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miércoles, 13 de marzo de 2013

El cómo de Stella




“Es un día cualquiera de agosto en Oslo, y los niños juegan en el parque. De repente, una mancha amarilla y roja hiere en el aire, y al cabo de unos segundos un bulto descansa en el suelo. Ante la mirada incrédula de los testigos aparece el cuerpo inerte de Stella”. Así comienza el texto de contraportada de El adiós de Stella (2001; Lumen, 2002), la segunda novela de Linn Ullmann. Lo primero que se pregunta uno al leer el nombre del autor en la portada es: ¿Ullmann? ¿Linn Ullmann? ¿No era Liv? Y acierta. Era Liv Ullmann. Y esta es su hija. Y también la hija de Ingmar Bergman. ¿Y por qué se me ocurre hablar de la hija pequeña de la pareja más célebre del cine escandinavo y de un libro, El adiós de Stella, que paso más o menos desapercibido por las librerías españolas? Porque tuvo la virtud de mantenerme despierto, ayer por la noche, hasta las tres de la mañana, algo que no me ocurría desde que leí, hace algunas semanas,  Lejos de dónde (Tusquets, 2009), de Edgardo Cozarinsky. Uno debe andarse con cuidado cuando lee libros escritos por cineastas, o hijos de cineastas.
Esta mañana he leído algunas críticas de este título, publicadas en blogs literarios y medios generalistas. Un comentario que se repite bastante hace referencia al texto con el que he comenzado esta breve reseña: “ (…) no cumple nada de lo que promete la contraportada”. O “acabas la historia y te encuentras exactamente en el mismo punto que antes de empezar”. El adiós de Stella tiene, como tienen los libros que merecen ser leídos, varias y muy diversas lecturas. Imagino que quien ha publicado críticas de esa índole esperaba encontrar una novela de misterio escandinava. Una pareja corretea por el tejado de un edificio del centro de Oslo, se abraza a escasos centímetros del borde y luego la mujer cae al vacío sin que ninguno de los tres testigos acierte a asegurar si se ha tratado de un accidente, un suicidio o un asesinato. La pregunta que se formulan y que les induce a pasar de página una y otra vez es, ¿quién lo hizo? ¿Por qué? Pero, curiosamente, lo que a mí me hizo leer con avidez no tiene nada que ver con eso. Debo reconocer, si, que la autora sabe crear la tensión oportuna, y que el quién y el por qué son dos interrogantes que uno no puede dejar de plantearse. Pero lo que de verdad es interesante en esta obra es el cómo. Es decir, el cómo es esa mujer que corretea por los tejados de las casas como si fuera una niña, que página a página se nos descubre llena de vida y, al mismo tiempo, extrañamente cercana a la muerte, como si todo en ella no tuviera otra misión que postergar lo inevitable, impidiendo, incluso, que el sueño le arrebate una última oportunidad de vivir. Y el hombre que permanece inmóvil en el borde de ese precipicio ocasional mientras el cuerpo de ella descansa inerte sobre la calzada, cuyo innegable encanto se acrecenta a medida que pasamos página y nos confunde hasta el punto de no saber determinar si estamos ante un pobre hombre o ante un gran farsante. Y esa pareja –con entidad propia– que ha convertido su vida en un juego infantil para evitar mirar al abismo –y por ende que el abismo los mire a ellos, como dijo Nietzsche–, sobre todo cuando están frente a él en un tejado. Y ese viejo a quien la vida molesta tanto y que por ello se convierte en el reverso imprescindible de la vida de Stella, su término de referencia. “No suelo sentirme a gusto con mi entorno, y mi entorno no se siente a gusto conmigo”, nos dice de vez en cuando. Y esa niña adolescente que al principio ve su cuerpo como una cárcel y luego como lo único que puede otorgarle un verdadero sentido a su vida, que puede liberarla de ella misma. Y su hermana pequeña, esa niña que no habla pero en cuyos enormes ojos, siempre observantes, se refleja toda la miseria de sus padres. Recompongamos: la mujer es Stella, eso ya lo sabemos. El hombre, Martin, su marido. La pareja que juega en el tejado, claro está, Stella y Martin. El viejo a quien acude Stella de vez en cuando es Axel. Y esa chica adolescente a quien aún le crecen los pechos se llama Amanda y es hija de Stella. Y su hermana pequeña, la que tiene esos dos enormes reproches en las cuencas de su ojos, se llama Bi y es hija de Stella y Martin. Lo que me ha parecido soberbio en este libro es que la historia este al servicio de los personajes, que sean ellos los verdaderos protagonistas. Que los acontecimientos que se van descubriendo –con cuidado y sutileza– no tenga mayor objetivo que el de decirnos como son, o eran, esos personajes que transitan por la vida sin saber exactamente que pueden esperar de ella. Por eso no nos confunde que todos ellos hablen en primera persona, convirtiendo a El adiós de Stella en una obra polifónica al estilo de El cuarteto de Alejandría (1957-60; Edhasa, 2012) por ejemplo, porque saben construirse como personajes, dibujar una línea que nos permite conocerlos y distinguirlos, saber que hay de humano en cada uno de ellos.
Dicho esto, entiendo que algún crítico pueda reprocharle a Linn Ullmann que lo dejara sin respuestas. Pero yo, en cambio no las echo de menos. Al contrario, ni siquiera las necesito. Me conformo con haber charlado durante un rato con esa galería de personajes sobre la vida y la muerte; sobre la identidad y el abandono; sobre la culpa y el cinismo; sobre el eterno retorno. Y tal vez, también, de tantas otras cosas que a lo mejor se me han pasado por alto.

El adiós de Stella
Linn Ullmann
Editorial Lumen, 2002

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