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viernes, 12 de abril de 2013

Wakefield y Mendel el de los libros




Tras la decepción de Intemperie, decidí que lo mejor que podía hacer era pasar esta semana tan delicada en un balneario literario, acompañado por algunas obras y escritores que me aseguraran relax y placer a grandes dosis. Entonces, además de releer Anna Karénina y conocer más a fondo la vida de Tolstói a través de Romain Rolland, he disfrutado recuperando dos títulos –o titulitos, a tenor de su tamaño– que me aportaron en su momento a dos de los personajes más curiosos e interesantes que he tenido el placer de conocer en el universo de la literatura. Estoy hablando de Wakefield y de Jakob Mendel: Wakefield (1837; Nórdica, 211), de Nathaniel Hawthorne, y Mendel el de los libros (1929; Acantilado, 2009), de Stefan Zweig, son dos de esas “pequeñas joyas” que circulan por las librerías españolas, que desde hace algunos años apuestan por los formatos pequeños. Fue al terminar de leer el relato de Zweig, de poco más de cincuenta páginas, y dejar el libro sobre la mesa del comedor, junto a Wakefield, cuando caí en la enorme similitud que existía entre ambos títulos. Entonces decidí crear esta sección, dedicada a aquellos personajes de la literatura que, como Bartleby, el hijo pródigo de Herman Melville –de quien os hablaré en una próxima reseña–, me ayudaron a ver el ser humano de una manera mucho más literaria y, precisamente por ello, más llevadera. Luego os explico por qué. 


Wakefield es un tipo en apariencia bastante anodino, cuyos “pensamientos se mantenían continuamente ocupados con largas y aburridas cavilaciones que carecían de objetivo o sencillamente de energía para alcanzar alguno” y que, como dice su mujer, poseía “alguna pequeña excentricidad ocasional”. Sin embargo, algo extraño bulle por su cabeza. Algo que le impulsa a abandonar un día su casa, sin dar demasiadas explicaciones, e instalarse sin que nadie lo sepa en un apartamento situado en una calle contigua. Ni siquiera su mujer. A partir de aquí, el narrador se aventura a explicarnos el denso y rico monólogo interior que empuja a Wakefield a mantenerse a una distancia prudente de esa vida que transcurre sin él, como si de repente hubiera descubierto en su ausencia una manera más contundente de percibir su propia existencia. Como si el contemplar la vida sin él fuera la única manera de formar parte de ella. Al cabo de veinte años, cuando sus piernas ya le fallan y su memoria se ha convertido en la molesta consecuencia de una pesadilla,  decide volver a su casa. Al calor del fuego de su chimenea olvidada, y a los brazos de su mujer.

¡Pobre! Los muertos tiene casi las mismas posibilidades que Wakefield, que se ha desterrado a sí mismo, de volver a pisar la casa que abandonó en el mundo de los vivos.

Al cruzar la puerta, sus labios esbozan la misma sonrisa maliciosa con que lo viera marchar ella el día de su partida. Como si todo hubiera sido una simple travesura. A partir de aquí, la valoración os la dejo a vosotros –y espero que la compartáis conmigo–. Solo comentaros que las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, Premio Nacional de Ilustración en 2010, dan vida al texto de una manera fulgurante. Otro gran trabajo de Nórdica, que encima nos regala una edición bilingüe en castellano e inglés.

Jakob Mendel vive en la misma inopia que Wakefield, es decir, en aquel lugar en el que las cosas de esta vida que llamamos real, a veces con una falta de perspectiva tan vulgar como peligrosa, han adquirido un carácter secundario. Mendel es un comerciante de libros judío, de Galitzia, que “había venido del Este a Viena para estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jeovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros”.  Entonces se instaló en una mesa del café Gluck y no se movió de allí durante treinta años, utilizando esa impresionante memoria que le había permitido catalogar miles de libros –y sus respectivas ediciones– en su prodigiosa cabeza para atender las necesidades de cualquier comprador.  


¿Cómo había podido olvidarle? Era impensable. Durante tanto tiempo. A aquel ser humano de los más particular, a aquel hombre legendario. A aquel peculiar portento universal, famoso en la universidad y en un círculo reducido y respetuoso… Cómo había podido olvidarle, a él, el mago, el corredor de libros que, imperturbable, se sentaba allí día tras día, de la mañana a la noche. Símbolo del conocimiento. ¡Gloria y honra del café Gluck!”.

Mendel consigue cualquier libro y edición, por rara y antigua que sea, ya fuera gracias a su sechel –el intelecto, uno de los poderes del alma para los judíos– o a la suerte. Acuden a aquella mesa atestada de libros aristócratas, eruditos y coleccionistas de todos los rincones del país, y él siempre encuentra lo que buscan.


Recordaba, por ejemplo, que un libro aparecía en oferta en el catálogo de un anticuario de Ratisbona por unos seis marcos y, de inmediato, que ese mismo libro se habría podido adquirir en un ejemplar diferente hacía dos años en una subasta en Viena por cuatro coronas. Y a la vez se acordaba también del comprador. No, Jakob Mendel no se olvidaba nunca de un título, de una cifra.

Después de treinta años, Mendel forma parte del mobiliario del café Gluck, de su rutina diaria, nadie podía imaginárselo sin él sentado en esa mesa, envuelto en su barba y jorobado, balbuceando alguna palabra ininteligible como si estuviera rezando. Algún tiempo después, los acontecimientos políticos acaban fulminando ese status quo acordado tácitamente por Mendel y su cafetero, que nunca le exigía nada. Ha estallado la Primera Guerra Mundial, y Mendel proviene de una potencia enemiga. ¿Cómo creéis que puede reaccionar un hombre cuando se le despoja de esa mesa que ha sido a la vez cuartel general y hogar durante tanto tiempo? Este maravilloso relato de Zweig nos deja un personaje fascinante sobre el cual meditar con profundidad, cual versión europea de un Funes el memoriosoBorges– cuya tragedia personal le ha impulsado a olvidar que forma parte de esa vida “real” para concentrarse en aquello que sabe que nunca le fallará: los libros.

En fin, me pongo en la piel de Mendel para aseguraros que estos dos libros, Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, y Mendel el de los libros, de Stefan Zweig, no os fallarán en este primer fin de semana verdadero de primavera. Porque en una época en la que las noticias que acaparan los titulares de los telediarios nos muestran lo peor del ser humano, vale la pena fijar nuestra atención en personajes mucho más soportables que aquellos que nos obligan a vivir bajo el paraguas de una perspectiva demasiado “real” de las cosas. Viva la literatura.


Wakefield
Nathaniel Hawthorne
Nórdica

Mendel el de los libros
Stefan Zweig
Acantilado
  
     

5 comentarios:

  1. A "Mendel el de los libros" lo descubrí en la blogosfera, y me pareció una verdadera joyita. Un libro precioso para los amantes de las letras y del libro. Todavía tengo pendiente seguir indagando en la obra de Zweig. Este libro marcó mi estreno con el autor y, desde ahí, no he vuelto a él. Por el contrario, a Wakefield no lo conozco. A ver qué nos cuentas de Bartleby a continuación. Yo no me atreví con una reseña. Un abrazo,

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    1. De Zweig te recomiendo Veinticuatro horas en la vida de una mujer, otra pequeña joyita. O Viaje al pasado, un bonito libro sobre la perversa influencia del tiempo sobre el amor. Lo demás que he leído no me ha gustado tanto. Y de Bartleby escribo en breve una reseña. Es un libro complicado de catalogar, ¿verdad? Un abrazo y gracias por volver :)

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  2. De Nathaniel Hawthorne solo he leído "La letra escarlata". Tengo Wakefield en casa esperando su turno así como las obras completas de Stephan Zweig. Leí Novela de Ajedrez que, si bien me gustó, creo que no llega a captar la esencia del autor como otros libros, aunque si digo esto es por la opinión de algunos amigos que sí que se han adentrado en sus páginas. Hablábamos hace poco de lo sobrevalorada que está Moby Dick, una novela que pasó sin pena ni gloria en su tiempo y que eclipsó a Bartleby, que para mí es una pequeña obra de arte. Un abrazo :)

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    1. Completamente de acuerdo contigo por lo que se refiere a Melville. Bartleby le da treinta mil vueltas a Moby Dick, con su poco más de cien páginas. Y te hago la misma recomendación que a Offuscatio en cuanto a Zweig: Veinticuatro horas en la vida de una mujer y Viaje al pasado.

      Un abrazo

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  3. No he leído el de Hawthorne, un autor que me fascinó con su Casa de los siete tejados. así que me lo apunto directamente.
    Zweig.. es de mis autores de cabecera, a los que regreso de vez en cuando, a su Mendel, a su Novela de ajedrez, biografías, sus 24 horas... tiene auténticas joyas.
    Besos

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