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viernes, 10 de mayo de 2013

Algún día este dolor te será útil



Esta mañana, aún no estaba seguro de querer escribir una reseña de Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron. Más que nada porque me ha parecido un libro demasiado tibio, con algunos toques de genialidad pero carente de fuerza narrativa. Sin embargo, la noticia de la muerte de Alfredo Landa –que no he conocido hasta hace apenas una hora, mientras me tomaba el segundo café de la mañana en un bar–, me ha animado a escribir algo de corrido. Ya estoy escuchando el sonido de una pregunta fraguándose en vuestra cabeza: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Todo y nada en absoluto. ¿Acaso Landa tenía algún tipo de relación con la literatura que nosotros desconocíamos? Si era así, tampoco lo manifestó nunca. Sin embargo, ha sido el titular adulador con que un diario de gran difusión lo despedía lo que me ha animado a escribir algo sobre el libro de Cameron. Le dedica al actor toda la portada y habla de él como un “grande entre los grandes del cine español”, como haría, por ejemplo, La Repubblica para informar del fallecimiento de Roberto Benigni. La verdad es que Landa supo utilizar todo su innegable talento para descargarse de aquella enorme losa que significaba el landismo, aquel cine de opereta de los años sesenta y setenta cuya única virtud fue enseñarle a los españoles que podían reírse de ellos mismos. Así, las memorables interpretaciones que realizó en El crack, de José Luis Garci, y en Los santos inocentes, de Mario Camus, le ayudaron a romper con aquel perfil estereotipado que se había hecho de él el público español. Sin embargo, la importancia y el tono adulador con que el diario reviste la noticia de su muerte nos obliga a preguntarnos si nos encontramos ante una figura crucial –en lo positivo– del arte español del siglo XX, que es fin de cuentas a lo que se dedicaba. Y la respuesta, para mí, es que no. Landa era un actor extraordinario cuya labor interpretativa resulta importantísima para entender, a través del cine, la sociedad española del siglo pasado. Pero no era un artista cuya obra nos haya permitido acceder a la visión de ciertas realidades soterradas o aprehender aquello de bello o incluso sublime que se esconde junto a nosotros sin que lo veamos, en nuestras vidas cotidianas. Eso le corresponde al creador.  Él, en cambio, era el mensajero que nos transmitía lo que Garci, o Camus, o Berlanga consideraban esencial, la materia artística de la vida. Sus filmes, el canal. Como digo, lo suyo no era un genio creador sino meramente mediador. Actuaba de enlace entre la ficción y la vida, entre la materia narrativa y la capacidad aprehensiva de nuestros sentidos. Era como una médium cuyo cuerpo utilizaba a menudo Apolo para enseñarnos a vislumbrar los que de arte hay en la vida. Él y cualquier actor que pudiera merecerse con justicia el calificativo de “grande entre los grandes”. Entonces, os volveréis a preguntar: ¿qué tiene todo esto que ver con Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron? Cómo decía antes, todo y nada. Me explico.

James Sveck es un joven de dieciocho años a punto de ingresar en la Brown University que gasta las últimas semanas de verano trabajando en la galería de arte de su madre. Sin embargo, ni está seguro de querer ir a la universidad, ni de que la bulliciosa Manhattan sea el mejor entorno en el que desarrollar su vida. A James no le gusta la gente. Se siente suficientemente próximo a su desestructurada aunque acomodada familia, formada por una madre que acaba de divorciarse por tercera vez, un padre que pasea su bonita facha por los pasillos de su bufete de abogados y una hermana espontanea y sociable que se jacta de haberse acostado con medio instituto, pero solo se siente capaz de tolerar sin reparos la compañía de su abuela materna y la de John Webster, el encargado de la galería. James es uno de esos adolescentes especiales cuya enorme inteligencia no transita paralela a la percepción que de ella tienen aquellos que no lo conocen lo suficiente. Es, en otras palabras, lo que un americano llamaría neard. Sin embargo, a nosotros nos queda claro desde el principio que posee una extraordinaria sensibilidad para ver y entender todo aquello que la gente no suele. Él es consciente de esa sensibilidad, y por eso no quiere perder el tiempo junto a todas esas personas que pasean su estupidez por la vida sin ningún reparo, ya sea en la universidad o en la calle, haciendo y diciendo exactamente aquello que se espera de ellos. Por ejemplo, detesta pasear a su perro Miró por el parque y que otros paseadores de perros le pregunten cosas como “¿es un caniche gigante? ¿Es macho o hembra?”, o que su terapeuta le responda sus preguntas con otra pregunta, como prueba de su incapacidad para entenderle. James odia las conversaciones trilladas y las reacciones previsibles. De hecho, tiene cierta obsesión con el uso correcto del lenguaje, pues lo considera una de esas pequeñas cosas que hacen funcionar el mundo. Y sin embargo, siente una terrible impotencia cada vez que trata de convertir en palabras sus pensamientos, pues nunca le parece que lo haga correctamente. En realidad, cree que al no hacerlo acaba quedando como un perfecto idiota delante de todo el mundo. Ahí radica la principal contradicción de este personaje singular. Por un lado siente que transita en un plano muy distinto al de los demás, un plano que valora profundamente y que le hace despreciar a la gente. Pero por otro, no puede liberarse de esa necesidad tan humana de agradar y ser reconocido por los demás. En realidad, le gustaría ser una persona popular y que nadie lo tratara como si fuera un bicho raro.

Dicho esto, el personaje de James resulta desde el principio muy atractivo, si bien no deja de ser “otro” adolescente inteligente y precoz mostrándonos la paleta de colores con la que da forma a su particular manera de ver la realidad, como hiciera Holden Caufield en El guardián entre el centeno (1951; Edhasa, 2012) , de J. D. Salinger, o Louis Cuchas en La mirada inocente (1964; Tusquets, 2006), de Georges Simenon. Se trata de un personaje con el que podemos identificarnos fácilmente, pues a todo lector de literatura le gusta pensar que en su juventud fue un chico especial. Sin embargo, si bien relata algunos detalles que nos ayudan a percibirlo como tal, hay algo en su dibujo que me resulta imposible, casi una contradicción. Como si Alfredo Landa hubiera interpretado sus papeles de Cateto a babor o Manolo la nuit con un ejemplar del Ulises de Joyce en la mano. Se aprecia cierta disonancia entre sus actos y sus pensamientos, y os aseguro que el área resultante de esa disonancia no tiene nada que ver con la diferencia entre un pensamiento y una palabra incapaz de expresarlo. Es, a mi entender, un error de composición. Un par de gestos y miradas que no se corresponden con el personaje que un actor está interpretando. Y como aquí no estamos hablando de cine, aunque lo parezca, sino de literatura, no podemos achacarle el error al protagonista sino a su creador, Peter Cameron, quien creyó que dibujando una versión propia y contemporánea de Holden Caufield ya había hecho los deberes. Una de las diferencias entre cine y literatura es que la literatura nos obliga a crear imágenes. El autor de un libro asume los papales de guionista, director y actor, dejándonos a nosotros la libertad de escoger el escenario y el aspecto de los personajes, con todos los matices que ello conlleva. Por lo tanto, la “interpretación” de los personajes queda en sus manos. Como debe crear un retrato verosímil que sepa conducirlo a donde quiere, debe prestar especial atención a su manera de decir y hacer las cosas. No basta con que la acción sea coherente con el pensamiento. El personaje literario tiene que saberse interpretar a sí mismo como lo que verdaderamente es. Por eso digo a veces que un buen escritor es aquel que sabría interpretar cualquiera de sus personajes en escena, aunque pueda parecer una afirmación un tanto especulativa y provocativa. En el caso de Algún día este dolor te será útil, se nota que a Peter Cameron le ha costado demasiado meterse en la piel de James Sveck para hacerlo hablar y para hacerlo moverse. Y tal vez parte de la culpa la tenga el escenario que dispone para que lo coloreemos y la escasa acción que tiene la trama –que no deja de ser el relato de un verano complicado para un adolescente que se plantea a sí mismo, incluida su sexualidad–. La calles de New York nos parecen esta novela demasiado vacías, de transeúntes y de detalles que nos ayuden a comprender como es esa ciudad que tanto sufrió con los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para que Algún día este dolor te será útil  fuera una novela brillante en lugar de una obra tibia, Cameron debería haberse vestido como James Sveck y haber salido a las calles de New York en pleno mes de julio para vivir esa vida que nos cuenta. Debería haber albergado, por ejemplo, algo de la genialidad que poseía Alfredo Landa, que no era un creador pero si un mensajero brillante. Para decirlo de la manera más sencilla posible, debería haberse sentido más actor que escritor.

En definitiva, no recomiendo este libro como lectura para el fin de semana. Aunque le doy las gracias por haberme ayudado a hacerle un pequeño homenaje a Landa, a quien seguramente le habría sorprendido tanto como a vosotros esta manera tan extraña de hacerlo.

Algún día este dolor será útil
Peter Cameron
Asteroide
        
      

5 comentarios:

  1. Bueno, resoecto a Lana no puedo opinar porque el cine español es algo que domino; y si te soy sincera su nombre ni me suena. Ahora bien, en lo que se refiere a Cameron, puedo decirte que para mí tiene varios problemas. El primero es la forma como lo presenta la editorial, porque, desde mi punto de vista, la novela no guarda ninguna relación con esos fatídicos acontecimientos del 11S. Y, después, está el protagonista, que ha conseguido irritarme profundamente. Me quedé con esa misma sensación que comentas que resulta demasiado contradictório. Me pareció que el autor al intentar hacerlo tan singular, ha creado un personaje esteriotipado, con aires de superioridad. Quizá pudiera funcionar como un guión para uno o dos episódios de una serie juvenil; pero no en una novela que pretenda destacar. Ésta es sólo mi humilde opinión, pero, incluso, algunos lectores con quienes compartí la lectura han dicho que ni siquiera se podía comparar con Salinger.
    Un placer leerte, aunque parece que, en este caso, mi disgusto fue más profundo.
    Un beso,

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  2. No termina de convencerme este libro. Un argumento que no me dice mucho.
    Besotes!!!

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  3. Estamos muy de acuerdo, Karenin. No me gustó. No me gustaron los esfuerzos de un escritor de mediana edad por complacer los gustos exagerando estereotipos seguidos por los fans de las series teen americanas. No me gustó el desenlace, no empaticé con James Sveck, me pareció un despropósito. Salvo un par de citas que distan de memorables y poco más. Un abrazo :)

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  4. A mí tampoco me gustó. Si bien el inicio me enganchó, me pareció que después perdía empaque, que no tenía ni fuerza ni chispa y que, como comentáis todos, apenas si tiene relación con el 11S.

    El hecho, además, de que todo el mundo hablara sobre sus virtudes, como si se tratara de un libro único de su especie, además aumentó mis expectativas. Y ya no es que me parezca una joya, es que directamente me parece mediocre.

    ¿No se ha publicado mi comentario sobre "Nostalgia"? :(

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  5. bueno, la verdad me ha llamado mucho la atencion. Primero, porque las bildungsroman (creo q asi se escribe) me gustan! segundo, Holden es de mis personajes favoritos!
    le daré una oportunidad a este libro.
    Me encanta lo que han comentado, es raro encontrar reseñas que te den algo más que el "me gusto-no me gusto"
    Felicidades!

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