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martes, 16 de abril de 2013

Bartleby


Me pedíais una reseña sobre Bartleby y teníais razón en hacerlo. A fin de cuentas, qué mejor manera de ilustrar esta nueva sección que con ese personaje que le ha prestado su nombre sin protestar, un individuo de carne y hueso –al menos en mi pequeña memoria literaria– tan extraordinario como injustamente ignorado por sus coetáneos, tanto los reales como los que le acompañan en este maravilloso relato, Bartleby, el escribiente.


Nos encontramos en los albores de la New York moderna, en una ciudad que apenas comienza a apuntar maneras de capital universal, en la que hombres de negocios venidos de diversas partes del país, y aún del mundo, luchan por adquirir esa categoría que hasta entonces les ha sido negada, y donde una rica galería de artistas –en términos coloniales– buscan su propio espacio en ese caprichoso país de las letras, de la pintura, y del arte en general. En Europa, la revolución industrial y el colonialismo buscan perpetuar la dominancia de un continente que comienza a mostrar símbolos de flaqueza. En Estados Unidos, una extensa maraña de cazafortunas, buscavidas y nobles venidos a menos buscan una manera de comenzar de nuevo, de demostrar que la naturaleza de una cuna ya no determina el porvenir, de apropiarse de esa fuerza divina que determina la dirección de los vientos. En un quiosco de Wall Street, un callejón apenas reconocible por las orgullosas élites financieras de las potencias europeas, se difunden los logros de una incipiente estirpe de comerciantes, pero también las primeras notas de ese renacer literario norteamericano que habrá de acompañarnos durante tantos lustros, y décadas, hasta adquirir la relevancia con que la percibimos en la actualidad, con autores como Poe, Dickinson, Whitman o Hawthorne.  La revista Puntnam’s Monthly Magazine publica, en noviembre y diciembre de 1853, las dos entregas que dan forma definitiva a Bartleby el escribiente (Austral, 2012*), de Herman Melville, amigo del alma de Hawthorne, y quien entonces era ya algo conocido por la publicación de Moby Dick (1851), o de Ttypee (1946) y Ornoo (1947), todas ellas novelas que retratan de manera magistral –si bien se pueda discutir su literatura– sus experiencias a bordo de un ballenero. Pero si algo hemos de agradecer a esas obras, además de regalarnos algunas de las mejores tardes de lectura de nuestra pubertad, es que contribuyeran a conformar la imaginación de quien inventó un personaje tan inolvidable como Bartleby.

Como dice el narrador, “uno de esos abogados sin ambiciones que nunca se dirigen a un jurado ni buscan el aplauso del público”, y de quien “el difunto John  Jacob Astor, personaje poco dado al entusiasmo poético” no dudaba en destacar que su primera gran virtud era la prudencia y la segunda el método, Bartleby era un escribiente tan extraño que le hubiera sido imposible escribir su vida completa, como habría podido hacer con cualquiera de los otros amanuenses que había contratado a lo largo de su vida para trabajar en su oficina de Wall Street. “Es una pérdida irreparable para la literatura”, nos avisa ya desde el principio. Y luego entendemos por qué. Bartleby apareció allí como una figura “pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente solitaria”, y luego fue contratado por él para trabajar arrinconado en una mesa de su despacho, junto a una ventana desde la que solo podía contemplarse un muro de ladrillo, copiando documentos a la luz del día y de la noche con tanta eficacia y silenciosa perseverancia que se ganó rápidamente su favor. Una mañana, el abogado llama a Bartleby para pedirle que revise unos documentos con él. Bartleby responde que “preferiría no hacerlo”. Y luego, cuando es inquirido por su jefe, que ha quedado estupefacto ante tal contestación, no hace otra cosa que repetir esa mismas tres palabras. “Preferiría no hacerlo”, dice con un hilillo de voz tan fino como seguro. Las urgencias del trabajo obligan al abogado a aparcar el asunto, con la esperanza de que se haya tratado de un acceso esporádico y, sobre todo, de no verse obligado a actuar de una manera que no quisiera. Sin embargo, a partir de esta primera rebeldía asistimos atónitos a los catorce enfrentamientos que Bartleby se atreve a provocar durante las poco más de cincuenta páginas de que consta el relato, negando todas y cada una de las peticiones especiales que le hace su jefe, e incluso negándose, en último término, a realizar trabajo alguno en ese rincón del despacho. Tan atónitos como ese narrador cuya naturaleza supuestamente bondadosa le impide combatir con firmeza los desaires de Bartleby, compadecido por su aspecto triste e insignificante, por ese aislamiento al que se ha sometido a sí mismo en el que solo caben su rincón, la pared de ladrillos, y algún que otro bizcocho de jengibre que llevarse a la boca. Porque Bartleby nunca se niega a cumplir las órdenes con el mismo orgullo con que un proletario hablaría de las obras de Emile Zola, sino con el tono de súplica apagado de un hombre horrorizado ante la posibilidad de tener que enfrentarse a al contacto humano. Un hombre que prefiere trabajar en silencio, como encajado en una mortaja, copiando tantos documentos como sea necesario para olvidarse de que forma parte de una vida que él nunca pidió. Como Job, parece que hubiera preferido morir al nacer. Luego, el desarrollo de los acontecimientos no hacen más que acrecentar la lástima y el cariño que sentimos hacía Bartleby, un personaje que, curiosamente, se ha gana nuestra compasión a través de su silencio, y el odio hacia ese narrador que prefiere adoptar una distancia bondadosa antes que acercarse a Bartleby para comunicarse con él y entender los motivos de su voluntario aislamiento, cual victima inconsciente de la vulgaridad deshumanizadora que está imprimiendo la industrialización en la sociedad. A partir de aquí, os toca a vosotros descubrir lo extraordinario de este personaje –y relato– sin igual. En cualquier caso, os regalo un fragmento del relato que habla por sí mismo.


Acurrucado de forma extraña en la base de la pared, con las rodillas dobladas y echado de costado, la cabeza contra las frías piedras, encontré al consumido Bartleby. Pero no se movía. Me paré; después me acerqué a él, me incliné y vi sus débiles ojos estaban abiertos; salvo por aquel detalle, parecía profundamente dormido. Algo me indujo a tocarlo. Le cogí la mano, y un escalofrío estremecedor me recorrió el cuerpo desde el brazo hasta los pies. 
La cara redonda del encargado del rancho me observaba ahora. 
–Su cena está preparada. ¿No va hoy a cenar tampoco? ¿O vive sin comer? 
–Vive sin comer –dije (…) 


Bartleby, el escribiente es “una de las piezas más nihilistas que hay en la historia de la literatura universal”, como afirma Eulalia Piñero en la edición y traducción que hizo de la obra para Espasa en 2012. El hecho de que Melville cambiara la profunda sensibilidad que mostraba hacia sus personajes en Moby Dick por el cinismo con que trata al abogado narrador de Bartleby, el escribiente ha sido fuente de discusión. Incluso se ha llegado a decir que dicho cambio marca el inicio de su pérdida de fe en la humanidad, de la desesperanza que lo condujo a él a aceptar un empleo rutinario en la oficina de aduanas de Nueva York, en el cual se marchitó durante casi veinte años, y a su mujer a abandonarlo. Sin embargo, ese mismo cinismo con que trata al abogado narrador, cuya ridícula y ciega autocomplacencia le impide comprender tanto la verdadera naturaleza de la testarudez y aislamiento de Bartleby como la perversidad de su reacción frente a ello, es a nivel formal la mejor manera de ilustrar su profundo odio hacia el nihilismo, hacia la negación de cualquier tipo de fe o compromiso. Es decir, lo usa para cargárselo, utilizando para ello la figura de un personaje, el narrador, que ya ha sucumbido a la deshumanización de la era industrial. Melville se adelanta en una década a Turguéniev, el que acuñara por primera vez el término nihilista, consiguiendo con ello que por una vez los vientos literarios soplen desde Norteamérica, aunque tardaran tanto en llegar a las costas europeas del Atlántico. En Estados Unidos, Bartleby, el escribiente fue dignamente recibida. En Europa, no se reconoció su grandeza hasta los años veinte.

Bartleby es el padre de Jakob Mendel o de Wakefield, esos dos personajes extraordinarios de quien os hablé la semana pasada para fundar esta sección. Como también lo es de Un artista del hambre, ese relato de Franz Kafka del que os hablaré próximamente en el que su protagonista hace del ayuno una cuestión artística. Como habría suscrito, si se hubiera decidido a decir algo más que "preferiría no hacerlo", aquello que afirmara Milan Kundera: que la vida no está aquí, sino en otra parte. 


*Escojo la edición que he leído yo, que me parece más que adecuada considerando la labor de traducción y edición. 


Bartleby, el escribiente
Herman Melville
Austral
        

5 comentarios:

  1. ¡Una entrada fascinante! Casi he sentido que me acercaba a una relectura de este magistral relato de Melville. La verdad es que desconocía gran parte de la información que nos ofreces en los párrafos introductorios. Y, ahora, te dejo una pregunta: cuando he leído "El ruletista", en cierta medida, ese solitario anciano, protagonista secundario del cuento, me ha recordado a Bartleby, el escribiente. ¿Tú qué opinas? Un saludo,

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    1. Offuscatio, justo estoy ahora con Nostalgia, donde aparece El ruletista. El lunes te digo que me parece :) Un abrazo

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  2. Hola Karenin,
    Como no tienes botón de seguidores te veo más tarde jeje. bueno, al grano. lo hablamos, a mí me parece una gran obra y hasta tengo una libreta con el celebérrimo "I'd rather not do it" yo veo casi una oda a la libertad de elección. M ha encantado la referencia a Piñero, la habría usado con gusto una vez que discutimos si era nihilismo o no, determinismo o no. Es más complejo de lo que parece. Un abrazo Karenin y gracias por traernos estos libros :)

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  3. En la clase de escritura creativa tras leer el relato nos lanzaron esta pregunta: ¿cuál es el tema? Lo asombroso es que nadie lo tenía claro, para algunos la resistencia pasiva, para mi la cobardía del ser humano que prefiere huir en vez de enfrentarse a los problemas. ¿Y para ti?

    Mi reseña y opinión en:
    http://quelibrorecomiendo.blogspot.com.es/

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    1. Ratón de biblioteca, para mi la resistencia pasiva de Bartleby es una manera de salir de la anonimato. Lo que de verdad le aniquila por dentro es el hecho de que nadie se moleste en preguntarle cual es su problema. Fíjate que el abogado siente cierta bondad hacia él, pero nunca se sienta a su lado para comunicarse. Creo que eso es lo que pretendía criticar Melville. La falta de empatía que traía consigo el mercantilismo.

      Un abrazo y gracias por venir a Jauria Lectora

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