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jueves, 14 de marzo de 2013

El sentido de un final






Cuándo aprendisteis a utilizar el paso del tiempo a modo de aspirina, como una manera de revertir o atenuar ciertas desgracias que supisteis, ya desde el primer momento, serían muy difíciles de digerir? ¿Cuándo aprendisteis a guardar ciertas cosas en la guantera para no tener que afrontarlas al momento, para dejar que se fueran marchitando y al final no fueran más que  recuerdos lo suficientemente difusos como para poder evocarlos sin temer a la derrota? Si miro hacia atrás, no consigo hallar el momento en el que me dije por primera vez “déjalo estar de momento, ya lo recuperarás cuando te veas capaz de enfrentarte a ello”. Pero sé que lo hice, y que de hecho he exprimido este método hasta la saciedad, y que si ahora abriera la guantera aparecerían tantas serpientes que me vería obligado a parar el tiempo para matarlas a todas. Ya veis: al final la vida no es otra cosa que ir poniendo los relojes en hora. El problema surge cuando cierras la guantera con un candado y te instalas cómodamente en tal nivel de amnesia que acabas incluso olvidando la combinación. Luego, cuando un día se te ocurre ajustar cuentas contigo mismo, ya es demasiado tarde. Tu historia ya ha dejado de ser real. Tus recuerdos son ese manojo de mentiras podridas sobre las cuales has edificado toda una vida y que ahora, en el momento de hacer limpieza, te han dejado mudo. Según parece, Julian Barnes –el autor de El loro de Flaubert (1984; Anagrama, 2011)*– está de acuerdo conmigo.       
“La historia son las mentiras de los vencedores”, dice Tony Webster, el protagonista de El sentido de un final (2011; Anagrama 2012), la última novela de Barnes, en respuesta a una pregunta de su profesor de historia en el instituto. Y este le acepta su respuesta siempre y cuando recuerde que "es también los autoengaños de los vencidos". Pero luego, al cabo de unas cuantas páginas, Tony se corrige a sí mismo para decir que no, que la historia "son más los recuerdos de los supervivientes, muchos de los cuales no son vencedores ni vencidos”. Claro que a esas alturas de la narración no le queda más remedio que llegar a esa conclusión, porque su supervivencia depende de ello. Es fácil entenderlo si prestamos un poco de atención al argumento: Tony y sus tres amigos del instituto, Alex, Colin y Adrian forman un grupo de jóvenes en plena eclosión intelectual, hambrientos como tantos otros adolescentes de ciertas respuestas acerca del sexo, el conocimiento, la literatura o la muerte. Pero mientras Tony lee a Orwell y Huxley, buscando una visión más política de las cosas, más “plácida”, en cierta manera, por estar más cerca de la supuesta realidad, Adrian busca en Nietzsche o Camus aquella pequeña porción de verdad a la que se le permite acceder, ese área en la que se yuxtaponen la verdad y la creencia para delimitar el conocimiento. Es el más inteligente del grupo, y su clarividencia y fiereza de espíritu acaban convirtiéndolo en su líder indiscutible.  “El suicidio es la única cuestión filosófica importante”, suele decirle a sus amigos citando a Camus. Porque, para él, la misma responsabilidad que uno asume para vivir según sus propios principios le legitima para decidir sobre su propia muerte.     
Al terminar el instituto, los cuatro amigos acaban emprendiendo caminos distintos aunque también jurándose amistad eterna –como no podía ser de otra manera–. Así, Tony acaba recalando en la Facultad de Historia de la Universidad de Bristol, donde conoce a la que será su primera novia, Verónica: una chica difícil y un tanto manipuladora que, en cualquier caso, parece estar más cerca de Adrian que de Tony en eso de vivir de acuerdo con un principio de responsabilidad. Tal vez sea por eso que él acaba dejándola, hastiado de reconocerse a todas luces incapaz de comprender sus complejos pensamientos, de responder a sus agotadoras exigencias y sus juicios demoledores y de alejarse de ese ideal de vida plácida que tanto anhela. Huye humillado, con la creencia absoluta de haber sido víctima de una burla y con esa frase que solía repetirle Verónica repitiéndose en su cabeza como un eco: “Sigues sin entender. Nunca entendiste y nunca entenderás”. Y guarda esa primera experiencia en la guantera para no volver a recuperarla hasta al cabo de cuarenta años. Entonces, ya jubilado, divorciado e instalado en un cómodo devenir que no le exige demasiado, recibe la carta de un abogado mediante la cual se le informa de que Sarah Ford, la madre de Verónica, le ha dejado en herencia un manuscrito y quinientas libras: según su inesperada benefactora, una compensación por el mal trato recibido por parte de su familia en la primera y única visita que les hizo –y que forma parte de ese recuerdo humillante que conserva de su primera novia–. Luego, otro golpe certero en la nuca: el manuscrito no es otra cosa que el diario de su antiguo amigo Adrian, el cual acabó extrañamente en sus manos. El último golpe se lo propina la abogada: Verónica se ha apoderado del manuscrito y no parece dispuesta a reencontrarse con Tony para entregarle su extraño legado.
A partir de aquí asistimos a un espléndido combate entre una persona que se aferra a la forma primitiva de sus recuerdos y otra a quien ni siquiera se le concedió la oportunidad de mentirse. Tony es ese otro yo –o nosotros– que ha conseguido aparcar todo atisbo de culpa en el pasado y que ahora debe enfrentarse a lo que pueda depararle esa caja de Pandora en forma de diario. Y Verónica es ese eco que suena en nuestra cabezas para decirnos: “Sigues sin entender. Nunca entendiste y nunca entenderás”.
El sentido de un final es una novela extraordinariamente bien pensada, sólidamente construida, y en la que las palabras están colocadas en su punto justo de manera que, poco a poco, a voluntad de Barnes, nos vayamos introduciendo en la piel de Tony para descubrir al mismo tiempo que él la verdadera naturaleza de sus recuerdos y asistir a esa inevitable auto confesión que acaba siendo tanto suya como nuestra.
Un libro muy bueno. Y peligroso... 
*Año de la última edición en español.

El sentido de un final
Julian Barnes
Ed. Anagrama



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El loro de Flaubert
Julian Barnes
Anagrama

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Philip Larkin
Lumen

5 comentarios:

  1. He venido a visitarte por el comentario de Intemperie, pero la curiosidad pudo conmigo cuando vi el título de esta entrada. Suscribo que "El sentido de un final es una novela extraordinariamente bien pensada", pero a mí el resultado global no terminó de fascinarme. Su teoría sobre la memoria es brillante, pero la trama...

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    1. En algún momento de la lectura, sobre todo al final, también pensé que había algo en la trama que fallaba: creo que con ánimo de respaldar y hacer aún más contundente su teoría de la historia se saca demasiadas cosas de la manga. Pero creo que lo hace expresamente para que sintamos en nuestras propias carnes la ceguera de Tony Webster, esa ceguera que le impide "entender" incluso cuando tiene un hecho fundamental a medio metro de sus ojos.

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  2. Tus líneas descriptivas acerca de la novela de Barnes son impecables, K. Lo bueno contigo es que eres el primero al que leo que le ha gustado el libro. La mayoría de mis amigos lectores me aconsejaban desestimarlo. Y después de leerlo, coincido con ellos. No estoy tan seguro de que la trama esté tan bien pensada; más me ha parecido una serie de reflexiones personales unidas -con pegamento delicuescente- a una historia con que justificarlas. Cuando publique mi visión, te avisaré.
    Por otra parte, tengo 'El loro...' para leer y me ha gustado mucho 'Hablando del asunto'. Un abrazo grande.

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  3. Con Julian Barnes suele pasar eso, que pone la trama al servicio de sus reflexiones personales. Aún sabiéndolo, sus personajes me parecen muy creíbles, sobre todo si se ríe de ellos de la manera como hace con Tony Webster. De todas formas puedo entender tu reflexión por lo mismo que le decía a Offuscatio: tal vez al final de la novela se saca algunas cosas de la manga, aunque a mi me parece que ayudan a finalizar el retrato del protagonista. Un abrazo y gracias por venir a Jauría lectora. Por favor, avísame cuando hayas publicado tu reseña.

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  4. Cumplo contigo, Karenin. Acabo de publicar mi parecer acerca de este libro. Un abrazo.

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