio equipado con cuatro muebles y con las paredes desconchadas, en el que la iluminación corre a cargo de dieciocho bombillas fabricadas artesanalmente y el sonido de una composición repetitiva en la que solo pueden identificarse ruidos tan cotidianos como el grito de un niño o los ecos de las tuberías. Él se limitará a contemplar a sus retratados de una esquina, permitiendo que se muevan a sus anchas y que hablen y actúen cómo y cuando lo crean necesario. Como si se les estuviera concediendo la oportunidad de ser ellos mismos.  

En definitiva, una premisa que pone encima de nuestras mesas una discusión verdaderamente interesante, casi un reto, sobre el oficio del escritor y el sentido del arte y la literatura. Nos plantea la posibilidad de que un escritor se aleje de las masas de lectores para transformarse en una suerte de artesano cuya obra solo tiene sentido como algo personalizado, dirigido a un solo lector. De esta manera, la literatura adquiere un valor mucho más amplio para ese mismo lector, por cuanto le habla directamente a él. Se preocupa por él. En este sentido, nos plantea también la posibilidad de que el escritor de literatura aspire a utilizar su labor en beneficio de los lectores, permitiéndoles, como decía antes, reconciliarse consigo mismos al enfrentarlos a su verdadera naturaleza.  Por último, nos pregunta cuál es el mejor sistema para realizar retratos precisos mediante las palabras, si se trata de describir a los personajes con todo lujo de detalles, de una manera franca y directa, o de desmenuzar su personalidad frase a frase, escena a escena, o de mostrárnoslos en su relación con los demás, o de contar una historia en apariencia banal que nos permita dibujarlos con la mayor exactitud, etc.. En este punto del libro, JasperGwyn nos parece una mezcla entre el maestro Fernhofer de La obramaestra desconocida, de Balzac, en su búsqueda de la sublimación de la pintura de los retratistas, y el editor de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas, en su empeño de comportarse como lo que realmente es, un excéntrico para quien la auténtica realidad está en los libros –y más concretamente en el Ulises de Joyce–. Al final, Baricco acaba cayendo en su propia trampa. Porque no solo no encamina la discusión hacia lugares nunca explorados, permitiéndonos compartir con él algún descubrimiento, sino que la utiliza para volver al punto de partida y mostrarnos un concepto de la literatura que nosotros ya conocíamos, y que de tan obvio resulta grotesco. Tras la página cien otro personaje coge el testigo de Gwyn y nos revela, al cabo de los años, como son esos retratos en palabras y qué pretendía su autor decirnos con ellos en cuanto a la literatura. Y os aseguro que las respuestas que nos da se acercan bastante a una mistificación del primer capítulo de cualquier manual al uso de introducción a los estudios literarios. Por otro lado, ese segundo personaje en importancia es una ingenua llena de complejos que habla del amor como quien se come un cacahuete. Y como quiera que Gwyn, a pesar del desaguisado, a tenido la suerte de mantenerse como un protagonista original y bien construido, como un eco apagado de ese principio que tanto prometía, el cambio de testigo entre protagonistas actúa como punto de inflexión a partir del cual la novela comienza a descender hacia las transitadas cloacas de la mediocridad.     
      
En fin. No quiero decir más de Mr. Gwyn, porque estaría revelando demasiados datos sobre la trama. Pero si me voy a permitir una valoración final, mi propio “retrato” del autor: después de leer este libro, voy a colocar a Baricco junto a los escritores de autoayuda que se autoproclaman literarios, al ladito de Paulo Coelho. Ambos tienen esa curiosa combinación de valentía y desfachatez: la valentía de realizar preguntas importantes y la desfachatez de revestir de mística esa ignorada limitación que les impide encontrar las respuestas.

Para muestra, un botón: la reseña de Sergio Palumbo que se destaca en la contraportada. 

Un himno a la escritura como vocación contrapuestas a la escritura como profesión, para reafirmar que su centro de atención no deben ser las listas de ventas, sino el lector, todos y cada uno de los lectores, cada uno con su maravilloso mundo para ser representado, porque “no somos personajes, sino historias”.

Habla por sí misma. Aunque, curiosamente, se ha equivocado de libro y de autor. Porque las últimas sesenta y ocho páginas de Mr. Gwyn están hechas para contentar al público y además engañándolo, diciéndole que la historia está escrita sólo para él. 

Si esta semana os acercáis por una librería, buscad otro libro.


Si no te gustó Mr. Gwyn, tal vez te gustará:

Herman Melville


Lev Tólstoi


Julian Barnes
        

9 comentarios:

  1. Hola Karenin,
    Me alegra verte de vuelta a la faena :) no he leído a este autor, he tenido siempre prejuicios y ahora compruebo que no son del todo infundados. Hace no mucho leí una entrevista al autor en la que se destacaban las luces y las sombras, la verdad, con cierto tono jocoso. Después de lo leído, lo saco de la lista de pendientes. un abrazo :)

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  2. Baricco es un autor encumbrado por las formas que usa principalmente. Lo he leído, me animé por el camino ya que inicialmente tuve muchas dudas, precisamente por las formas que tanto encumbran... y bueno... sin mucho que decir. Mejor argumento que Seda...
    Besos

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  3. Después de coincidir casualmente con tu tweet cuando volvía a tener red en el móvil, sólo ahora pude leer atentamente tu reseña y comprobar que, efectivamente, has sido mucho más duro que yo.coincido en las pertinentes cuestiones que resaltas, aunque no leí más libros suyos como para sentarlo junto a Coelho. Por otra parte, lo que más gracioso me parece es que reveo mi lectura de "La intrusa" en cada una de tus palabras. Lo único innovador y realmente interesante desaparece del escenario en el ecuador de la novela y todo se torna demasiado previsible. Por ahora, todas las novedades editoriales que se han cruzado en mi camino se limitan sólo a buenas ideas que no llegan a buen puerto.
    Como siempre, un placer leerte. Un abrazo,

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  4. Tengo unos cuantos títulos de Baricco para leer aun, en el tótem que están a la espera. Me agradó 'Seda'. No se si sería tan crítico como para ponerlo al lado de Coelho; más bien compartiría la repisa con algunas cosas de Murakami. Hay una intencionalidad manifiesta en 'agradar' o seducir al gran público. Leí 'El alquimista', del que no puedo ser tan duro puesto que me lo regaló mi amiga del alma; aunque comparto contigo que tiene una 'onda new age'. Gracias a tus líneas, me ahorras 'pasta'. Un abrazo.

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  5. Hola Karenin,
    Como sabes bien te sigo desde tus inicios como lector y actualmente como escritor, vertiente que espero que en breve podamos disfrutar. En cuanto a la reseña que nos ocupa, empezaré por no comprarme el libro, ya que tu reputación como prescriptor te precede. Ahora bien, de ahí a meter en el mismo saco a Baricco junto a Coelho (y otros psico-magos) es, como poco, provocador. Provocador para los que comparten la vida contemplativa y orientalizada de seda, o para como en mi caso, disfrutamos con Oceano Mar del mismo modo que con una película de Godard, realizadas, ambas, como un collage de magníficas pinceladas rebosantes de belleza, tanta que juntas forman un todo y dejan lo demás en un segundo plano. Se que no compartirás esta opinión, pero creo que se puede llegar, no a la excelencia literaria, pero si a la belleza artística, sin estructuras académicas y con personajes incompletos.
    Un fuerte abrazo!

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    1. Gracias por tu comentario, Carlos, y bienvenido a Jauría Lectora. Entiendo el sentido de tu argumentación, pero efectivamente no estoy de acuerdo. A la belleza artística solo se puede llegar, en literatura y en cualquier otra forma de arte, a través de la excelencia. Es cierto que pueden intuirse destellos, como ocurre con algunos pasajes de las primeras cien páginas de este libro. Pero cuando la resolución de la obra es tan convencional y evasiva, además de ridículamente "evocadora" --más propia del llamado a sí mismo idealismo mágico--, uno se plantea si había intención, incluso al principio, de mostrarnos esa belleza, o si fue una casualidad. Yo creo que no fue una casualidad, y por eso espero que Baricco se deje de evocaciones y lecciones sobre la verdad universal --en este caso, la que se circunscribe en el entorno del escritor-- y escriba algo bueno y mejor resuelto.

      Un abrazo

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  6. Hola. Pues fíjate que a mi me encantaron los dos que me he leído de este autor, sobre todo su prosa: "Seda" y "Novecento". Por eso me parece curioso lo que te ha ocurrido con este libro. Está claro que si un final desluce y no es bueno, puede echar toda la obra por tierra.
    Besos

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    1. La verdad es que las primeras cien páginas me maravillaron. Y, como le decía a Carlos González, no creo que fueran fruto de la casualidad. Creo que Baricco asume el papel que le otorgan sus fans. Es decir, escribe "para ellos". Tal vez tenga que probar con una obra anterior. Saludos y gracias por unirte a la Jauría Lectora.

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